Cyril 72

La vaca piensa despacio, como Galicia. Su paciencia, senequista, es una forma de sabiduría rural. Mientras el hombre gallego duda, calcula o recuerda, la vaca ya acepta el rigor del mundo. No protesta contra los aguaceros, el barro, el viento, el sol, los tábanos o las moscas: los integra como vaivenes de su pequeño cosmos. En su mirada hay una serenidad anterior a Roma y Grecia, a imperios y guerreros.

***

El hórreo gallego parece una piedra heideggeriana. Apoyado en sus pies de piedra, mira el valle con una calma casi monástica. En la aldea donde vivo aún hay hórreos vivos. Cuando el hórreo se convierte en adorno turístico, algo esencial se ha perdido: ya no guarda grano, guarda barniz.

Cyril 71

Orense. En un metro cuadrado de prado puedes distinguir ocho o nueve tipos de verde. Los verdes de Galicia tienen algo de sacristía natural, de retablo húmedo. Verde que invita al recogimiento, a la melancolía. El verde gallego enseña a mirar hacia dentro.

Ese verde interminable produce a veces una extraña fatiga. No cansa como el desierto ni abruma como la montaña: te adormece. Uno acaba pensando de otro modo, con más lentitud y densidad, reconcentrado como dentro de una campana de vidrio.

Verde civilizado por la lluvia.

Cyril 70

Permítanme un puritanismo dogmático. Estas conclusiones se desprenden de mi vida meditativa y agraz.

El entusiasmo por la felicidad es una forma refinada de estupidez. Cuando se la eleva a ideal, se incurre en una mistificación peligrosa: se enseña a los hombres a huir de sí mismos, a distraerse de su condición. La felicidad como fetiche publicitario universal. No me fío de quien está alegre sin motivo, como no me fío de una habitación llena de empalagosas tartas de chocolate. La alegría moderna es una obligación social (y de ahí el tufo industrial de la autoayuda)

Siempre he desconfiado de la gente alegre. Su alegría es una estrategia, un sistema de defensa contra la verdad desnuda. Se ríen para no pensar y celebran para no observar. La alegría no es inocente; es un ácido que corroe la conciencia de nuestra desdicha planetaria. El pesimismo no es una tara.

El mundo está mal hecho. El hombre no es bueno ni noble. Donde todos se alegran a la vez, algo ha sido simplificado, amputado, reducido a cliché. La cultura contemporánea ha convertido la alegría en una obligación y desacredita a la tristeza. Hay que mostrarse satisfecho, ligero, «happy». Lo gratificante sacrifica la inteligencia.

Quien está demasiado alegre suele estar mal informado de sí mismo.

Cyril 69

Flaubert, obseso tiquismiquis perfeccionista: «Lo que me mata no es el trabajo, sino la exigencia. Busco una frase que sea inevitable, una frase que no admita alternativa. Paso días enteros persiguiéndola. Cuando no la encuentro, todo me parece falso. El perfeccionismo no es amor a la perfección, es horror a la imperfección. Y ese horror es inagotable».

Este perfeccionismo solo es una salvaje y contra-terapéutica tiranía interior. Saber que la perfección no existe no implica volcarse en la imperfección. Cualquier frase, debido a la naturaleza dúctil y recursiva del lenguaje, es una frase aproximada. No hay algo así como un conjunto de frases «finales», totalmente acabadas. La palabra no es el reino de lo absoluto, sino de lo impuro, del mestizaje.

La exactitud llevada al extremo deja de ser virtud y se convierte en patología. La búsqueda del párrafo perfecto es un delirio silencioso y devorador. Joubert: «La perfección es una idea divina mal adaptada al hombre. Cuando el artista quiere ser perfecto, olvida que su misión no es alcanzar lo absoluto, sino aproximarse a él sin destruirse».

La perfección no mata el arte por difícil: lo mata por imposible.

