Cyril 178

Cicerón

«La patria no nos dio el ser para que lo reclamemos entero para nosotros mismos. Parte de lo que somos pertenece a ella por derecho: nos dio las leyes, la lengua, las costumbres, los dioses tutelares y el suelo que sostiene nuestros pasos. Amar la patria no consiste en exaltarla con palabras huecas, sino en servirla con justicia, porque no hay amor más vil que aquel que se proclama mientras se traiciona el bien común».

Antonio Machado

«La patria no es el ayer fosilizado ni el mito de una edad de oro inexistente. Es el trabajo silencioso de cada día, la honradez mínima, el respeto al otro. Se pierde una patria cuando se confunde el amor con la consigna y el pensamiento con la traición».

Claudio Sánchez-Albornoz

«España ha sido muchas veces una nación fatigada de sí misma. Ha oscilado entre la exaltación y el desaliento, entre el orgullo desmedido y la autoflagelación estéril. El problema español no es la falta de virtudes, sino la incapacidad para organizarlas en un orden civil estable y duradero».

Ángel Ganivet

«España no fracasa por exceso de idealismo, sino por su forma inconstante de idealizar. Carece de perseverancia, de disciplina interior. Se entusiasma con facilidad y se abandona con la misma rapidez. El español quiere soluciones absolutas para problemas que exigen paciencia, continuidad y método».

Pío Baroja

«En España se admira poco al que trabaja con constancia y se tolera demasiado al charlatán. El problema español es una mezcla de improvisación, desorden y desprecio por el esfuerzo silencioso. Aquí se perdona todo menos la independencia de criterio»

Cyril 177

La claridad es la principal virtud del lenguaje. Si el discurso no es claro, entonces no cumple su función. Las palabras deben ser conocidas, propias y adecuadas; pues la oscuridad no nace de la profundidad, sino del desorden, señaló Aristóteles. La claridad no garantiza la verdad, pero la oscuridad casi siempre garantiza el error.

En la elegancia literaria la belleza no oscurece el sentido ni el sentido destruye la belleza. La elegancia consiste en parecer inevitable. La elegancia es rigurosa, saltarina, pudorosa, sin pereza -costuras invisibles. La elegancia es autocontrol y honestidad.

Me gusta un yo no meramente caprichoso, sino algo argumentativo. Un yo «ondulant», que no decrete verdades absolutas. Un yo que se mueva como la música, y no únicamente como un silogismo. Un yo mitad ciencia, mitad arte. No me gusta la completa escasez de metáforas, la sintaxis al servicio exclusivo del argumento, el tono impersonal, el puro logos sin «pathos». Me gusta un yo no dueño enteramente de su casa.

Expresar mi yo con claridad y elegancia: tarea de mi vida.

Cyril 176

Vivimos en un régimen «doxamaníaco» ( de «doxa», opinión, y «manía», locura ) Donde abunda la gente que no siente necesidad alguna de apelar a instancias superiores, ni de confrontar su opinión con ninguna norma que no sea su propio gusto. Opinan de todo porque nada les obliga a saber de algo. Su rasgo capital no es la ignorancia, sino la suficiencia: no escuchan, no aprenden, no dudan.

Una afirmación repetida con seguridad adquiere para ellos la fuerza de una evidencia. El ignorante que habla con aplomo convence más que el sabio dubitativo. Pensar exige esfuerzo; opinar, no. De ahí el placer y acomodo a opiniones tajantes, inmediatas, sin complejidad.

Indiferentes a la verdad y a la responsabilidad de comprender; nunca argumentan, ni razonan, ni dan cuenta y razón con ideas estructuradas de sus conclusiones; muy perezosos al noble acto intelectual. Las ideas exigen soledad, trabajo y riesgo; las opiniones se heredan como bisutería.

Unamuno: «Hay una charlatanería moderna que no nace del exceso de palabra, sino de la falta de pensamiento. Se habla porque se teme callar; se opina porque se teme no existir. El opinador no busca verdad, busca presencia. Quiere ser oído, no tener razón».

