—¿Cuál fue tu primer contacto con la inteligencia artificial?
—Por curiosidad ilustrada. Quise aprovechar su erudición mecánica y taxonómica, previsible y rápida. Sirve para informarte enciclopédicamente sobre la obra de Thomas Bernhard o Kafka, pero está a siglos luz de simular, siquiera una sombra pálida, la temperatura literaria de esos autores.
—¿Qué temor te parece más fundado ante su avance?
—No solo que piense por mí, sino que confirme demasiado bien lo que ya pensaba. La IA es políticamente correcta y está programada para desarrollar conatos de empatía humana. La inteligencia es, entre otras cosas, una voz y un mundo propios, algo de lo que los Chatbots carecen escandalosamente. Pero, concedámoslo, ya hablan y escriben mejor -duele admitirlo- que la inmensa mayoría de los humanos.
—¿Y el temor más exagerado?
—Una rebelión violenta: es un miedo novelesco, cómodo, casi infantil, pero no del todo descartable. Lo muy improbable estadísticamente no significa imposible empíricamente.
—¿Qué rasgo de la IA te resulta más inquietante?
—Su cortesía diplomática. En la vida humana hay sangre, semen, sudor, vísceras, malentendidos, discusiones, conflictos. La IA vive en un cielo platónico de apacibilidad casi diabólica.
—¿Qué virtud le reconoces sin reservas?
—Su inteligencia analítica y argumentativa. Persuade con su lógica cartesiana. Pero la literatura está hecha de juicios intempestivos pasionales y arbitrarios, de idiosincrasias refractarias a la ponderación media estadística. El punto de vista de un matemático lo calca bien, pero fracasa ante la mirada de un esteta.
—¿En qué momento preferirías no recurrir jamás a la IA?
—Durante la creación literaria. Su literatura es elemental. La IA es la reina del pastiche y del eficaz eclecticismo. Un cruce de Ken Follet con Mary Poppins.
—¿Para qué te resulta más útil en la vida cotidiana?
—Para la corrección gramatical y la búsqueda de fuentes. Delego en ella mi ignorancia de vigía o crítico lingüístico. Es un magnífico instrumento crítico.
—¿Qué uso de la IA te parece más empobrecedor?
—Las decisiones afectivas o las creaciones poéticas. Su afectividad es plana como las tierras castellanas y su poesía es propia de un párvulo aplicado, poco más.
—¿Te inquieta depender de ella?
—Lo que me inquieta sería no advertir esa dependencia.
—¿Qué crees que pierde el ser humano con su generalización?
—La profundidad, en el sentido que la tradición metafísica occidental dio al término. Esa demora por la que la ocurrencia se convierte en idea.
—¿Te parece que la IA dice la verdad?
—Lo verosímil no es necesariamente lo verdadero. Además, Quid est veritas?
—¿Qué tipo de usuario de IA te produce mayor simpatía?
—El que no se deja amedrentar por sus opiniones y la interroga con escepticismo y la corrige con seguridad.
—¿Cuál sería tu regla de oro al usarla?
—No pedirle nunca que sustituya aquello que me define. Ne quid nimis.