Cyril 68

Funciones clave del sueño según la divulgación médica: (1) Restauración cerebral: durante el sueño, el cerebro elimina desechos metabólicos y regenera funciones cognitivas esenciales (memoria, atención, resolución de problemas) (2) Regulación emocional: dormir ayuda a procesar experiencias afectivas y a regular el ánimo. Un mal sueño crónico se asocia a mayor irritabilidad, ansiedad y depresión (3) Función fisiológica: reposición energética, regulación hormonal, reparación de tejidos y fortalecimiento del sistema inmune (4) Ciclo circadiano: nuestro cuerpo funciona con ritmos de ~24 horas llamados ritmos circadianos. Están regulados por el reloj interno y por señales externas como la luz solar. Están profundamente relacionados con el sueño y la vigilia.

Algunas personas son más activas por la mañana (“larks” o alondras) y otras somos más activas por la noche (“night owls” o noctámbulos) El sueño y las alteraciones del sueño están profundamente relacionados con las enfermedades mentales. En trastornos como la bipolaridad y los trastornos del espectro de la esquizofrenia, las alteraciones del sueño son extremadamente frecuentes y no accidentales. Mi cronotipo nocturno no favorece precisamente una muy necesaria higiene del sueño.

Puedo decir, aproximadamente, con Jules Renard, que me acuesto cansado y me levanto cansado. Entre ambos cansancios hay algo que llaman sueño. No me ha curado, pero me ha suspendido. Dormir no me mejora: me interrumpe.

Durante el sueño, el yo se disuelve; no decide, no juzga, no elige. Tal vez por eso algunos temen dormir: porque no soportan esa pérdida momentánea de soberanía, esa sombra plenipotenciaria de la muerte.

De día uno se defiende. De noche no. El sueño es la frontera última: o consigues cruzarla, o te quedas a solas con todo lo que no resolviste. El insomnio no inventa nada; simplemente no permite olvidar. Esto define mis muy habituales «noches tenebrosas». El insomnio no es pensar demasiado, sino pensar sin fruto. El pensamiento nocturno gira como una rueda sin eje. Dormir sería aceptar que no todo pensamiento merece continuación.

Recuerdo, ya para concluir, unas palabras parafraseadas de Joseph Joubert: «El insomnio no es pensar demasiado, sino pensar sin fruto. Dormir sería aceptar que no todo pensamiento merece continuación».

Cyril 67

Acabo de pedir el libro «Las crines» de Marc Colell.

No puedo menos que asentir con Montaigne (traducción libre de los «Ensayos», II, 17): «Me siento tan vivamente tocado por el mérito de otro como si fuese propio. No conozco pasión más natural ni más justa que alegrarme del bien ajeno cuando lo reconozco verdadero. La gloria de los hombres excelentes no me empequeñece, me agranda: añade mundo a mi mundo. Me parece que el espíritu humano se honra entero cuando uno solo alcanza su cima. Quien no sabe admirar, se mutila. Quien no puede gozar del talento ajeno, vive empobrecido incluso cuando triunfa».

Vivo el éxito ajeno de algunos autores como una victoria de la literatura misma. Leo los libros de Colell con emoción profunda. Me consuela pensar que, mientras existan libros así, no todo está perdido. Su éxito me tranquiliza. Prueba que la excelencia no es inútil y que aún se puede escribir sin falsedad. El triunfo de un libro verdadero es un triunfo para todos los que escribimos a su sombra. Hay una alegría secreta en ver que otro ha llegado más lejos: demuestra que la justicia existe.

Borges (paráfrasis fiel a una de sus «Conversaciones»): «Nunca he entendido la envidia literaria. Cuando un escritor escribe bien, el mundo se enriquece, y ese enriquecimiento es común. Que otro alcance la perfección que yo no he alcanzado no me disminuye: me confirma. Prefiero leer una obra admirable que escribir una mediocre. El éxito ajeno no me roba nada; me da algo que leer».

Produce placer ver florecer el talento de otros. El verdadero espíritu no teme ser superado, porque sabe que cada grandeza nueva amplía el horizonte del arte.

Enhorabuena, Marc.

Cyril 66

Si hubiera que trazar una genealogía de mi lugar literario, estaría en una intersección entre los moralistas (Pascal, La Rochefoucauld, Chamfort), con su peculiar análisis frío del yo, de los diaristas existenciales (escritura como aparato de regulación psíquica) y los escritores atravesados por la enfermedad mental, que convierten el texto en órgano auxiliar de la conciencia.

