Cyril 158

ICE, especialmente en redadas públicas, aeropuertos o barrios concretos, operan como mensaje político: “El poder está aquí, puede tocarte, ahora”. Roma entendía perfectamente ese lenguaje. Los lictores, con sus fasces, no eran simples escoltas: materializaban la capacidad inmediata de castigar. Roma no gobernaba solo con ejércitos, sino con categorías morales: hostes (enemigos), peregrini (extranjeros), infames (indignos) El ICE de la era Trump explota esa misma lógica. ICE se convierte así en lo que Roma llamaría un instrumentum regni: una herramienta para sustituir consenso por obediencia.

El Estado moderno, en cambio, simula legalismo neutral mientras produce efectos de excepción. Eso hace que el paralelismo sea muy inquietante.

Cyril 157

Política: apariencia de solidez del puro aire. Hacer de las mentiras, verdad. Vaguedades defendiendo lo indefendible. El lenguaje político consiste en gran parte en eufemismos, paralogismos, preguntas capciosas y una nebulosa imprecisión.

«Del mismo modo que la cocina se disfraza de medicina para agradar al cuerpo sin curarlo, la retórica se disfraza de política para agradar al pueblo sin hacerlo mejor. No pregunta qué es justo, sino qué resulta convincente; no busca la verdad, sino el aplauso», Platón, «Gorgias».

Las palabras en boca de un político son puños y tóxicas dosis de arsénico. Clichés repetidos automáticamente ayunos de significado. Si el lenguaje es previsible, burocrático, entonces el pensamiento es superfluo, vacío. Hablar para no decir nada. Destrozar al adversario con mazas y no convencer con ideas.

El lenguaje político degradado no es un accidente ni una incompetencia, sino una técnica.

Los políticos no buscan describir, sino ser obedecidos.

Cyril 156

El antintelectualismo no es simplemente ignorancia ni ausencia de educación formal. Es, más bien, hostilidad activa hacia las formas complejas del pensamiento, desconfianza hacia la mediación intelectual y rechazo emocional de todo aquello que exige demora, abstracción o esfuerzo interpretativo.

No consiste en “no saber”, sino en considerar sospechoso el saber cuando no es inmediatamente utilitario, rentable o entretenido. El antiintelectualismo es un rasgo cultural de la cultura moderna. El antintelectualismo moderno no dice: “No entiendo”, sino: “Eso no sirve, eso es pedantería, eso es inútil, eso es sospechoso”. Ideal implícito: “Nadie debe saber demasiado; nadie debe complicar las cosas”.

***

Richard Hofstadter

«El antiintelectualismo ha sido una corriente constante en la vida estadounidense, alimentada por la sospecha hacia la vida de la mente y por la tendencia a equiparar la inteligencia con la falta de virilidad, de fe o de sentido práctico. El intelectual es percibido como alguien que habla en lugar de actuar, que problematiza en lugar de resolver, que duda cuando se espera obediencia. En una cultura orientada al éxito inmediato, el pensamiento crítico parece una forma de estorbo. No se odia tanto al intelecto por lo que dice como por lo que representa: una interrupción del consenso emocional».

George Orwell

«Existe una hostilidad generalizada hacia la vida intelectual, una convicción difusa de que pensar es una actividad sospechosa. El pensamiento independiente se considera antisocial, y el escritor o el intelectual son vistos como alguien que se sitúa fuera del rebaño. En tiempos de presión ideológica, no se necesita quemar libros: basta con desacreditar la inteligencia misma, convertir la complejidad en un vicio moral y la simplificación en una virtud patriótica».

Isaiah Berlin

«El antiintelectualismo surge cuando se confunde la claridad con la simplificación, y la energía moral con la negación de la duda. Allí donde se exige acción inmediata, la reflexión se percibe como cobardía; allí donde se glorifica la unanimidad, el pensamiento crítico aparece como traición. Las sociedades que desconfían de sus intelectuales suelen acabar entregándose a profetas más simples, más ruidosos y, por ello mismo, más peligrosos».

Susan Sontag

«Nuestra cultura está cada vez más orientada hacia una aversión al pensamiento. Se sospecha de la interpretación, se desprecia la teoría, se ridiculiza la abstracción. El antiintelectualismo moderno no se presenta como censura, sino como impaciencia: una alergia a todo lo que exige atención sostenida. La consigna tácita es sentir antes que pensar, reaccionar antes que comprender».

