
La lectura ha sido para mí una forma de higiene mental, acaso la más importante. Hay días en que el mundo exterior parece invadido por una vulgaridad agotadora: trabajo estresante, conversaciones mecánicas, obligaciones embrutecedoras. Entonces basta abrir un gran libro para que algo en el espíritu recupere inmediatamente su calma. Leer no significa huir de la realidad, sino restaurar una relación más rica y más humana con ella. Los libros afinan la sensibilidad, ensanchan la percepción y permiten soportar mejor la existencia. Una vida sin lectura se vuelve rápidamente tosca, reactiva y empobrecida. El lector, en cambio, desarrolla una especie de mente interior que lo protege contra muchas formas de barbarie.
En una época dominada por la excitación nerviosa y la velocidad, la lectura opera casi como una terapia del alma. Leer devuelve continuidad interior a quien el mundo ha dividido en mil distracciones. Quien lee habitualmente ejercita la memoria, la imaginación, la empatía, la capacidad de concentración. Todo ello repercute directamente en la salud mental. Un individuo acostumbrado a la lectura profunda tolera mejor la soledad, el aburrimiento, incluso ciertas desgracias, porque dispone de una vida interior más compleja y resistente. El lector nunca depende por completo del exterior para sostenerse.
La lectura lenta posee un efecto pacificador extraordinario. Mientras leemos atentamente, las obsesiones cotidianas pierden intensidad y aparece una forma superior de orden mental. La literatura obliga al espíritu a respirar de otro modo. Hay libros cuya sola cadencia verbal produce serenidad. Proust, Woolf, Thomas Mann o Azorín actúan sobre la conciencia como ciertas músicas lentas. La civilización contemporánea genera individuos agotados porque destruye continuamente su atención. Leer es reconstruirla. Y reconstruir la atención equivale, en buena medida, a reconstruir la persona.
Los antiguos atribuían a la filosofía una función terapéutica, y no les faltaba razón. Yo creo que algo semejante puede decirse de la lectura humanística en general. Quien convive largamente con Homero, Platón, Virgilio o Cervantes adquiere una perspectiva más amplia sobre la vida y, por tanto, una mayor serenidad. Muchas angustias modernas proceden de una conciencia encerrada en el instante. Los libros abren ventanas temporales y espirituales. Enseñan que otros hombres atravesaron conflictos semejantes y lograron convertirlos en belleza y pensamiento.