En este tercer grupo me reconozco con plena legitimidad. Aunque la enfermedad mental priva de proporción, no pertenezco «al club de los suicidas»; mi lugar no es la autodisolución, sino la resistencia mediante la forma. Escribo para no desaparecer.

No soy un loco que escribe; soy alguien que escribe para no enloquecer del todo. Mi obra es una distribución del desorden.

Cyril 65

Virginia Woolf

«La enfermedad no es solo una interrupción de la vida normal; es un país propio. Cambia la proporción de las cosas. Bajo su influencia, una frase no se comporta como antes, una palabra pesa más, una pausa se vuelve infinita. La mente enferma no pierde necesariamente lucidez: pierde continuidad. Y escribir se convierte en un intento desesperado de mantener un hilo mientras todo tiende a disolverse».

Sylvia Plath

«Cuando estoy enferma, escribir no es un acto creativo sino una maniobra de supervivencia. Las palabras no fluyen: se arrastran. El lenguaje se vuelve viscoso, pesado, como si cada frase tuviera que atravesar una niebla. La mente sigue produciendo imágenes, pero ya no confía en ellas. Escribir se parece entonces a hablar desde el fondo de un pozo».

Antonin Artaud

«Mi enfermedad no destruyó mi escritura: la volvió insoportable. Escribo porque no puedo no escribir, pero cada palabra me cuesta el cuerpo entero. El pensamiento no avanza en línea: estalla, se fragmenta, se desgarra. La literatura deja de ser forma y se convierte en descarga nerviosa».

David Foster Wallace

«La depresión no elimina la capacidad intelectual, pero la inutiliza. Sabes exactamente qué habría que escribir, pero no puedes acceder al gesto que lo hace posible. La escritura se transforma en un recordatorio constante de una facultad perdida. No es bloqueo creativo: es parálisis existencial».

William Styron

«Durante la enfermedad, el lenguaje no desaparece, pero pierde su poder de consuelo. Las frases existen, pero no alivian. Escribir deja de ser una exploración y se convierte en un registro del daño. Uno escribe no para comprender, sino para constatar que aún existe».

Karl Ove Knausgård

«La enfermedad mental altera la escala del mundo, y con ella la escala de la escritura. Lo insignificante se vuelve insoportable; lo importante, inaccesible. Escribir bajo ese estado es un ejercicio de reducción: frases más simples, pensamientos más cortos, como si el lenguaje tuviera que adaptarse a una respiración defectuosa».

Fernando Pessoa

«Mi desasosiego no me impide escribir; me obliga a hacerlo. Pero lo que escribo ya no es expresión, sino sustitución. No escribo lo que siento, sino para no sentirlo directamente. La escritura se convierte en una prótesis del alma».

Emil Cioran

«La enfermedad mental introduce una lucidez que paraliza. Se piensa demasiado y se actúa demasiado poco. En ese estado, escribir es un acto casi obsceno: fijar con palabras una conciencia que querría disolverse. El estilo se vuelve seco porque la vida ya lo está».

Janet Frame

«La enfermedad me enseñó que escribir no siempre es comunicar, sino resistir. No escribía para ser leída, sino para no desaparecer. Cada frase era una prueba de existencia, no una obra».

Thomas Bernhard

«La enfermedad convierte la escritura en repetición obsesiva. Uno vuelve una y otra vez sobre la misma frase, no para perfeccionarla, sino porque no puede abandonarla. El texto avanza por agotamiento, no por convicción».

NOTA BENE: Es suficientemente explícito este tren de citas. Añadir solo que la enfermedad mental no produce necesariamente mala escritura; produce otra relación con el lenguaje. Escribir deja de ser expresión o juego formal y se convierte en una tecnología de supervivencia. La obra ya no busca belleza ni éxito: busca sostener un yo que amenaza con desintegrarse.

