Cyril 92

Robert Walser: «Me gusta escribir cosas que nadie necesita leer. La publicación impone una seriedad excesiva. Escribir para uno mismo es una forma de juego serio, libre de consecuencias. El manuscrito olvidado tiene una dignidad que el libro vendido no siempre conserva».

Publicar puede ser necesario; no publicar, a veces, es saludable.

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Escribir y no ser leído produce una forma particular de irrealidad: como hablar en una habitación vacía. Y sin embargo, esa soledad es constitutiva del acto de escribir. El escritor auténtico aprende a soportar la ausencia de lectores.

El lector inexistente no es una desgracia, sino una figura reguladora. Obliga al escritor a no halagar, a no simplificar, a no mentir. Escribir para nadie es, a veces, la única manera de escribir para alguien.

Cyril 91

Ese aroma, mezcla de polvo, cola y papel envejecido, ese olor rancio, pero dulcísimo. El perfume del papel envejecido tiene algo de confidencia, de secreto compartido. Abrir un libro antiguo es un gesto casi amoroso. Un volumen con aroma de humedad, de encierro, impone un ritmo lento. No se lee igual un libro recién impreso que uno que huele a sótano, a inviernos detenidos.

Un libro sin olor es un texto; un libro con olor es una experiencia. Quizá por eso seguimos acercando los libros a la cara: no para leerlos mejor, sino para comprobar que están vivos.

Quien ha olido una biblioteca sabe que la cultura también se respira.

Cyril 90

Me gusta escribir de noche, la hora de las brujas y de la magia negra. La noche no es solo inspiración, es como una reclusión o una retirada. No se escribe necesariamente mejor de noche: se escribe con menos interferencias. Durante el día todo se interpone —las personas, las obligaciones, la estupidez organizada—. De noche el mundo se repliega y deja al pensamiento a solas con su propia ferocidad y alarido. Muchos escritores confunden ese alivio con una cualidad estética. No es que la noche produzca mejores frases; es que permite escribir sin tener que defenderse de los azotes tontos del día. El escritor nocturno no busca a las musas: busca inmunidad frente a la barbarie oficial.

Durante el día no logro penetrar bien en el texto; algo se resiste, como si la frase no quisiera dejarse elaborar o fluir del todo. La noche favorece mi escritura porque favorece mis exageraciones. Todo me parece más grave, más enfático, más definitivo. Por eso muchos creen que escriben mejor de noche; en realidad, lo que ocurre es que piensan con menos moderación. La noche no mejora el pensamiento; lo radicaliza. El escritor que solo confía en la noche sospecha del día porque el día introduce proporción, orden, mesura, y la proporción es enemiga del desahogo.

Flaubert, en cambio, creía que la mañana es menos propicia para el delirio, pero más favorable a la exactitud. El trabajo serio exige una mente todavía no contaminada por el mundo. La noche excita; la mañana corrige. Muchos confunden entusiasmo con verdad. Yo prefiero -insistía Flaubert- la frase que resiste la luz del día a la que solo brilla en la penumbra.

¿Escribir de día o de noche? Probablemente todo mero fetichismo de escenografía psicológica para reducir la ansiedad.

Cyril 89

Quien piensa con claridad escribe con claridad; quien escribe de forma oscura suele hacerlo porque no sabe exactamente qué piensa. Una frase puede sonar elevada y, sin embargo, no significar nada. Cuando el escritor se oculta tras palabras nebulosas, el lector intuye profundidad donde solo hay vaguedad. Gran parte de la filosofía —y de la literatura— ha confundido lo indecible con lo mal dicho. La oscuridad no es misterio, sino fracaso. Una frase incomprensible no es profunda: es un problema mal formulado.

Montaigne: «Prefiero un juicio claro y limitado a una oscuridad que presume de infinitud. La claridad no empobrece el pensamiento; lo disciplina. Cuando una frase no se entiende, conviene sospechar no de nuestra inteligencia, sino de la honestidad del autor».

