Cyril 34

Me apenan los desprecios y los motes. Me duele la humillación repetida. Me entristecen las burlas, los comentarios de befa, recibidos desde mi joven adolescencia. Pero me enorgullezco de no haberme convertido en alguien cruel, duro, sarcástico, mordaz o vengativo. Me honra (disculpen la vanidad) haberme convertido en alguien incluso bondadoso. No respondí al odio con odio, a la agresión con agresión, a la sevicia con la sevicia.

He sido ridiculizado por mi torpeza, por mi habla pastosa, por mi modo de babear, por mi incapacidad para participar en la vida común. Nunca respondí con odio. No porque no lo sintiera, sino porque comprendí que odiar habría significado aceptar el lenguaje de quienes me herían inhumanamente.

Nunca permitiré que el odio eche raíces en mí.

Cyril 33

He pasado por la vida sin conocer el amor humano en su forma plena. No por desprecio, sino por incapacidad. El amor me parecía una región a la que no tenía acceso. A veces siento que he sido fiel a algo más alto, o bien que permanecí fijado a algo muy bajo, otras que he sido simplemente un hombre incompleto. No amar deja una huella más profunda de lo que se cree. El amor me parecía un privilegio ajeno. He vivido con el sentimiento de que no estaba hecho para la felicidad compartida. No es que no deseara amar; es que siempre llegaba tarde, cansado, muy herido. Hay hombres que nacen para el amor y otros que solo lo observan desde fuera.

Desde joven sufrí psicosis. Por lo que no tuve suelo, ni tiempo, ni calma interior para que brotara. Eso no dice nada malo de mi capacidad de amar. Acaso sí, y fui -soy- un monstruo moral. He tenido simpatías, ternuras vagas, curiosidades del alma, pero no ese abandono total que otros llaman amor. Y hoy, al mirar atrás, no siento orgullo por mi independencia estéril, sino una especie de cansancio triste. Me ahorré sufrimientos, pero me negué esa sublime forma de plenitud que significa vivir acompañado, enamorado. Perdónenme.

Cyril 32

Me quedé traspuesto y soñé. En mi sueño, el lenguaje adquiría una solemnidad intolerable. Cada palabra parecía cargada de siglos, como si fuese pronunciada por la historia misma. Desperté exhausto, no por las imágenes, sino por el peso del significado. Las palabras que oía no eran las del habla común. Cada vocablo tenía una resonancia infinita, como si contuviera todas las acepciones posibles a la vez.

Noto opacas y usadas, grises y sin magia, ya despierto, las palabras del día a día.

Cyril 31

El escritor ridículo escribe para que lo miren. Escritores que se exhiben en vitrinas: hablan de sí mismos, se citan, se celebran, se vigilan.

Photocall de Zenda. No lo olviden. Los escritores que frecuentan recepciones, suplementos culturales y cócteles literarios son, por lo general, individuos que han sustituido el trabajo por la representación. No escriben libros: interpretan el papel de escritor. Todo en ellos es impostura, incluso su desprecio. La literatura es su pretexto; el escaparate, su hábitat natural.

«La celebridad literaria es, a menudo, inversamente proporcional a la densidad intelectual. Vivimos rodeados de autores que hablan más de lo que leen, que se promocionan más de lo que escriben. El ruido social sustituye al silencio creador. El escritor que no soporta desaparecer entre libro y libro suele tener muy poco que decir en ellos», Steiner. Y Ortega y Gasset: «La figura del intelectual convertido en espectáculo es una de las más tristes invenciones de la modernidad. El escritor que busca constantemente el aplauso termina escribiendo para el eco, no para la verdad. La cultura, cuando se vuelve exhibición, deja de ser exigencia y se transforma en ornamento social. El literato que se ofrece como producto acaba pensando como producto».

Se me llamará resentido, pero, honestamente, no puedo reprimir el asco que me producen este género de papagayos.

Cyril 30

La idea de morir me acompaña como una canción de cuna. No porque quiera desaparecer, sino porque quiero que el dolor termine. Morir sería como cerrar un libro demasiado leído, demasiado aburrido.

Solo. Con intensas ganas de buscarme el corazón con el cuchillo de mango de madera. Pedí una señal para vivir: algo como interferencias en la radio. Debido a una alucinación, las oí.

Hoy he sentido de nuevo esa antigua amenaza; no una tristeza concreta, sino una presión difusa, ganas (enérgicas, definitivas) de matarse. Escribir es resistir el vacío. Voy a llamar al 112 o al 024.

NOTA BENE: Fue un pico de descompensanción. Me ajustaron la medicación. Ya me encuentro de fábula.

