
Durante siglos existió un humus grecolatino compartido que estructuraba la imaginación europea. Hoy ese suelo común se erosiona rápidamente. Los jóvenes conocen multitud de estímulos audiovisuales, pero apenas han convivido con los grandes textos fundacionales. Eso modifica profundamente la textura mental de toda una civilización
¿No lee ya nadie? Frente a una cultura utilitaria y apresurada, el libro canónico, central, cede terreno. Una biblioteca no sirve de nada si el individuo ha perdido la paciencia espiritual que exige la lectura seria. La mayor parte de la gente ya no lee libros completos, sino fragmentos, titulares, resúmenes, opiniones derivadas. Se ha roto la continuidad de la atención. Soy muy pesimista. Hoy casi nadie lee verdaderamente. Confunden leer con informarse, con consumir novedades editoriales o con hojear suplementos culturales. El lector auténtico pertenece a otra especie humana: relee, compara, asocia, recuerda. Vive acompañado por una tradición. Puede pasar una tarde entera pasando de Suetonio a Auden, de Casanova a Hazlitt, simplemente por voluptuosidad intelectual. Esa forma de felicidad se está extinguiendo.
La decadencia cultural contemporánea no consiste en que existan menos libros, sino en que existen menos lectores capaces de silencio. El gran lector es, antes que nada, un hombre que sabe retirarse. Leer exige lentitud, concentración, disponibilidad interior. Virtudes todas profundamente antipáticas para una civilización fundada sobre la agitación continua. Recuerdo ciertas tardes de mi juventud: Tarski, Russell, Bach, Proust. Aquello era la auténtica vida. Todo lo demás —la política, la actualidad, las opiniones públicas— me parecía infinitamente menos real.
¿Lee alguien ahora? Hay personas que jamás conocerán la felicidad intelectual. Viven enteramente sometidas a la actualidad, al trabajo mecánico, a la conversación banal, al ruido social. Ignoran el placer incomparable de encerrarse durante horas con Eurípides, con Petronio o con Flaubert mientras afuera continúa la vulgaridad del mundo. Europa nació en bibliotecas. No en parlamentos televisivos ni en redes sociales, sino en monasterios, scriptoria, estudios humanistas y habitaciones silenciosas donde alguien copiaba, leía o comentaba a los clásicos. La continuidad de nuestra civilización dependió siempre de hombres inclinados sobre libros.
Me temo lo peor. La decadencia avanza, incontenible. Después de convivir con Boswell, con Michelet o con Chateaubriand resulta difícil soportar la prosa periodística contemporánea, tan llena de consignas, automatismos y fealdad verbal. El lector verdadero siempre ha sido minoritario. Lo fue en Alejandría, en el Renacimiento y en el siglo XIX. La diferencia es que antes existía un prestigio social de la cultura. Hoy el hombre cultivado provoca sospecha o indiferencia. Vivimos en una civilización crecientemente hostil a la complejidad, a la inteligencia.
La lectura intensa modifica físicamente la percepción. Después de años conviviendo con literatura de alto nivel uno ya no mira igual las ciudades, los cuerpos, el paso del tiempo o incluso la luz de una habitación. Los libros refinan la sensibilidad como el buen vino refina el paladar. Digámoslo de una vez: la vulgaridad moderna consiste en vivir sin memoria. Los clásicos precisamente nos arrancan de esa prisión del presente. Leer a Homero, a Shakespeare o a Gibbon significa participar en una conversación milenaria infinitamente más interesante que la actualidad efímera y banal.