Hannah Arendt

«La hostilidad hacia el pensamiento no siempre adopta la forma de prohibición; con más frecuencia se manifiesta como banalización. Se tolera el pensamiento siempre que no piense demasiado, siempre que no interrumpa el flujo de la vida ordinaria. Pero cuando pensar significa detenerse, juzgar y recordar, entonces se convierte en una amenaza. El antiintelectualismo es, en última instancia, miedo a la responsabilidad que implica comprender».

Neil Postman

«No es necesario prohibir el pensamiento serio cuando se puede ahogarlo en entretenimiento. El antiintelectualismo contemporáneo no se basa en el odio explícito al saber, sino en su irrelevancia práctica. Cuando toda información debe ser entretenida, rápida y emocionalmente satisfactoria, el discurso racional queda automáticamente marginado. La televisión —y sus herederos digitales— no atacan al intelecto: simplemente lo vuelven innecesario».

Theodor W. Adorno

«La aversión al pensamiento complejo es uno de los síntomas más fiables de la regresión cultural. Allí donde el entendimiento exige esfuerzo, se responde con burla; donde se propone reflexión, se exige inmediatez. El antiintelectualismo no es ignorancia pasiva, sino una forma activa de resentimiento contra aquello que recuerda al individuo sus propias limitaciones».

Umberto Eco

«El antiintelectualismo moderno no consiste en negar el saber, sino en simular que todo saber es equivalente. La opinión inmediata se coloca al mismo nivel que el estudio paciente; la ocurrencia sustituye al argumento. De este modo, el intelectual deja de ser una figura incómoda y se convierte en un especialista más, despojado de su función crítica».

Pierre Bourdieu

«La lógica mediática produce un antiintelectualismo estructural: impone la urgencia, penaliza la complejidad y premia la simplificación espectacular. No se censura al intelectual; se le obliga a hablar un lenguaje que ya no le pertenece. El resultado es una desposesión simbólica del pensamiento, reducido a opinión rápida y consumible».

José Ortega y Gasset

«El hombre-masa no necesita argumentos; le basta con sentimientos. Siente que tiene derecho a opinar sin prepararse para ello, y considera ofensiva toda forma de autoridad intelectual. El antiintelectualismo no nace de la ignorancia, sino de la autosuficiencia: de la convicción de que no hay nada que aprender».

Cyril 155

La política que se presenta como expresión directa de la voluntad popular tiende inevitablemente a volverse irresponsable, porque elimina los mecanismos de corrección. El populismo desprecia la crítica, pues toda crítica es interpretada como traición. Y un sistema que no tolera la corrección está condenado a radicalizarse o a derrumbarse, nos advirtió Popper.

El populista no ofrece soluciones técnicas, sino culpables visibles. Su fuerza reside en transformar problemas complejos en relatos simples donde el líder aparece como el único mediador honesto entre el pueblo virtuoso y las élites corruptas. El populismo no ama al pueblo concreto; ama a una abstracción que solo existe mientras aplaude. Ofrece pertenencia a cambio de obediencia emocional. No necesita convencer: necesita mantener la masa unida en tensión constante.El político populista no libera a sus seguidores de la frustración; la organiza, la dosifica y la utiliza como combustible político. Así, la ira se vuelve un recurso y un capital político.

Lo inquietante de Abascal no es lo que dice, sino lo poco que parece importarle decirlo bien. Su relación con el lenguaje es instrumental y descuidada, como si las palabras no fueran herramientas de pensamiento (creo que no tiene muchas luces) En ese empobrecimiento deliberado del discurso se refleja un empobrecimiento más profundo: la renuncia a pensar. Su ignorancia no es un accidente, sino una cualidad funcional, porque lo libera de escrúpulos intelectuales.

El cero del termómetro.

Cyril 154

Sánchez no cree en nada. Y precisamente por eso sobrevive a todos los que creen. No ama ni odia, no se entusiasma ni se indigna; observa. Mientras los demás viven poseídos por una idea, él vive poseído por una estrategia. No sirve a España: se sirve de todos y se sirve a sí mismo. Su fidelidad es una sola: a su propia continuidad. Y en una época en la que la política se hace con la cabeza caliente y la sangre rápida, Sánchez gobierna con frialdad, con paciencia, con la espera.

