Cyril 62

Con su cerebro febril, Balzac escribía durante doce, catorce, a veces dieciséis horas seguidas, alimentándose únicamente con café negro. A veces, y me avergüenza confesarlo, yo mismo recaigo en esas maratonianas jornadas balzaquianas.

No recomiendo exprimirse, estrujarse hasta el agotamiento nervioso. La página arranca horas (y a veces años) de vida, también en sentido literal. Mareo, fatiga, entumecimiento, y una sensación de haber sido drenado por una garganta angosta. Pero, pese a todo, creo que no hay método más eficaz que continuar hasta el colapso.

Algún día ya llegará la tenebrosa esterilidad. Thomas Bernhard: «El escritor no se queda estéril de repente; se va pudriendo lentamente. Primero pierde la alegría, luego la paciencia, finalmente la convicción. Sigue escribiendo por costumbre, como un enfermo que sigue respirando por reflejo. La esterilidad es eso: una respiración sin oxígeno».

Mientras, que no cese el irracional entusiasmo.

Cyril 61

Coexisten en el público lector un lector formado (con “memoria literaria”, hábitos de relectura, criterio estilístico, paciencia para lo difícil) y otro lector “ocasional” (más sensible a la prescripción mediática, a la marca famosa, al regalo ritual, etc)

El matiz importante es que la frontera es porosa y además no separa tanto “personas” como modos de leer: un mismo lector puede leer a Montaigne en invierno y tragarse un “folletín aeroportuario” en verano.

El best seller suele buscar máxima legibilidad, máxima adhesión emocional y mínimo riesgo formal. Es aquello que David Viñas Piquer llama, con expresión feliz, «anabolizantes didácticos».

A mí los libros muy vendidos me producen una desconfianza congénita, como si tuviesen una enfermedad vírica o la lepra. Con ello no afirmo que los libros populares sean necesariamente malos. Pero ¿hay verdadera salvación en el aplauso? ¿No se suelen leer como un calmante, como evangelio de hombre satisfecho? ¿Lo tasa la costumbre de las grandes ventas? Me atraen estas palabras de Albert Caraco: «El best-seller es la prosa de la especie, no del individuo. Habla en plural, piensa en plural y muere en plural. Ningún libro verdaderamente necesario ha sido jamás necesario para todos».

***

Traigamos a colación un tren de citas. Más allá de la inevitable caducidad o acierto de sus tesis, merecen ser meditadas con atención. No los invoco como tribunal, sino como coro de advertencias.

Gustave Flaubert

«Nada me parece tan peligroso como escribir para agradar. El éxito inmediato es siempre sospechoso: suele ser el síntoma de una connivencia entre la pereza del lector y la complacencia del autor. Un libro leído por todos es casi siempre un libro que no exige nada a nadie».

Theodor W. Adorno

«La obra que se vuelve inmediatamente accesible para todos es aquella que ya ha renunciado a su verdad. La industria cultural no produce obras que deban ser comprendidas, sino mercancías que deben ser reconocidas. El best-seller no pide atención, sino consumo; no exige concentración, sino identificación automática».

Hermann Broch

«El kitsch literario es el mal absoluto del arte moderno. Su objetivo no es la verdad, sino el efecto; no la forma, sino la aceptación. El best-seller es su vehículo ideal: promete emoción sin riesgo y sentido sin conflicto».

Vladimir Nabokov

«El lector que busca solo identificación emocional, consuelo o confirmación moral no es un lector, sino un cliente. La gran literatura no acaricia: irrita, desconcierta, obliga a releer. El éxito masivo suele indicar que el libro ha evitado cuidadosamente todo aquello que podría incomodar».

Marcel Proust

«Leer no es recibir, sino trabajar. El libro que se comprende de inmediato es aquel que no nos ha cambiado. La verdadera lectura es siempre minoritaria, porque transforma; y lo que transforma no puede ser compartido sin pérdida».

