
En la «Patrologia Graeca» y la «Patrologia Latina» de Migne se rastrean muchas ideas de la «fuga mundi» (“huida del mundo”)
Así, de San Antonio Abad, según las recopilaciones de los «Apophthegmata Patrum», leemos:
“Quien permanece entre los hombres se parece a un hombre arrojado continuamente al mar por las olas. Apenas ha salido de una tentación, otra lo golpea. Pero el monje retirado está como en tierra firme. El mundo es semejante a una ciudad incendiada: quien ama su alma debe huir antes de que las llamas lo alcancen”.
O de San Pablo Ermitaño, cuya vida fue narrada por San Jerónimo en la «Vita Sancti Pauli Primi Eremitae»:
“Abandonó el mundo no por odio a la creación, sino porque veía que la locura de los hombres hacía inhabitable la tierra. Halló más pureza entre las fieras del desierto que entre los ciudadanos. Allí donde terminaba el ruido humano comenzaba la paz”.
También San Pacomio:
“El hombre que ama el bullicio no puede conocer su propia alma. Las conversaciones inútiles dispersan el espíritu como el viento dispersa el humo. Quien desea acercarse a Dios debe aprender primero a soportar la soledad”.
Y San Basilio de Cesarea:
“La vida retirada es el comienzo de la purificación. La lengua no se extravía en discusiones vanas; los ojos dejan de vagar; el oído no recibe el veneno de las habladurías. El alma, liberada de las innumerables distracciones del mundo, retorna finalmente sobre sí misma”.
Yo he ido retirándome poco a poco de casi todo: de los altos funcionarios, de los militares, los viajes al extranjero, incluso de muchas amistades. No por misantropía, sino porque cada vez necesito más tiempo para leer y para pensar. Al fin llega uno a comprender que la verdadera patria y las verdaderas lealtades ya no son los países queridos ni las instituciones, sino ciertos libros releídos repetidamente. Hay personas cuya vida social ocurre principalmente con los vivos; la mía ocurre ahora sobre todo con los muertos. Abro a Montaigne, a Proust, a Mencken, a Ranke, al duque de Saint-Simon, a Addison, o a Sainte-Beuve y siento inmediatamente una compañía más inteligente, más delicada y ilimitadamente menos agotadora que la mayor parte de las conversaciones.
Cada vez me interesa menos participar en la actualidad. La actualidad es una trituradora de inteligencia. Todo obliga a opinar inmediatamente, superficialmente, histéricamente. La lectura, en cambio, exige suspensión, lentitud y gravedad. Uno lee precisamente para salir del ámbito general de consignas y reflejos automáticos. La casa llena de libros termina convirtiéndose en una fortaleza defensiva contra la idiotez colectiva. Hay una voluptuosidad incomparable en desaparecer del mundo durante horas dentro de una biblioteca. Uno entra allí como quien entra en un clima distinto. La conversación pública queda atrás y comienza otro tipo de vida, más intensa y más secreta.
El lector verdadero desarrolla inevitablemente algo de eremita. La lectura profunda requiere aislamiento, repetición y una cierta indiferencia hacia la vida pública. He pasado media vida encerrado entre libros y no me arrepiento lo más mínimo. Allí nadie obliga a simplificar las cosas. Allí todavía es posible demorarse, comparar, constatar, disentir. Los libros nos salvan del aldeanismo. Gracias a ellos convivimos simultáneamente con siglos enteros.