NOTA BENE: Observen la siguiente oración: “La textualidad articula un campo de fuerzas donde la significación se difiere indefinidamente”. Parece profunda por el léxico técnico (“articula”, “campo de fuerzas”, “difiere”) y porque nadie se atreve a pedir un ejemplo.

Traducción honesta: «Los textos pueden interpretarse de muchas maneras y no hay una sola lectura final». Lo que es una idea banal inflada hasta parecer teoría.

Cyril 88

Borges: «Subrayar es una forma de vanidad secreta. El lector marca el libro como quien deja constancia de haber estado allí. A veces no subraya lo que ha entendido, sino aquello que teme olvidar. El exceso de subrayado revela una ansiedad: la de apropiarse del texto, la de fijar lo que por naturaleza es móvil. Un libro violentamente subrayado es, con frecuencia, un libro mal leído. Leer bien exige una modestia: aceptar que no todo puede ser retenido, que la memoria también debe elegir».

Subrayar puede ser útil cuando se hace con parsimonia, como una señal en el camino; pero cuando todo está marcado, nada lo está. El subrayado excesivo no es atención, es pánico. Es el miedo de perder una frase antes de haberla realmente poseído. El lector que subraya sin cesar se engaña a sí mismo creyendo que conserva el libro. En realidad, lo que conserva es solo la ilusión de haberlo comprendido.

Cuando todo está subrayado, nada ha sido leído.

El lápiz ansioso suele pensar más rápido que el lector.

Subrayar es confesar que no se confía en la memoria.

Subrayar sin parar es leer sin respirar.

Cyril 87

Marcel Proust

«Los libros que amamos no nos enseñan tanto a vivir como a reconocer lo que ya vivíamos confusamente. En ellos aprendemos nombres para emociones que no sabíamos formular. Mi educación sentimental no vino de la experiencia directa, sino de la lectura lenta, solitaria, donde el corazón se ejercita sin riesgo».

Fernando Pessoa

«He aprendido más sobre el amor leyendo que amando. Amar es confuso, contradictorio y torpe; leer es claro, aunque ilusorio. Los libros me enseñaron a sentir con precisión lo que la vida me ofrecía de forma caótica».

Gustave Flaubert

«La educación del corazón suele venir de la lectura, no de la vida. La vida nos hiere y nos empuja; los libros, en cambio, nos detienen y nos explican. Yo aprendí a desconfiar de mis emociones viviéndolas; las comprendí leyéndolas».

Stefan Zweig

«Mucho antes de atreverme a amar, ya había amado en los libros. Mi corazón fue educado por personajes imaginarios, más delicados y más extremos que las personas reales. Cuando llegó la experiencia, ya estaba cargada de memoria literaria».

Virginia Woolf

«Los libros nos enseñan a sentir sin obligarnos a actuar. En esa distancia está su poder. La educación sentimental que ofrecen es silenciosa, paciente y profundamente formativa».

Roland Barthes

«He recibido de la literatura una educación del deseo más rigurosa que la de la vida. Los libros no me dijeron qué debía sentir, sino cómo prestar atención a lo que sentía».

Emil Cioran

«La experiencia enseña mal y tarde. Los libros, al menos, enseñan sin destruir. Mi sensibilidad se formó leyendo; la vida se limitó a confirmar, con brutalidad, lo que ya sabía».

Albert Camus

«Antes de comprender a los hombres, los había leído. La literatura me dio una educación moral y sentimental que la vida, por sí sola, no ofrece».

Julien Green

«Haber aprendido a amar en los libros vuelve torpe la experiencia real. Nada está a la altura de lo leído. Pero esa decepción también es una forma de lucidez».

Susan Sontag

«La literatura no nos prepara para la felicidad, pero sí para la complejidad. Mi educación sentimental fue literaria: aprendí a desconfiar de las emociones simples».

Joseph Joubert

«Quien no ha sido educado sentimentalmente por los libros suele confundir intensidad con verdad. La lectura enseña a sentir despacio».

