Disculpen lo obsesivo, lo muy quejica y llorica. La ciudad, los medios, emiten su radiación de diarrea concreta y abstracta. No puedo más.
Domingo. Calor. Hojeo sin interés alguno los montones de libros comprados: por ejemplo dos tomos de las obras completas de Azorín en Aguilar -siguen siendo una de las grandes gangas bibliográficas españolas. Encuadernación en piel flexible color burdeos o verde oscuro. Hierros dorados en lomo y planos. Papel biblia. Entre 1.500 y 2.000 páginas por volumen. Formato octavo mayor. Leo una página, media página, un párrafo, y soy derrotado.
Los movimientos anímicos son muy gravosos. Océano de dolores y sufrimientos. El sufrimiento aumenta cuando te vigilas constantemente a ti mismo. Cuanto más intentas obligarte a estar bien, más te angustias por no conseguirlo. En lugar de combatir cada emoción, debes soportar cierta cuota de oscuridad sin convertirla en el centro absoluto de la conciencia. Gravedad interior que vuelve costa arriba las cosas que se aman.
Samuel Johnson, que sufrió episodios depresivos severos durante toda su vida, hablaba de una lucha continua contra los pensamientos oscuros. Sus contemporáneos observaron que se imponía ocupaciones incesantes, caminatas obsesivas, lecturas interminables, porque detenerse significaba exponerse a la presión de sus propios pensamientos. Incluso llegó a contemplar el suicidio en algunos momentos.