Es el funcionario supremo de la intriga, el representante exacto de la traición, el hombre que convierte el crimen simbólico en expediente y la corrupción en método. Su grandeza —si puede llamarse así— consiste en haber comprendido antes que nadie que el poder no necesita fe, solo una desmedida ambición.

Lord Palmerston, en carta a Sir George Grey: «Los dictadores modernos no gobiernan solo por la espada, sino por la opinión cuidadosamente dirigida. Comprenden que es más seguro domesticar que reprimir, persuadir que castigar, y presentarse como intérpretes del interés nacional. Pero esta habilidad no hace su poder menos peligroso, sino más duradero y, por ello, más difícil de desmontar cuando degenera».

Cyril 153

CÁLCULO MÍNIMO DE FELICIDAD (CSG)

DOMINIO

Hablamos únicamente de estados de conciencia del sujeto.

No de ideales, no de promedios sociales, no de psicología general.

AXIOMAS

1. La felicidad no dura.

Si dura, ya no es felicidad.

2. La felicidad exige intensidad.

Sin intensidad, solo hay comodidad o anestesia.

3. La felicidad implica lucidez.

No puede darse en la confusión ni en el autoengaño.

4. La felicidad no castiga.

Si un estado humilla, destruye o se cobra peaje vital, no es felicidad.

5. La banalidad excluye la felicidad.

Donde hay trivialidad dominante, la felicidad es imposible.

6. La tristeza no invalida la felicidad.

Puede coexistir con ella.

7. El consuelo falso anula la felicidad.

Todo alivio que miente desactiva el estado feliz.

8. La escritura lograda puede producir felicidad.

No siempre, pero cuando ocurre, lo hace de forma inmediata y breve.

9. No toda felicidad procede de la escritura.

Existen estados felices no verbales.

10. La felicidad actúa como tregua.

Suspende la angustia, no la resuelve.

11. El cuerpo es el primer límite de la felicidad.

Ningún estado feliz es corporalmente sostenible.

12. La felicidad requiere un testigo mínimo.

Basta uno; la multitud la destruye.

13. La felicidad no redime el pasado.

No cura ni justifica lo vivido.

14. La esperanza no es condición de la felicidad.

Puede haber felicidad sin expectativa de futuro.

15. La felicidad no admite mentira.

Si un estado exige engañarse, no es felicidad.

DEFINICIÓN OPERATIVA

Un estado es feliz si y solo si:

es lúcido,

es intenso,

no es banal,

no miente,

y suspende momentáneamente el daño interior.

La duración no forma parte de la definición.

CONSECUENCIAS NECESARIAS

No existe felicidad estable.

La serenidad prolongada no es felicidad.

El bienestar continuo es irrelevante para este sistema.

La felicidad puede coexistir con tristeza, fatiga o miedo.

La felicidad aparece de forma intermitente, no programable.

REGLA FINAL

Cualquier sistema de felicidad que sacrifique la lucidez a cambio de alivio es inválido para CSG.

Cyril 152

Mi fragilidad psíquica no nació de la privación, sino quizá del exceso de protección: un sistema nervioso educado en la delicadeza, no en la brutalidad. El lujo no protege. Cuando la mente empieza a resquebrajarse, el contraste es inmenso: cuanto más cuidado ha sido el entorno, más violenta resulta la irrupción del desorden interior. El lujo no anestesia el sufrimiento psíquico; lo subraya.

Cuando la vida ha sido dispuesta con cuidado, cualquier fisura de la mente se percibe con una violencia mayor. Quien ha crecido rodeado de atención, de belleza y de orden, experimenta el sufrimiento no como una carencia más, sino como una anomalía intolerable.

La seguridad burguesa crea un marco estable, pero no un espíritu fuerte. Quien ha vivido siempre en un mundo protegido no ha aprendido a negociar con la violencia interior. Cuando esta aparece, no hay hábitos ni lenguajes que la contengan.

La enfermedad no respeta privilegios.

Quien ha conocido el orden no se resigna fácilmente al caos.

Cyril 151

En mi caso, el lujo no significa poder, ni jerarquía, ni triunfo. Significa origen, protección, orden, amor encarnado en cosas. Las cosas no valen por lo que cuestan, sino porque fueron el modo en que el amor se organizó. Tuve una infancia de niño rico, de ahí la mitología por mi reino afortunado.