Georges Bernanos

«Vivimos en una época que confunde el número con el valor. Un libro vendido por millones parece justificar su existencia por la aritmética. Pero el espíritu no se mide en ejemplares, y la verdad no se vota».

Italo Calvino

«El libro que se adapta demasiado bien a su tiempo corre el riesgo de desaparecer con él. La literatura que permanece es la que fue incómoda, lenta, resistente a su presente. El best-seller suele ser un libro perfectamente sincronizado con su fecha de caducidad».

Cyril 60

Epicuro y Horacio (y, en otro registro, tantos moralistas) acertaron al advertir que el foro devora; la vida pública te compra con halagos y te cobra en ansiedad. Pero el escritor, incluso el más “emboscado”, escribe porque desea que haya, en algún lugar, una mente lectora que contacte con la suya.

Lo que me hiere no es “no ser famoso”. Es la sensación de que el mundo no me devuelve ni una señal de lectura: ni una reseña, ni una crítica, ni una nota. Eso produce una forma de desrealización: “existo como si no existiera”.

Podría decirlo con palabras prestadas. Todo lo que escribo parece condenado a no interesar a nadie. Publicar no cambia nada: los libros siguen en su completa soledad. Mi nombre puede aparecer impreso, pero eso no significa que exista. Trabajé durante años por una atención que no llegó nunca. He escrito libros que no han encontrado lectores, y eso es algo que no se supera fácilmente. En mi casa de lectura hay un silencio cartujano.

No me leyó mi siglo ni me leerán los siglos venideros. Pero acaso ser ignorado no es el peor destino: el peor sería no haber pensado ni escrito nunca nada vivo.

Cyril 59

La originalidad absoluta sería el silencio. Todo lo demás es respuesta, eco o traición. El problema no es la dependencia, sino la falta de riesgo. Plagiar es revivir; copiar es continuar. Todo ha sido dicho ya; como nadie escucha, hay que volver a decirlo. Plagiamos más por cansancio que por admiración. El verdadero pecado no es imitar, sino sufrir la imitación. Mejor robar el estilo que repetir el eco. La mayor salud literaria es la del plagiario.

Cyril 58

Mi sensación de pequeñez descomunal al leer a Proust, Homero y sus pares ¿Es complejo de inferioridad o bien conciencia histórica?

Lo que siento al leer a Proust —ese empequeñecimiento casi físico, esa sensación de mosquito subido a un león— acaso no sea un juicio sobre mi talento sino el efecto de una colisión estelar: mi conciencia creadora contra la masa acumulada de siglos de genios. El escritor ingenuo cree que escribe “bien”. El escritor leído sabe lo que significa escribir bien. Y ese saber aplasta.

Homero, Milton, Cervantes, Proust, Borges… son montañas geológicas, no simples autores o nombres. Compararse con ellos no es competir, sino medir el tiempo humano contra el tiempo mítico. Quien no se siente enano ante los grandes, no los ha entendido.

Existe una paradoja cruel y hermosa: cuanto más grande es el escritor que se lea, más empequeñecido se siente uno; pero cuanto más pequeño te sientes, más legítimo es tu lugar en la literatura. Mi literatura es muy insegura de sí misma.

Al escribir tengo la sensación persistente de ensayar a tientas, de aproximarme sin alcanzar nunca el centro. Qué difícil es lograr una línea verdaderamente necesaria. Mucho de lo que hago me parece ejercicio de aprendiz con aciertos ocasionales.

Mi voz no pretende ser eco de los grandes —eso sería una impostura—, pero tampoco se engaña con fantasías de altura. Es una voz menor, consciente de su escala, que escribe desde abajo, desde después, desde la historia ya hecha. No canta desde la cima: habla desde la ladera, sabiendo que esa posición no es una deshonra, sino una condición.

