Cornaro 139

(Fragmento de mis memorias «El transportista de pianos»)

Mis colegas de la sección operativa siempre nos llamaron «ratones de biblioteca». Ellos llevaban pasaportes falsos; nosotros leíamos los informes que aquellos pasaportes producían. Con los años aprendí que las guerras rara vez las ganan quienes disparan primero. Las ganan quienes saben leer, escrutar, analizar. Yo estudié derecho mercantil danés, mapas topográficos, y modelé escenarios con teorías matemáticas, entre otras cosas, para defender los intereses de mi país de adopción. Me dan un poco de lástima la generación de nuevos analistas de inteligencia: hablan de algoritmos, satélites de resolución cuántica e inteligencia artificial. Creen que el mundo es un tablero de ajedrez matemático que se puede resolver con suficiente potencia de cálculo. Olvidan el factor humano. Ese que aprendí leyendo a historiadores grecolaticos, medievales y renacentistas.

Retirado en la inmensa biblioteca de mi casa, sonrío. Los hombres son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, y huyen de los peligros y son ansiosos de ganancias. Mientras les haces bien, te son enteramente adictos; pero cuando la necesidad se aleja, se rebelan contra ti.

Tengo grabadas en una pared de mi despacho estas palabras de Jean Bodin, palabras que son mi santo y seña: «La naturaleza de los hombres es tan inconstante y mudable, y está tan sujeta a los vaivenes de las pasiones indomables, que si no se les contiene mediante leyes severas y un poder soberano que dicte justicia con mano firme, la sociedad se desvanece en un instante. Los seres humanos nacen con un deseo insaciable de poseer lo ajeno y de mandar sobre sus semejantes; es una ambición ciega que no conoce límites ni respeta la razón. Si examinamos la historia, veremos que los estados no se fundan sobre la bondad natural o la concordia espontánea, sino sobre la fuerza del más fuerte que logra someter el caos originario. El hombre común es una bestia de muchas cabezas, movida por el rumor y el apetito del momento; por ello, pretender que la multitud se gobierne a sí misma por la sola luz de la virtud es el mayor de los delirios políticos. La soberanía no es un capricho del monarca, sino el freno indispensable que la razón impone a la destructiva condición de los hombres». Acaso algunos me entenderán.

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