
Dosis mañanera de Rivotril. El futuro deja de presentarse como amenaza inminente. El cuerpo —que en la ansiedad vive en estado de vigilancia muscular y vegetativa— se afloja lentamente. Se relaja la mandíbula, disminuye la presión torácica, se hace más lenta la cadena obsesiva de asociaciones. En ocasiones aparece incluso una extraña sensación de extrañamiento benigno: contemplas tus propios pensamientos con una distancia inhabitual, como si perteneciesen a otra capa menos urgente de ti mismo.
Es como si alguien hubiese cubierto mi cabeza con algodón benigno. Las cosas siguen existiendo, pero llegan amortiguadas, lentas, separadas de mí por una capa invisible. El mundo se vuelve más soportable y simultáneamente más lejano. Puedo volver a respirar psíquicamente. La conciencia deja ser una lámpara de precisión; se convierte en una penumbra confortable. Niebla misericordiosa. No soluciona nada probablemente; simplemente vuelve menos afilados los bordes del mundo.
El clonazepam primero introduce una calma paradisíaca. El tumulto interior cesa. Las ideas dejan de perseguirse unas a otras con ferocidad. El cuerpo descansa y la mente parece flotar en una región intermedia entre el sueño y la vigilia. Pero luego llega el precio terrible: la esclavitud en la adicción. Las ideas ya no cortan: resbalan. La droga modifica la velocidad interior. El tiempo ya no avanza con firmeza, sino como un líquido vaporoso. Todo parece simultáneamente próximo y lejano.
El deseo de dormir espiritualmente algunas horas nace muchas veces del cansancio de ser hombre.