Cyril 57

Cuando me hablan de amor, no siento rechazo, sino una especie de vergüenza profunda, como si se me pidiera exponer algo que no puede mostrarse sin deformarse. Lo más íntimo, cuando se vuelve visible, deja de ser soportable. En clínica esto que me pasa se llama «incomodidad ante la intimidad emocional» (en inglés: discomfort with emotional intimacy) La ternura expuesta (besos, declaraciones, cuidados) activa una tensión interna porque toca un territorio sensible, no porque sea ajeno, sino porque es demasiado propio. No me incomoda lo que veo; me incomoda lo que me despierta. La emoción expuesta me produce un malestar físico. Prefiero la sequedad antes que una intimidad mal defendida. Cuando alguien ha vivido amor como pérdida, ternura como excepción, o intimidad como algo frágil o no sostenido, el psiquismo aprende a retirarse justo cuando la emoción se expone demasiado. No por desprecio, sino por protección.

Pessoa: «Amar es cansarse de estar solo, pero yo no sé estar acompañado sin dejar de estar solo. Toda ternura, cuando se vuelve concreta, me inquieta. Prefiero sentirla como idea, como música interior, no como gesto real que me comprometa».

O, como siempre, mi compañera del alma y maestra Virginia Woolf: «Hay momentos en que la cercanía emocional me resulta casi intolerable. No porque no la desee, sino porque la intensidad me abruma. El afecto, cuando no está filtrado por la forma, se vuelve un peso físico […] Las demostraciones de amor demasiado explícitas me producen una sensación de desajuste, como si algo profundamente privado hubiera sido desplazado a la luz equivocada».

NOTA BENE: En absoluto desprecio ese sentimiento transfísico llamado «amor».

Cyril 56

Angor nocturnus. Desregulación vegetativa. De día estás solo en un lugar. De noche estás solo en el mundo. Se cierran tus horizontes. Durante el insomnio, el tiempo se dilata hasta volverse irreconocible, y uno descubre que puede vivir una eternidad entre dos latidos purulentos. Nada pesa tanto como una noche que no pasa. Allí el pensamiento no avanza: gira. Gira en torbellino ciego y entrópico. Y girar sin avanzar es una forma de tortura. El insomnio no es falta de sueño; es exceso -criminal- de existencia.

Las horas nocturnas poseen una elasticidad singular. Un minuto puede contener una vida entera, y una noche puede parecer más larga que un año. El sufrimiento nocturno no grita: insiste, percute, golpea, se posa. Mi maestra y alma gemela Virginia Woolf lo supo bien: «En la noche, el espíritu pierde sus defensas. Los pensamientos que de día se toleran, de noche se vuelven insoportables. No porque sean más verdaderos, sino porque ya no hay nada que los contradiga.»

Soportarse a sí mismo toda la madrugada.

Soportar una mente que pierde su cáculo y asidero, su luz y su medida.

Soportar la persistencia del aliento del diablo en la sombra.

Cyril 55

Se me ocurre un muro de citas para honrar a las víctimas del accidente del tren de Córdoba. Cada vida tiene una dignidad alta e irrepetible, su interrupción brusca es una indecible tragedia, no deben caer en el anonimato, en la deshumanización del número, y están ligados a padres, hijos y hermanos cuyo sufrimiento será también terrible. D. E. P.

***

«Cada ser humano es único, y en esa unicidad reside su dignidad. No es un ejemplar intercambiable de una especie, sino un centro absoluto de experiencia, un punto irrepetible desde el cual el mundo ha sido visto una sola vez y nunca volverá a ser visto de la misma manera. Cuando una vida humana se extingue, no desaparece simplemente una función biológica: se pierde una perspectiva irreemplazable del universo», Hannah Arendt.

«El ser humano no puede ser tratado nunca como medio, porque en cada persona hay algo que no admite compensación ni sustitución. Allí donde una vida se pierde, no hay equivalencia posible, no hay balance que pueda cerrar la cuenta», Immanuel Kant.

