El escritor Mark Twain definió la Venus de Urbino varios siglos después como «la pintura más loca, salvaje y obscena del mundo». No era una diosa; era la representación de una mujer muy real dispuesta para el «exquis voyeurisme» y el deleite del duque que la encargó.
Ingres, en La gran odalisca, alteró la anatomía de la mujer de forma deliberada: le añadió tres vértebras de más a la columna y le alargó los brazos para que su curva fuera más sinuosa, turbadora, «feutrée», líquida y anatómicamente imposible. No buscaba ningún tipo de realismo, por supuesto, solo maximizar el atractivo sexual del cuerpo para el espectador.
Me maravillan las «nymphettes» poco honestas que no son del todo mujeres de carne y hueso, sino sueño lascivo de pasta de almendras rosa y blanca.
Bienvenidos a La casita de Bad Bunny.