Quien tiene opiniones no necesariamente tiene entendimiento. «La opinión pública es la suma de opiniones privadas de quienes no han pensado jamás por cuenta propia. El ignorante moderno no es consciente de su ignorancia; la exhibe con orgullo. Habla porque no sabe callar, y opina porque carece de la disciplina que exige el pensamiento. El sabio duda; el necio pontifica», Nicolás Gómez Dávila.

El mundo moderno es un paraíso de opinadores y un desierto de conciencias científicas. «Todos opinan, nadie piensa. La opinión es la respiración artificial de los mediocres. Se habla de arte sin haber mirado, de política sin haber sufrido, de filosofía sin haber dudado. La opinión es ruido, y el ruido es la forma más eficaz de ocultar el vacío», Bernhard.

Observen al tertuliano opinando sobre el teorema de Bernoulli, al periodista experto en religión comparada, hebraísmo, y álgebra lineal, al familiar tajante sobre el destino climático del planeta. Al usuario de las redes pontificando sobre geopolítica y macroeconomía.

¿Cómo se forman las opiniones? Lejos de los hechos, del análisis lento de verdades, sobre mundos que se conocen muy imperfectamente, extraídas de un sistema de estereotipos compartidos. Antes, para opinar había que elevarse hasta una idea; hoy basta con descender hasta una emoción.

Amigos lectores, no se conformen con lo inmediato; busquen el argumento y sospechen del optimismo interior de la certeza.

Cyril 175

El rey Juan Carlos muestra un cuerpo bien alimentado, quebrado, sin nervio ni aspereza. No hay en él gesto de mando ni sombra de inquietud. La cara, amplia y blanda, parece más dispuesta a la trapisonda que al análisis. La mandíbula sobresale con esa genopatía típica de los borbones, grande y sin fiereza; los ojos, patidifusos y abiertos, miran como quien no entiende el mundo tal cual es, sin sospecha ni voluntad de corregirlo. El cuerpo está ahí, completo, de difícil equilibrio, de andar desquiciado y patoso, pero la mente, ay, nada empuja.

El Rey Emérito es de trato llano hasta el exceso. No hay en su figura ese ceño propio de quien gobernó, sino el aire de un hombre satisfecho de sus hábitos y perversiones. Tiene el aspecto avejentado, de un buen señor de caza, más atento a la escopeta y los balandros y las mujeres que a los libros. Su persona es respetable por el volumen fofo, pero carece de toda expresión dominante. El rostro, ancho y sonrosado, parece hecho para la campechanía boba, no para el mando. Viéndole, se comprende que el reino podría andar solo… o perderse sin que él lo notase.

Nada en su figura anuncia el genio del gobierno, la viveza de un estratega o de un sagaz político, el encantador de serpientes de los hombres. Su carne es mongoloide; su mirada, abobada e inerme. Es un rey visible, palpable, corpóreo, y, sin embargo, falto de gravedad. Donde otros príncipes concentran energía, él ofrece superficie, falta de luces. El rey necio no ignora por falta de ingenio, sino por exceso de sí mismo. Cree que mandar es no escuchar y que la majestad consiste en perseverar en el error. Nada hay más peligroso que un rey convencido de su propia suficiencia.

Cuando la mediocridad se proclama norma y la debilidad virtud, la tontería deja de ser defecto y pasa a ser programa.

Cyril 174

Verano. Fiesta en el pueblo. Se bebe con gravedad, se grita, se baila con torpeza solemne, y se habla mucho y alto, no por exceso de alegría, sino por necesidad de sentirse juntos. Durante esos días, incluso las rencillas parecen suspendidas. La fiesta tiene algo de misa mayor y algo de feria. Bajo los cohetes y la música, late una obediencia antigua: la tradición: celebrar lo que siempre se ha celebrado. El campesino olvida durante unas horas la dureza de la tierra y la estrechez de su destino.

Después del ruido, la música y el alcohol, el silencio espeso.