«El horror comienza cuando el sufrimiento deja de tener rostro. Cuando se habla de muertos en plural, algo esencial se pierde: el temblor ante el individuo concreto. Por eso el lenguaje de las cifras es siempre sospechoso; convierte la catástrofe en algo administrable, soportable, casi abstracto», George Steiner.

«Una estadística tranquiliza porque no llora. Pero detrás de cada cifra hay una biografía completa, una infancia, un carácter, un modo de caminar, una voz reconocible para alguien. El crimen moral no está solo en matar, sino en contar después a los muertos como si fueran cosas», Vasili Grossman.

«La muerte súbita es particularmente cruel porque no clausura una vida, la interrumpe. Deja abiertos los paréntesis, suspende frases a mitad, congela gestos que ya no encontrarán respuesta. No hay preparación, no hay despedida, no hay ajuste entre la vida vivida y la vida terminada», Marguerite Yourcenar.

«Morir joven no es morir pronto: es que el mundo ha sido privado de una duración que le era debida. Hay muertes que no son solo un final, sino un robo cometido contra el tiempo», Albert Camus.

«La muerte de un individuo no afecta solo a quien muere. Afecta a todos aquellos cuya identidad estaba entrelazada con la suya. Padres, hijos, hermanos, amigos: cada uno pierde una parte de sí mismo. El duelo no es una emoción privada, es una fractura en la red de relaciones que sostenía la vida cotidiana», Norbert Elias.

«El duelo no es simplemente tristeza: es una forma de desorientación. El mundo sigue allí, pero ha perdido una coordenada esencial. Algo que daba sentido a los días ha desaparecido, y esa ausencia reorganiza silenciosamente toda la existencia», Roland Barthes.

«Quien sobrevive a una muerte injusta no solo llora al ausente: carga con una tarea imposible, la de seguir viviendo en un mundo que ha demostrado ser capaz de destruir sin sentido. El dolor no se limita a la pérdida; incluye la herida moral de saber que lo ocurrido no debía haber ocurrido», Paul Ricoeur.

«Los vivos quedan marcados por una pregunta sin respuesta: ¿por qué él, por qué ella, por qué ahora? Esa pregunta no busca una explicación racional; es el signo de una ruptura profunda en la confianza elemental en el mundo», Karl Jaspers.

«Recordar a los muertos no es un gesto sentimental, sino una obligación moral. Allí donde el recuerdo se disuelve demasiado pronto, la injusticia se consuma por segunda vez. La memoria es la forma humana de resistirse a la banalización del mal», Primo Levi.

«El respeto hacia las víctimas comienza por negarse a convertir su sufrimiento en espectáculo. Hay dolores que exigen silencio, lentitud, gravedad. Todo exceso de exposición es una forma de profanación», Susan Sontag.

«Honrar a los muertos es afirmar, contra toda evidencia, que sus vidas importaron absolutamente. Que no fueron intercambiables, que no fueron prescindibles, que no pueden ser absorbidos por la amnesia colectiva», Simone Weil.

«Que no se diga que fueron tantos.

Que se diga que cada uno fue alguien.

Y que alguien los amó», Elie Wiesel.

NOTA BENE: Imaginar vidas concretas, proyectos truncados, padres, hijos, hermanos; sentir el golpe seco de lo irreparable. Esa empatía, a mi juicio, no necesita imágenes explícitas, no necesita repetición, no busca descarga emocional, y suele ir acompañada de silencio, recogimiento, incluso rechazo a mirar. Es la empatía que hiere y no se exhibe.

La empatía mediática, ostentosa, la que practican muchos medios, se apoya en imágenes crudas, se repite hasta la saturación, se dramatiza con música, tonos, testimonios forzados, se mide en tiempo de pantalla y audiencia. No está orientada a comprender ni a honrar, sino a retener atención.