Cyril 64

Los antipsicóticos producen un síndrome de toxicidad cerebral: lentitud cognitiva, embotamiento afectivo, pérdida de espontaneidad. El sujeto no está más sano; está menos vivo. La psiquiatría ha confundido la supresión del comportamiento con la curación. El silencio químico no es salud mental. Es una forma de discapacidad inducida. No curan enfermedades mentales; producen estados neurológicos anormales. Llamar “tratamiento” a la inducción química de una parálisis emocional es un abuso del lenguaje. El paciente no mejora: se vuelve menos molesto. El fármaco no restituye la razón; la suspende. El precio de la calma es la amputación de la iniciativa, de la curiosidad, del deseo. Se obtiene obediencia farmacológica a costa de la vitalidad.

Eugen Bleuler, en sustancia: «Una mente apaciguada artificialmente puede parecer más organizada, pero su coherencia es puramente negativa. Se pierde tanto el sufrimiento como la capacidad de elaboración. El paciente no progresa: se detiene. La calma no siempre es signo de curación; a menudo es signo de empobrecimiento».

Con el tiempo (soy gato viejo) te das cuenta que si dejas de protestar te consideran un éxito clínico. Cualquiera que haya tomado neurolépticos sabe que no sufre como antes, pero tampoco siente, o, mejor, que sus sentimientos están como acolchados. Es una forma extraña de inexistencia: vivir sin intensidad, como si alguien hubiese bajado el volumen de la vida. Pierdes el tono de tu personalidad, te vuelves menos flexible, más uniforme.

Estratégicamente no recomiendo expresar estas ideas o similares al psiquiatra. Por instinto de conservación aprendí a callarme. Debido a que yo no me suelo tomar los fármacos, me inyectan mensualmente el Xeplion. Hoy lo hicieron (pesadez, niebla, acatisia, sequedad, mirada fija, cansancio) La sensación es no poco aborrecible. El antipsicótico no solo actúa sobre el delirio, sino sobre la biografía. No elimina una idea: reduce el rango entero de la experiencia. Es una medicina que cura amputando. A veces necesaria, a menudo brutal, siempre ambigua. La pregunta no es solo qué quita al síntoma, sino qué le roba al sujeto.

Lo expreso muy bien mi colega y maestra Sylvia Plath en «La campana de cristal»: «Las pastillas no traían la felicidad prometida, sino una calma espesa, una especie de nieve interior. Ya no lloraba, pero tampoco deseaba. El mundo seguía allí, intacto, pero yo lo observaba desde detrás de un cristal grueso. Era como si me hubieran anestesiado el alma dejando el cuerpo despierto». Los pensamientos no corren, pero tampoco caminan. Tu cerebro está desvaído como una fotografía mal revelada. La locura desaparece junto con la alegría, se pierde la locura a costa de perder la vibración y resonancia con el mundo y la vida.

Los fármacos no te curan, te vuelven compatible. Y ser compatible no es estar bien. La supervivencia no es lo mismo que la plenitud.

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INFORME CLÍNICO

Unidad de Asistencia Domiciliaria

Paciente: C. S. G.

Edad: adulta (no relevante a efectos narrativos)

Fecha: [día de inyección mensual]

Médico responsable: Dr. L. V. (apellido deliberadamente omitido)

Diagnóstico administrativo: Trastorno psicótico crónico (código utilitario)

Tratamiento vigente: Palmitato de paliperidona (Xeplion®, inyectable mensual)

Motivo del informe

Evaluación del estado psíquico del paciente tras administración de neuroléptico de depósito y valoración de su impacto funcional, afectivo y biográfico.

Observación clínica directa

El paciente comparece tranquilo, no disruptivo, cooperador. Mantiene contacto ocular suficiente. Discurso organizado, sin ideación delirante manifiesta durante la entrevista. No protesta. No solicita cambios terapéuticos. A efectos estadísticos, el caso podría clasificarse como estabilizado.

Relato subjetivo del paciente

(transcrito parcialmente por considerarse clínicamente ilustrativo)

Refiere que, tras la administración del fármaco, experimenta lentitud cognitiva, embotamiento afectivo y pérdida de espontaneidad. Describe la vivencia como una reducción global de la intensidad vital, “como si alguien hubiese bajado el volumen de la vida”. Manifiesta que ya no sufre como antes, pero tampoco siente con plenitud; los afectos aparecen acolchados, amortiguados, sin resonancia.

