Todo gran escritor es, antes que nada, un encantador de palabras, un prestidigitador que nos hace creer en la realidad de sus ilusiones. Se detiene en la vibración, entre rosa y amarilla, de la luz en la superficie de una lupa, en la sombra posada en la esquina de un sinfonier. Porque lo real no es una grosería sin jerarquías; precisa de ley melódica. Hay que demorarse en la geometría con que respiran los naranjales, en el cristal con que afilan adjetivos y verbos.
Una buena frase debe tener la tersura de una piel joven. El estilo es una forma de sensualidad que no excluye la inteligencia: un equilibrio delicado entre el placer inmediato y la conciencia de que toda belleza es caduca. Una buena frase arrasa con la vulgaridad del mundo.
La prosa es un oficio duro, casi físico. Hay que trabajarla como se trabaja una materia resistente. El estilo no es una gracia: es una disciplina que acaba por imponer su propia norma. Escribir es corregir, y en esa corrección se va decantando el estilo como un sedimento. Nada está dado de antemano: todo se conquista a base de eliminar lo superfluo, de ajustar el ritmo, de hallar la forma, fruto de innumerables tentativas.
El lenguaje no es un medio, es un universo. Y en ese universo, cada palabra abre una red de asociaciones que el escritor debe explorar hasta el límite. No es algo que pueda aprenderse como una técnica, sino el resultado de una formación exigente. En él se refleja no solo lo que el escritor piensa, sino la manera en que ha aprendido a pensar.
