Cornaro 9

Conseguir ciertas ediciones de Budé o de Loeb exigía paciencia y fortuna. Cada volumen adquirido parecía una victoria contra la pobreza cultural del entorno. Tal vez por eso muchos seguimos sintiendo hacia nuestros libros un afecto que las generaciones digitales difícilmente comprenderán. No son simples soportes de información. Han acompañado una vida. Una buena biblioteca privada no debe ser enteramente racional. Debe contener desvíos, caprichos, libros inútiles, extravagancias. Las bibliotecas demasiado funcionales se parecen a oficinas. En cambio, las verdaderas bibliotecas personales conservan algo de selva intelectual.

Europa se construyó en bibliotecas. Desde los monasterios medievales hasta los humanistas del Renacimiento, la transmisión de la cultura dependió siempre de hombres rodeados de libros. Tener una biblioteca privada, por modesta que sea, significa prolongar esa tradición civilizadora. Los libros crean continuidad histórica frente al vértigo del presente. Quien vive muchos años entre libros desarrolla hacia ellos una relación semejante a la amistad. No todos los libros son iguales: algunos nos acompañan durante décadas y terminan integrándose en nuestra propia estructura mental.

El lector verdaderamente apasionado recuerda la forma tipográfica de una página, el tacto del papel, el color de una cubierta. La experiencia literaria es inseparable de esos detalles sensoriales. Desconfío profundamente de las bibliotecas excesivamente decorativas. Los libros tienen que mostrar signos de convivencia: papeles intercalados, anotaciones, desgaste, polvo. Un libro impecable suele ser un libro no vivido. La cultura auténtica deja huellas materiales.

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