Cyril 86

Gustave Flaubert: «La estupidez consiste menos en ignorar que en opinar sobre lo que no se conoce. La manía de tomar partido es el vicio de las almas sin reposo. Tener una opinión se ha convertido en una forma de respetabilidad: se exige incluso cuando no hay pensamiento».

La opinión sustituye al pensamiento del mismo modo que el ruido sustituye a la música. Se opina para existir, no para conocer. La opinión es rápida, cómoda y tranquilizadora; la conciencia es lenta, incómoda y solitaria. Por eso la primera triunfa siempre. Opinar no es pensar: es repetir con énfasis lo que ya circula.

La obligación de opinar sobre todo es una forma de tiranía. El derecho a callar, a no saber todavía, a no decidir, es una de las últimas libertades del espíritu.

Cyril 85

Los días sin acontecimientos me parecen los más cercanos a la esencia de la existencia. No hay nada que contar, y precisamente por eso todo se vuelve interior. Cuando nada sucede, el espíritu se oye a sí mismo. Lo que ocurre cada día no interesa a nadie. Los periódicos hablan de lo excepcional, de lo que irrumpe. Pero la verdadera materia de la vida es lo que no merece ser contado: lo que se repite, lo que pasa desapercibido, lo que no deja huella. Es ahí donde vivimos. La mayor parte de la vida no está hecha de crisis ni de revelaciones, sino de horas neutras. Son esas horas las que sostienen todo lo demás.

Joseph Joubert: «Nada sucede: ese es el estado normal de la vida. Lo extraordinario es una interrupción. El espíritu que no sabe habitar la monotonía está condenado a buscar ruido». O bien Michel de Montaigne: «Mi vida ha sido común y sin brillo; por eso he podido observarla. Los grandes sucesos distraen. La costumbre, en cambio, instruye».

Cyril 84

Hablar de un libro propio en público es una forma de desnudez innecesaria. El libro ya ha dicho todo lo que podía decir; el autor, cuando habla, suele estorbar. Sin embargo, hay una cortesía social que exige esta ceremonia: el escritor se deja ver para que el libro pueda volver a ocultarse, dijo aproximadamente Canetti.

Hoy se presentaron tres de mis libros. Pese a llevar dos noches sin dormir, me encontré cómodo -ayudo mucho el co-presentador, mi maestro el sabio Vicente Gracia-, cómodo aunque sin mi chispa habitual. Toda presentación de un libro es un malentendido organizado. El público cree que se le va a explicar el libro; el autor sabe que el libro no se explica. Se habla entonces de otra cosa: de circunstancias, de anécdotas, de coartadas. El libro, mientras tanto, espera en silencio a que alguien lo lea.

Publicar un libro es un acto de confianza radical: confiar en que, en algún lugar, en algún momento, una mente desconocida se detendrá, leerá despacio y responderá en silencio. Toda presentación es apenas un prólogo social a ese encuentro íntimo. Virginia Woolf: «Un libro no empieza cuando se imprime ni termina cuando se cierra. Empieza cada vez que un lector lo abre con una expectativa, y termina de un modo distinto en cada conciencia. El autor sólo inaugura una posibilidad».

Cyril 83

Nieva. El paisaje hoy ha cambiado por completo el tono del día. Todo parece amortiguado, como si el mundo hubiera sido envuelto en algodón. Incluso los pensamientos llegan con retraso. Es curioso cómo el paisaje impone una forma de sentir: la nieve no adorna, apaga, y en ese apagarse hay una calma que no es alegría, sino suspensión. Lo blanco ha impuesto una clausura delicada. Todo invita a recogerse, a quedarse dentro, no solo de la casa sino de uno mismo. Es un silencio que no oprime, sino que protege. La nieve me obliga a escuchar lo que normalmente dejo pasar. Esta nevada cae sin esfuerzo, y eso es lo que más conmueve. No lucha contra nada. Simplemente se posa. El mundo, cubierto de nieve, parece por fin dispuesto a no exigirnos nada.