Cyril 29

El amor entre hermanos tiene una cualidad particular que lo distingue de todos los demás: no aspira a poseer ni a ser exclusivo. Es un amor que habita el tiempo, que se forma en la convivencia silenciosa, en los recuerdos compartidos, en una infancia común que ninguna pasión posterior puede borrar. Cuando amo a mi hermana, amo también la versión de mí mismo que existió a su lado. Nos conocemos en nuestras mezquindades y en nuestras torpezas, y aun así permanecemos. Quizá por eso el amor entre hermanos es el menos espectacular y el más verdadero.

Mi hermana es el único ser ante el cual no necesito justificarme. Me conoce en mis disposiciones más antiguas, en mis manías infantiles, en mis silencios molestos, en mis tics aniñados. No espera de mí grandeza ni éxito; espera simplemente que siga existiendo. Ese tipo de espera, tan humilde y tan constante, es quizá la forma más pura del amor.

Gracias Noemí por atenuar mi angustia, por soportar mi conversación obsesiva, por el cariño sin tasa y sin condiciones. Contigo puedo ser sin máscaras, y no acusas mis rarezas ni mis taras. Y no me infantilizas, me tratas como un adulto, incluso me emociona la admiración que te advierto por mí. No te importan mis logros, fracasos o enfermedad. Gracias Noe por ser un permanente e irrompible refugio de amor.

Cyril 28

Mi padre fue siempre una figura problemática, borrosa, apenas accesible. Me molestaba su energía violenta, pero admiraba su rigor, su nobleza, su frugalidad: un burgués superior, más razonador que bueno, de sentido moral inflexible. No estuvo realmente ahí —sobre todo a partir de mi adolescencia—, pero su ausencia pesaba más que muchas presencias.

Aprendí pronto que de ciertos padres no se hereda una voz, sino un obstáculo; no una enseñanza, sino una dificultad añadida para respirar. El padre puede convertirse —y es la primera vez que lo confieso en público— en un hecho patológico de la biografía: algo que no se supera, sino que se gestiona con mayor o menor lucidez.

Su autoridad no estaba templada por la ternura y su presencia resultaba opresiva. Ruidoso, algo impulsivo, lleno de vida, había en él, sin embargo, algo destructivo, como una fuerza que se desbordaba sin medida. Bastaba su mirada para que mi alegría se volviera cauta. Aprendí muy pronto que el amor filial puede coexistir con una obediencia llena de inquietud. Ni tirano ni refugio.

Era culto, industrioso, valiente. Pero con él se vivía encogido, atento, vigilante. Le tuve miedo durante muchos años. Mi locura lo destrozó. Nunca habló de sentimientos; su ética era seca, sin retórica, sin consuelo. Admirarlo no implicó nunca desear parecerme a él.

Solo cuando se volvió dependiente pude dejar de tenerle miedo. Recuerdo sus manos, ya torpes, buscando apoyo en el brazo de la silla; el silencio, más frágil que antes. Entonces comprendí que la autoridad también envejece, y que incluso el temor, con el tiempo, puede agotarse.

Cyril 27

Alda Merini

«La ternura no es debilidad, aunque así la confundan los violentos. La ternura es una fuerza que no hace ruido. En el manicomio aprendí que los más rotos eran a menudo los más capaces de ternura, porque no tenían ya nada que defender. La ternura nace cuando el yo deja de blindarse. No consuela siempre, pero acompaña, y acompañar es a veces más difícil que amar. Amar puede ser posesivo; la ternura, no».

Albert Camus

«Hay una ternura secreta en los hombres que han conocido el absurdo. No es optimismo ni indulgencia, sino una lealtad silenciosa hacia los vivos. Después de haber visto demasiado, uno ya no juzga con facilidad. La ternura nace entonces como una forma de justicia mínima: no añadir sufrimiento al sufrimiento del mundo».

Cesare Pavese

«La ternura es peligrosa porque exige tiempo. No estalla, no deslumbra, no promete salvación. Quien es tierno acepta la lentitud del otro, su torpeza, su cansancio. Por eso la ternura fatiga: obliga a quedarse, cuando todo invita a huir».

Natalia Ginzburg

«La ternura no tiene nada que ver con el sentimentalismo. Es una forma de respeto silencioso. Se puede vivir sin grandes pasiones, pero no sin esa atención discreta que impide tratar al otro como un objeto o un estorbo. La ternura es, en el fondo, una ética doméstica».

