Tentativas 139

La soledad está saturada de precisión. La conciencia, aislada de la vulgaridad del mundo, adquiere una nitidez lúcida; cada recuerdo se vuelve una miniatura iluminada, cada sensación un objeto perfecto, suspendido fuera del espacio-tiempo. Estar solo no es carecer, sino seleccionar: excluir lo torpe, lo impreciso, lo que no merece ser recordado ni querido.

Vivo apartado —mitad altivez, mitad destino—, y sé que el precio roza la locura. No busco compañía: toda compañía empobrece la música interior de las cosas. A veces pasan semanas sin oír palabra humana. Me lleno de rumores mínimos —un aleteo de pájaros, el viento, la luz— y de otros más inquietantes: los de mis propios fantasmas. Entonces la soledad deja de ser elección y se vuelve materia áspera, dura, inevitable, una presión que deforma.

Me retiro del mundo, no por misantropía, sino por hastío. Solo, en cambio, puedo entregarme a la tiranía —a veces dulce, a veces feroz— de la lectura.

Solitario me deshago: pierdo los bordes, la forma, y la angustia lo invade todo. Pero no hay alternativa. En ese rigor —sin ruido, sin público, sin dispersión— mi mente se sostiene.

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