El paciente utiliza una metáfora recurrente: “mi cerebro funciona como una fotografía mal revelada: la imagen está, pero sin contraste”. Reconoce que la desaparición de la sintomatología psicótica se acompaña de la desaparición de la alegría. Acepta la calma, pero la define como calma amputada.

Análisis psicopatológico

Desde el punto de vista estrictamente clínico, el neuroléptico cumple su función: suprime la expresión sintomática. No obstante, el paciente señala —con notable capacidad reflexiva— que el tratamiento no actúa únicamente sobre ideas delirantes, sino sobre el rango entero de la experiencia.

Se observa lo que el propio paciente denomina una “parálisis emocional funcional”:

disminución de la iniciativa

empobrecimiento de la curiosidad

reducción del deseo

uniformización de la personalidad

El sujeto no presenta agitación ni queja; por tanto, encaja sin fricción en el dispositivo asistencial.

Consideraciones históricas (aportación del paciente)

El paciente cita a Eugen Bleuler, recordando que una mente artificialmente apaciguada puede parecer más organizada, pero que dicha coherencia es negativa, obtenida por sustracción. Señala que la calma no siempre equivale a curación, sino a empobrecimiento psíquico.

Impresión clínica

Con el paso del tiempo —refiere el propio paciente— ha aprendido que dejar de protestar equivale a ser considerado un éxito terapéutico. El silencio subjetivo se interpreta como mejoría objetiva. La obediencia farmacológica sustituye al conflicto, y el conflicto sustituido se da por resuelto.

El fármaco no restituye la razón; la suspende. No elimina una idea: estrecha la vida. Produce una forma de inexistencia soportable, clínicamente aceptable, humanamente ambigua.

Valoración ética (no protocolaria)

El antipsicótico no solo trata un trastorno: reescribe una biografía. Cura amputando. A veces necesario. A menudo brutal. Siempre ambiguo. El éxito clínico se paga con pérdida de vitalidad, pero la vitalidad no figura en los baremos oficiales.

Conclusión

Paciente estable, no problemático, funcionalmente compatible con el medio institucional. Persisten, sin embargo, signos de discapacidad subjetiva inducida que no se consideran clínicamente prioritarios por no generar conductas disruptivas.

La pregunta que queda fuera del informe —y quizá por eso es la única relevante— no es qué elimina el tratamiento del síntoma, sino qué le sustrae al sujeto.

Cyril 63

HOSPITAL PSIQUIÁTRICO PROVINCIAL DE PIÑOR (OURENSE)

Servicio de Psiquiatría Clínica y Psicopatología

Informe de exploración psicopatológica

Paciente: C. S. G.

Edad: adulta (cronológica irrelevante; edad psíquica variable)

Fecha: —

Psiquiatra responsable: Dra. Lola Fernández García

(Médico especialista en Psiquiatría, orientación fenomenológico-existencial)

Motivo de ingreso / observación

Ingreso voluntario para evaluación del comportamiento grafómano persistente, asociado a insomnio, rumiación cognitiva, hiperreflexividad y episodios de desrealización cuando no media actividad lectoescritural.

Observación conductual

Paciente de aspecto correcto, pulcro, lenguaje elaborado, con léxico inusualmente preciso para el contexto hospitalario. Mantiene contacto ocular intermitente: se pierde con frecuencia en asociaciones internas que verbaliza sin desorganización formal.

Durante la entrevista refiere con insistencia que “solo existe a ratos”, aclarando de inmediato que esos ratos coinciden exclusivamente con los momentos de lectura y, sobre todo, de escritura. Fuera de ellos se describe como “un sujeto desanclado, espectral, sin peso ontológico”.

El paciente no presenta agitación motora, pero sí urgencia escritural. Refiere que cuando aparece “la onda” —término propio— no escribir equivale a una forma de asfixia psíquica.

Informes del personal de enfermería

Las enfermeras del turno nocturno notifican conductas repetidas de escritura clandestina: el paciente es hallado en el aseo, apoyado sobre la tapa del inodoro, escribiendo con la luz mínima del pasillo o con iluminación indirecta, para no perturbar el descanso del compañero de habitación.

Ante indicaciones de reposo, el paciente simula somnolencia, pero retoma la escritura pocos minutos después. Este patrón se repite con regularidad y no responde a exhortaciones externas, lo que sugiere un componente compulsivo, aunque no egodistónico.

