Niccolò Ziani fue un mercader veneciano de finales del siglo XV que se quebrantó la salud negociando seda y especias con los turcos. A cambio, reunió una fortuna en oro macizo, esmeraldas, perlas y letras de cambio. El viejo desconfiaba de los usureros de la Plaza de San Marcos y, todavía más, de sus tres hijos; sabía de sobra que lo que a él le había costado décadas amasar, ellos lo dilapidarían en un tris.
Por eso se llevó parte de la riqueza a un bosque de hayas, allá donde Treviso empieza a empinarse buscando las estribaciones de los Alpes. No dejó mapas ni confesó el secreto a nadie. En su lugar, escribió un pequeño cuaderno dedicado a sus viajes y observaciones comerciales que todo el mundo tomó por unas curiosas memorias de mercader.
Hubo que esperar mucho tiempo para que alguien sospechara de aquellas páginas. Las cifras de los sacos repetían patrones extraños y los nombres de las islas griegas formaban frases sin sentido comercial. Hoy ya no hay duda: el libro era, en realidad, la clave para localizar el tesoro.