Hannah Arendt

«En tiempos de brutalidad organizada, la ternura parece inútil. Y sin embargo, es una de las pocas experiencias que resisten la banalidad del mal. Allí donde alguien se detiene a considerar al otro como irreemplazable, aunque no pueda salvarlo, ocurre algo que el poder no puede administrar».

Thomas Bernhard

«La ternura es rara porque no sirve para nada. No produce prestigio, no funda sistemas, no mejora la reputación. Por eso aparece a menudo entre los derrotados. Los exitosos no la necesitan. Los que han perdido, sí.»

Cyril 26

El manicomio fue para mí una gran universidad del dolor y de la humanidad. Allí aprendí que la locura no es solo un abismo, sino un lenguaje que nadie quiere o puede o logra traducir. Nos llamaban enfermos, pero los verdaderamente mutilados eran quienes no podían amar o bien causaban sufrimiento. Entre aquellas paredes vi más ternura que en muchas casas respetables. Una extraña ternura tensa y silenciosa. El manicomio no me robó el amor; me la devolvió ensangrentado, pero vivo.

El hospital psiquiátrico también es una escuela de desnudez. No hay heroicidad allí, solo una fatiga elemental (polvo de barro en los pulmones, cristales en el cuello) de existir. Las horas no pasan; se acumulan, pesan y pesan. Pasan negras y pesan negras. En el manicomio comprendes que el dolor espera más que aúlla o grita. Y esa espera, interminable, esa espera del momento del colapso final es quizá la forma más pura de tormento.

La locura. Nada resulta más aterrador que sentir que tu propia mente ha sido declarada territorio ajeno.

Cyril 25

Escribo desde Orense, provincia oscura que ni llama ni seduce. Hay aquí dulzura triste, melancolía sin llanto, paciencia mineral en el retiro y la concentración. Todo tiende a la introspección, al murmullo, a la palabra dicha en voz baja, como si la propia provincia tuviera miedo de oírse demasiado.

¿Escribir? ¿Escritores? El escritor (y yo me incluyo en la tropa) es una criatura que quiere elevarse por encima de los demás sin dejar de ser aceptado por ellos. De ahí su impostura permanente. La literatura está llena de hombres que escriben para parecer profundos, y de lectores que leen para parecer inteligentes. Entre unos y otros se construye una farsa solemne que llaman cultura.

Digámoslo claro, sin mitologías: los escritores se agrupan como ratas en torno a premios, editoriales y suplementos culturales (los escritores somos malas bichas) Se odian cordialmente, se admiran estratégicamente y se destruyen con sonrisas. La literatura es una actividad noble; los escritores, no.

***

«Los escritores son gente que no ha trabajado nunca y que se vengan de ello escribiendo. Hablan de humanidad, de dolor, de verdad, pero no soportan al prójimo ni cinco minutos. La literatura está llena de cobardes que se esconden detrás de las palabras como ratas detrás de los muros. Yo no respeto a un escritor: respeto a un hombre, y raramente coinciden», Céline.

«El escritor quiere ser escuchado sin escuchar a nadie. Acumula frases como otros acumulan dinero. Su avaricia no es material, sino simbólica: quiere poseer la atención de los demás. El éxito literario es la forma más aceptable de dominación», Elias Canetti.

«La mayoría de los escritores escriben para justificarse ante sí mismos. No buscan la verdad, sino una coartada estilística. La literatura se ha llenado de textos bien escritos que no dicen nada, y de autores que confunden el ingenio con la inteligencia», Bergamín.

«La literatura es una actividad peligrosa porque permite a personas sin ideas claras producir textos admirables. El escritor corre siempre el riesgo de ser tomado por profundo cuando solo es oscuro», Valéry.

«El mundo literario es un pequeño mercado donde todos se conocen, se envidian y se vigilan. La mayoría de los escritores no fracasan por falta de talento, sino por exceso de ilusiones. Escriben esperando una recompensa que casi nunca llega, y cuando llega, los degrada», Julio Ramón Ribeyro.

«Muchos escritores adoptan posturas morales que su obra no sostiene. Hablan de compromiso, de riesgo, de verdad, mientras viven protegidos por el prestigio cultural. La literatura puede ser una forma exquisita de mala fe», Susan Sontag.

«Hay escritores que escriben porque tienen algo que decir y otros porque quieren decir algo. Los segundos son la inmensa mayoría. Llenan el mundo de libros como se llenan las calles de ruido: sin necesidad», Schopenhauer.

«El escritor español tiende a tomarse a sí mismo demasiado en serio y a su trabajo demasiado a la ligera. Cree que escribir es una forma de heroicidad cuando, en la mayoría de los casos, es solo una costumbre mal adquirida», Juan Benet.