El lujo es igual a la memoria del amor y la compasión paralela que siento por los humillados y ofendidos es mi conciencia ante la injusticia. No hay incoherencia. Hay doble lealtad: a lo que me salvó y a quienes no fueron salvados.

El collar de perlas descansaba sobre la piel de mamá como una frase exacta de Ruskin. No proclama riqueza, sino fidelidad a una antigua belleza. Papá va vestido con un orden impecable, con una corbata de seda que provoca una autoridad implícita. Nos disponemos a cenar en el hotel modernista de Sitges como todos los fines de semana.

Escribió Proust: «El lujo no es, como se cree, una superabundancia inútil, sino una manera de rodearse de formas que hacen más respirable la vida. Los objetos bellos no nos sirven solo por su función, sino porque prolongan nuestra sensibilidad, la afinan, la ordenan. Un mueble, una tela, una habitación bien proporcionada no son signos de riqueza, sino instrumentos de atención. Para quien ha crecido entre ellos, no representan el orgullo de poseer, sino la tristeza de haber conocido una armonía que el tiempo ya no concede. El lujo es entonces memoria, no privilegio.»

El verdadero lujo no tiene nada que ver con la ostentación. Es una necesidad del espíritu refinado, una defensa contra la brutalidad del mundo. Rodearse de buenos libros, de tejidos nobles, de objetos bien hechos, no es una forma de despreciar a los pobres, sino de proteger la vida interior contra la vulgaridad. El lujo auténtico es íntimo. Y cuando desaparece, deja tras de sí una melancolía comparable a la pérdida de un clima favorable, de una infancia preservada y feliz.

Cyril 150

Mi padre era un hombre brillante, de orígenes militares, razonable, justo, seguro de sus convicciones, riguroso, severo y poco empático.

Precisamente por eso me intimidaba: representaba un mundo donde las cosas tenían una forma clara, mientras que yo vivía en la incertidumbre y la mórbida sensibilidad. Su afecto era real, pero se expresaba con una discreción y modestia que lo volvía casi inapreciable.

Tenía muchas expectativas puestas en mí y mi locura lo hirió casi de por vida. Su nobleza acaso no asimiló el capricho azaroso y cruel de la enfermedad. Fue siempre un burgués superior. Un hombre de simpatía arrolladora e ingenio agudo. En su juventud, un «bon vivant».

Hablaba bastante, y a veces sentenciaba. Ni cruel ni tierno. Acaso con una energía que algunos pudieran confundir con la agresividad. Sarcástico. Serio en las cosas esenciales. Representaba el orden y la normalidad, por eso, en mi adolescencia, con mal asimilados pufos de poeta, sentí cierta repulsión hacia él.

Lo que más me duele es que, a diferencia de mi madre, a partir de mi esquizofrenia me considerara, implícitamente, algo acaso similar, y exagero adrede la expresión, «material defectuoso».

Me duele no haber cumplido con las altas expectativas que tenía sobre mí.

Cyril 149

Mamá vivió para mí (pese a los grandes problemas que le causé) Vivió por mí con una mezcla de estoicismo y fidelidad asombrosa. No se quejaba, no se impacientaba, y nunca desfalleció. Su sacrificio tuvo la forma de la dulzura, la forma de una presencia mágica obstinada, inevitable, cariñosa.

El verdadero sacrificio no es el que se ofrece, sino el que se soporta sin ser reconocido. Hay vidas enteras consumidas en sostener otras vidas, sin gloria, sin promesa de restitución. Ella sostuvo la mía, se implicó como una leona en mi recuperación pese a los momentos de gran dureza y mal pronóstico.

Me visitaba siempre en el manicomio. Íbamos a granjas a merendar durante mi recuperación. A veces leíamos y comentábamos los mismos libros si estaba estable. Admiraba mi pulsión de escritor y se enorgullecía de ella. Conversamos indefinidamente. Fue muy dolorosa su decadencia.

Su amor era absoluto y ciego: no pedía nada, no reclamaba justicia. Cada día cedía algo: tiempo, atención, energía. No lo llamaba sacrificio; lo llamaba normalidad. No se inmoló, simplemente me amaba.

Nada de lo que haga compensará esos desvelos. Mi culpa no se salda. La culpa de no haber sido el mejor de los hijos me corroe.

Todos mis libros se cobijan bajo la égida de sus dulces manos.