Esta distinción la formuló con enorme lucidez Susan Sontag, cuando advertía que mostrar el dolor no equivale a respetarlo y que la sobreexposición no profundiza la compasión: la desgasta.

La obscenidad —en sentido literal— es poner fuera de escena lo que debería permanecer fuera de la escena pública. Hay cuerpos, lágrimas, silencios, preguntas, que no deben ser exhibidos. En esto coincido George Steiner: cuando el horror se hace visible sin mediación ética, deja de interpelarnos como personas y empieza a funcionar como estimulación.

La clave es no confundir distancia con frialdad. Aquí está el error que el sistema mediático fomenta: si no miras, eres insensible. Si no comentas, eres frío. Si no te expones, no empatizas. Es falso.

A veces la distancia es la forma más alta de respeto.

Cyril 54

Mi estado no puede describirse como confusión, sino como una claridad insoportable. Percibo conexiones donde otros ven casualidades. Nada es neutro. Cada acontecimiento, cada palabra oída, cada gesto ajeno se refiere a mi sistema nervioso. No deliro: interpreto. Y esa interpretación constante agota, porque no admite descanso. El mundo se ha vuelto transparente y, precisamente por eso, inhabitable.

La psicosis puede entenderse como un intento fallido —pero desesperadamente serio— de reorganizar una identidad que ha sido fragmentada por relaciones imposibles y exigencias contradictorias.

Mi espíritu no se ha extinguido; se ha dispersado. Siento que cada pensamiento vive por su cuenta, sin obedecer a un centro común. El mundo se me presenta con una nitidez excesiva, como si cada cosa reclamara una atención absoluta. No sufro por no pensar, sino por pensar demasiado y no poder reunir lo pensado.

Como dijo mi colega y maestra Virginia Woolf: «En ciertos estados de la mente, la realidad deja de ser un fondo estable y se convierte en una sucesión de impresiones violentas. No hay jerarquía. Lo trivial adquiere un peso monstruoso y lo esencial se disuelve. El verdadero terror no es el dolor, sino la imposibilidad de traducir la experiencia a palabras compartidas. La mente queda sola con su exceso».

Jaspers, filósofo y clínico, expresó con perspicacia lo que nos pasa: «En la psicosis, la vivencia no es errónea: es incomunicable. El sujeto no puede hacerla coincidir con la experiencia común, y por ello queda aislado en su certeza. Comprender no significa aprobar ni explicar causalmente, sino reconocer que allí hay una forma extrema de experiencia humana».

Cyril 53

La mente pierde su forma habitual. Los pensamientos no se encadenan; flotan, chocan, se disuelven. No hay un centro que los ordene. El yo se vuelve poroso. Lo más terrible no es el dolor, sino la imposibilidad de explicarlo. Las palabras, que antes servían, se quiebran. Dentro de mí no hay unidad, sino una especie de asamblea confusa. Cada voz cree ser la verdadera. A veces siento que mi pensamiento se ha quebrado como un espejo. Cada fragmento refleja el mundo, pero ya no consigo reunirlos. Las palabras vienen demasiado rápido o demasiado tarde, y el alma queda suspendida entre ambas. No soy un enfermo en el sentido vulgar del término; soy un campo de batalla metafísico. Lo que para otros sería delirio, para mí es experiencia. El mundo entero se ha vuelto transparente y hostil a la vez, como si todo estuviera dirigido contra mi sistema nervioso. La razón no ha desaparecido: se ha vuelto insuficiente.

«Llamo esquizofrenia a la escisión de las funciones psíquicas, no porque la mente se rompa en dos, sino porque pierde su unidad orgánica. El pensamiento, la emoción y la voluntad dejan de actuar conjuntamente. El enfermo no está privado de razón, sino de síntesis. Su tragedia no es la ausencia de ideas, sino su exceso sin jerarquía.», Eugen Bleuler.

Hola, compañeros, me llamo Christian, y soy esquizofrénico.