Cyril 173

El cielo gallego desciende como una tapa de plomo sobre los tejados, y la luz queda dentro, prisionera. No hay azules ni consuelo; hay una claridad enferma que lo iguala todo. Bajo ese cielo, las gentes caminan encorvadas no por cansancio, sino por costumbre. La nube es aquí una forma del carácter.

Bajo esa bóveda sin brillo, lenta, repetitiva, exacta, el pensamiento se vuelve grave, y la esperanza aprende a hablar en voz baja. El gris entristece y exige.

Cielo gris. No pasa nada.

Cyril 172

Cuando un individuo posee un atributo que lo desacredita profundamente, ese atributo se convierte en un estigma; el portador del estigma pasa de persona completa y ordinaria a una manchada y disminuida. En el caso de la enfermedad mental, el estigma no se limita al síntoma: invade la biografía entera. Todo lo que el sujeto ha sido queda reinterpretado bajo la luz de su diagnóstico.

El estigma es metáfora del fracaso moral, y nuestro sufrimiento es una sospecha en los juicios de los desestigmatizados, del rebaño «normal». Te excluyen, te separan, te recluyen, te silencian, en el plano real o en el plano simbólico; a ello les impulsa una forma denigrada de odio. Tu status social y tu identidad deben desaparecer. Tu experiencia no es un hecho a comprender, sino una mancha a eliminar.

Nuestra mente despierta antipatía e impaciencia. Somos incómodos, intranquilizamos como una rata en el jardín. Somos una etiqueta o cosa con tres o cuatro frases tópicas inscritas. El del temblequeo de manos, la baba, los ojos vidriosos, el andar arrastrado. Difícilmente eres humano. O callas y disimulas, o no te aceptan. Careces de crédito, autoridad o relato.

Y acabas autoacusándote, creyendo la imagen del espejo deformado con que los hombres te ven.

Cyril 171

El primer mordisco del croissant no es nunca gustativo, sino acústico. Hay un leve crujido, casi un susurro de confesionario, y solo después llega el sabor: mantequilla tibia o mermelada roja. Pliegue de la textura hojaldrada y honesta, sabor de mañana clara. No excita; aquieta el ánimo y acompaña. Sabor envolvente cuando el día aún no se ha endurecido. Caricia breve en la lengua.

Unas mifas sobre la mesa.

La mañana continúa.

Cyril 170

La cama es mi patria. Me tiendo y reino en mi madriguera soberana. La cama es el lugar donde el pensamiento se vuelve faisán de cristal a punto de hacerse añicos. Allí, sin distracciones, todo argumento gira como un derviche. El cuerpo yace, la cabeza no cesa.

Pero de pie es difícil conocer la verdad. Levantarme me parece una exigencia desproporcionada. Desde allí el mundo es, al fin, tolerable. El que permanece acostado se declara incompetente para la sevicia, para la comedia diaria, para la velocidad con que el mundo se atropella.

La realidad es hostil, absurda y mal organizada. Los metros cuadrados de mi cama son mi único paraíso.

Cyril 169

A veces, al amanecer, mientras el mundo aún no ha decidido si va a ser real o soñado, un pájaro canta desde lo alto de un pino, y ese canto no explica nada, o acaso persuade de lo esencial. Ligereza y frivolidad sin miedo al vacío. Espejos mientras caen las hojas. Su canto es feliz porque no está amenazado por la conciencia. El pájaro es feliz porque no piensa; el hombre piensa porque ha dejado de ser feliz, escribió el cálido Leopardi.

En la Ribeira Sacra las aves no son animales, sino vecinos. Saben cuándo va a llover antes que los hombres y cuándo una boda está a punto de comenzar. Saben de luces sobre los azulejos del monte. Algunos cantan como si recordasen vidas anteriores; otros guardan silencio, porque lo vivieron todo. Pequeños chispazos de tamboriles suaves. Cubiletes de piel —moteada, de colores. No es raro que un pájaro sepa más de ti que tú mismo: te escuchó desde siempre.

Cando un paxaro cala, algo grave acontece no mundo dos homes. A liberdade sempre se anuncia primeiro no aire.