Escribir bien no es solo un lujo estilístico, sino una forma de respeto intelectual. El lenguaje ha de ser claro sin caer en la banalidad, culto sin volverse pedante. Quien escribe debe saber que cada palabra tiene historia, que cada giro pertenece a una tradición que no puede ignorarse impunemente. La oscuridad deliberada es una impostura; la simplicidad verdadera es el resultado de un largo trato con los grandes textos.
La prosa debe fluir como una conversación elegante bajo el sol, pero cada frase ha sido previamente despojada de lo superfluo. Escribir bien es ocultar el esfuerzo, hacer que todo parezca natural. La inteligencia sin gracia es árida; la gracia sin inteligencia es trivial. Entre ambas debe establecerse un equilibrio que el lector percibe sin necesidad de explicaciones.
No se trata de contar cosas, sino de encenderlas. Cada frase debe tener su chispa, su ritmo, su relámpago, su música interior. La prosa plana es una traición al idioma. Hay que escribir con el cuerpo, con la sangre, con el oído. La literatura es, ante todo, una forma de belleza verbal.
Ni exceso ornamental ni sequedad: la frase debe ser justa. Pero esa justicia no excluye la ironía, al contrario, la requiere. Escribir bien es mostrar las cosas como son y, al mismo tiempo, revelar lo que esconden. La literatura no corrige el mundo: lo ilumina con una mirada lúcida.
Prefiero una buena frase que una noche de amor memorable.