Exploración psicopatológica

Conciencia:

Clara, lúcida. No se objetivan alteraciones cuantitativas.

Orientación:

Correcta en tiempo, espacio y persona solo durante la escritura. Fuera de ella, el propio paciente refiere vivencias de desorientación existencial (“sé dónde estoy, pero no estoy”).

Pensamiento:

Curso lógico, coherente, sin disgregación. Contenido marcadamente metacognitivo y metaliterario. Tendencia a pensar sobre el pensamiento, y más específicamente, a escribir sobre la escritura como forma primaria de auto-regulación.

No se detectan ideas delirantes estructuradas. Sí se observa hiperinterpretación estética de la experiencia vital, vivida como material en bruto para ser transformado en texto.

Afectividad:

Hipotonía afectiva basal, con picos de vivacidad durante la actividad escritural. El paciente refiere que escribir “no me hace feliz, pero me vuelve habitable”. No anhedonia durante la creación; sí fuera de ella.

Juicio de realidad:

Conservado. El paciente distingue claramente entre ficción, metáfora y realidad clínica, aunque reconoce que su identidad se articula preferentemente en el plano textual.

Diagnóstico descriptivo (no categorial)

Grafomanía estructural crónica, no episódica

Desrealización secundaria a interrupción de la actividad simbólica

Hiperreflexividad literaria

Dependencia existencial de la escritura como anclaje espacio-temporal

No se considera una grafomanía banal (productivista o logorreica), sino una grafomanía ontológica: el escribir no responde a la voluntad de comunicar, sino a la necesidad de existir.

Hipótesis etiológicas (formulación dinámica)

La exploración sugiere dos motivos principales para la escritura compulsiva:

Motivo de anclaje ontológico:

El paciente utiliza la escritura como dispositivo de inserción en el mundo de la vida. Sin texto, se vive como una conciencia flotante; con texto, adquiere contorno, cuerpo y temporalidad. Escribir equivale a “estar aquí”.

Motivo de contención psíquica:

La escritura funciona como dique frente a la dispersión mental, la ansiedad basal y la proliferación obsesiva de pensamientos. El acto de escribir ordena, jerarquiza, enfría.

Y dos motivos fundamentales para la lectura, descritos por el propio paciente y corroborados clínicamente:

Lectura como filiación:

Leer es ingresar en una genealogía simbólica que protege contra la intemperie psíquica. El paciente no lee para distraerse, sino para reconocerse.

Lectura como calibración del yo:

La comparación constante con autores mayores genera sentimientos de inferioridad, pero también opera como freno narcisista saludable.

Paradoja clínica relevante

Resulta llamativo para el equipo que, pese a la ausencia casi total de reconocimiento público, el paciente persista en la escritura con intensidad creciente. Lejos de inhibirse, la falta de lectores no reduce la conducta grafómana.

Hipótesis:

La escritura no busca destinatario externo. Es autotélica. El texto cumple la función de testigo: alguien (aunque sea el propio texto) debe dar fe de que el sujeto ha pasado por el mundo.

Vida psíquica escindida funcionalmente

El paciente distingue con notable claridad:

Vida pública: social, conversacional, relativamente adaptada.

Vida privada: cotidiana, frágil, a menudo empobrecida.

Vida secreta: núcleo esencial, intensamente escritural, donde el yo se despliega con mayor verdad.

En esta vida secreta emerge una persona escrita, que no coincide del todo con la biográfica. Se observan influencias claras de la tradición diarística y ensayística, con especial impronta de la escritura fragmentaria, la voz múltiple y el yo como laboratorio.

Consideraciones finales

No se recomienda suprimir la escritura. Cualquier intento de inhibición agravaría la desrealización y el empobrecimiento vital. La grafomanía, en este caso, no es el síntoma principal, sino el tratamiento espontáneo que el propio paciente ha desarrollado.

La escritura no lo cura, pero lo sostiene.

No lo salva, pero lo fija.

No le da éxito, pero le da forma.

Conclusión de la Dra. Fernández García:

“No estamos ante un hombre que escribe demasiado, sino ante un hombre que, si no escribe, desaparece.”