Parece que el discurso público se desplaza insensiblemente hacia el tema de la corrupción política. Me aburren sobremanera esas miasmas. Prefiero pensar en otras cosas, por ejemplo que quien no ha aprendido a demorarse en una frase ajena -de lignina y azul cobalto- no sabrá nunca demorarse en la propia. La escritura exige una lentitud casi antinatural en nuestro tiempo: una resistencia frente a la prisa periodística del mundo.
¡La escritura! ¡El estilo! Destilar la experiencia hasta dejarla en su puro aroma. La vida es confusa, exuberante, contradictoria, a menudo trivial; el estilo la reduce a una esencia que pueda ser respirada en altura. Yo no pienso en palabras, sino en imágenes como cuadros de luminosidad de telas orientales de Fortuny. La palabra es sólo el vestido de la imagen. Escribir no consiste en decir algo, sino en hacerlo visible, audible, táctil, en dotarlo de una textura que el lector pueda casi tocar. El mal escritor parte de ideas; el bueno, de sensaciones precisas que luego organiza con la frialdad de un lógico de ondulaciones cromáticas.
Una frase mal hecha es una falta de respeto hacia la realidad, porque la deforma sin haberla comprendido. Toda buena prosa implica una resistencia: contra la banalidad, contra la facilidad, contra la tentación de decir más de lo necesario. La realidad llega turbia, cargada de falsas joyas e impurezas; la prosa la filtra hasta dejar sólo lo esencial, lo que puede ser recordado. Una buena frase es aquella que no admite variación.
