Ambrosio escribe a Teodosio tras la matanza de Tesalónica: «No puedo ofrecer el sacrificio si tú pretendes estar presente. Lo que no me es lícito después de haber derramado sangre inocente, tampoco me es lícito hacerlo mientras permaneces en ese estado. La ley de Dios me lo prohíbe. […] ¿Cómo levantarás las manos aún manchadas de sangre? ¿Cómo recibirás con esas manos el santísimo cuerpo del Señor?», Epistula 51, PL 16, cols. 1161-1164.
Gregorio Magno insiste repetidamente en que los pastores deben corregir a los poderosos y no buscar su favor: «Hay quienes, deseosos de agradar a los hombres, temen decir libremente la verdad. El pastor que calla ante el pecado por miedo a perder el favor humano deja de ser pastor y se convierte en mercenario», Regula Pastoralis, II, 4; PL 77.
Jerónimo se mostró especialmente feroz contra los eclesiásticos que frecuentaban palacios: «Hay clérigos que buscan las casas de los ricos, que persiguen los saludos de los poderosos y consideran honor sentarse a la mesa de los príncipes. Han olvidado que los apóstoles siguieron a un crucificado y no a los triunfadores del siglo», Epistula 52 ad Nepotianum, PL 22.
Bernardo de Claraval advierte al papa Eugenio III: «Te rodean aduladores; y nada hay tan peligroso para quien gobierna como tener oídos acostumbrados a la alabanza. Aprenderás más de quien te reprende que de quien te aplaude», De consideratione, II, 13; PL 182
El pastor pierde autoridad moral cuando busca el favor de los gobernantes en vez de conservar la libertad de reprenderlos. León XIV se enfrenta al maniobrero y purulento Sánchez que querrá instrumentalizar ignominiosamente su visita. El presidente convierte todo lo que toca en un rastrero y hortera aquelarre masónico.
