Cornaro 64

De mi madre recuerdo el brillo húmedo de los ojos tras la luz de una ventana invernal, el sonido de los brazaletes al cerrar un libro, el perfume francés de violetas, el terciopelo bordado con lentejuelas de oro y pedrería. Cómo se estiraba delicada y dulcemente animal sobre los divanes. La ilusión al aproximarse a la rotonda del Museo del Prado bajo aquel cielo de Madrid que se estrellaba con un azul de coraza bruñida. Recuerdo que un día tiramos juntos piedrecillas a un lago quieto. Y el día -epifánico- que me explicó (a lo menudo) cómo se embadurnaban las antorchas con clorato de potasa en polvo, y que, al arder la luz azul, parecía que lluviesen estrellas fugaces. Vive en mi memoria el reflejo de sus dedos sobre el cristal de una vitrina, o verla peinándose lentamente ante el espejo, el olor del jabón caro en los armarios, o las rosas demasiado maduras en un vaso de cristal. La muerte no destruye del todo a quienes tuvieron estilo. La elegancia auténtica consiste quizá en saber desaparecer dejando apenas un leve desorden de rosas secas y libros abiertos.

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