Lema de mi libro «El falso aristócrata»

tomado de Valle.
«Despreciar a los hombres y no quererse a sí mismo».
Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Lema de mi libro «El falso aristócrata»

tomado de Valle.
«Despreciar a los hombres y no quererse a sí mismo».

Contra la lógica del provecho.
Contra la tecnología borderline.
Contra los alguaciles del Orden.
Contra los saltimbanquis de la industria.
Contra los titiriteros del comercio.
Contra los petroleros y Microsoft.
Contra el tiempo en staccato
o pizzicato del twitt y el surf por la web.
Contra la informalidad de no usar
corbata o no ducharse.
A favor de lo sólido y los signos fuertes:
destino, Dios, placer y alma.
Contra la soledad de un bar sin humo.
Contra la información sin conocimiento.
Contra el conocimiento sin sabiduría.
Contra la mugre de la ignorancia.
Contra el periodismo chismoso y analfabeto.
A favor de la aristocracia del espíritu,
nunca de sangre o cuna.
A favor de la luna tropical.
A favor de la bendita soledad
siempre
a favor de la compulsión del ocio y la imaginación
en los libros de los poetas.
Siempre.

De hoy no pasa. Me sentaré desnudo bajo la higuera, cuarenta días y cuarenta noches. Ayunaré. No dormiré. Despreciaré los deseos y a la carne. Hasta que no me ilumine no me moveré. Quiero oír el rugido del mundo. Saberlo todo. Entenderlo todo.
Oír al fin en mi mente el anuncio de Coca-Cola.

«Un libro es como un espejo: si un asno se mira en él, no puede ver reflejado a un apóstol» Lichtenberg.
«El arte propiamente dicho no es recreo; no puede ser aprendido en ratos libres, ni emprendido cuando no hay nada mejor que hacer. No es una forma de entretener las manos en el escritorio, ni de aliviar el tedio en los tocadores; debe ser comprendido y entendido con toda seriedad, o no inmiscuirse en él en absoluto. Los hombres deben dar sus vidas para impulsarlo, y sus corazones para recibirlo» John Ruskin.
«El enorme mecanicismo de la sociedad moderna se impone a nuestra imaginación, a nuestros nervios, como si su inexorable despliegue nos obligase a entregarle lo que no le daríamos de buen gusto. El peligro no radica en la multiplicación de las máquinas, sino en el número, cada vez más elevado, de personas acostumbradas a no desear, ya desde la infancia, otra cosa que aquello que las máquinas les ofrecen. El peligro -posible- no es que acabéis adorando las máquinas, sino que sigáis ciegamente la colectividad -dictador, empresa, estado o partido- que las posea. No, el peligro no estriba de suyo en las máquinas, ya que solo hay un peligro para el hombre, y es el hombre mismo. El peligro radica en el tipo de hombre que esta civilización trata de formar» Bernanos.

Mi padre; qué burgués superior y ecuánime. Sin pausa aportaba datos y reflexiones que fluían en una corriente bien ordenada -un pensamiento clásico es un pensamiento bien ordenado- Todo con medida, grabando en la memoria del feliz oyente los pormenores o contornos del problema o tema a dilucidar. Y en el ajedrez era de una riqueza monstruosa, bellamente gigantesca (pero de mal perder) Era un Lavater y un Tartufo al mismo tiempo. Se sacrificó con minuciosidad por el bien común, el bien particular, y el bien familiar. Generoso, intuitivo, trabajador compulsivo. Sus áreas de conocimiento eran el Derecho y las Finanzas, pero amó también el Arte, con énfasis sobre todo en la pintura. Un análisis de su destino prueba que vivió como deseó, que vivió al hilo de sus pensamientos sobre la vida. Su espíritu no está ahora en la nada; resta su memoria en el Universo, su software se añadió o sumó a la computadora cósmica. Fue un alma sintética; unió lo cordial y sensual con lo intelectual, el placer con las rumiaciones. Amó mucho (muchísimo) a mamá -como ella a él-, aunque su relación fue tumultuosa, con altibajos perennes. Vaticinó a estos patéticos decorativistas horteras del nacionalismo radical catalán que pululan por mi tierra como monos subidos a los árboles, a estos atolondrados ignaros. Detestó el arte no figurativo, la ausencia de «mímesis», la mente en fugas irracionales. Gustó del lujo y tuvo compasión (fue clemente y ayudó) por los desnutridos. Nos educó con severidad temiendo la influencia nociva de la envolvente «tribu». Más que simpático, sarcástico. Más que católico, teísta. Más que feo, atlético. Más que melancólico, vitalista. Una de los grandes frustraciones de su vida es que yo me saliera de la ruta que preestableció y no estudiara ingeniería. Pero, pese a los disgustos, creo que fui su hijo favorito. Lo quiero y lo quise. Descansa en paz papá.

Una vida sin reflexión ni examen no merece vivirse, pues se envilece tu alma como un gusano reptando a ras de tierra. Si cavilo sobre la experiencia acumulada, al percibir y extractar su figura, su norma significativa, su patrón de respuesta a los variopintos estímulos, si pretendo la tentativa de elucidar qué soy yo respecto al mundo, qué visión orgánica de mí mismo y el universo vive en mí, acude a mí una vivencia previa a la idea, y una emoción que sucede también a la idea: la soledad. A edad desproporcionada nunca tuve ni tengo novia, casi ni amigos, ceno y desayuno solo, transcurren a veces semanas sin que hable con nadie, y solo soy yo si soy solo. Mi único reino concebible y en la única posición que me siento cómodo y al rojo vivo es en los alrededores de mi ermitaña, claustral soledad. La soledad es la única elección en que encuentro verdad y descanso. En su estudio y alcoba siempre veo una posibilidad de más. Mi mente solo se abre si la encierro en mí. Seguramente me he cerrado la elección de muchos campos posibles, seguramente mi estrecho paso guarda un alma pequeña. Pero no sé organizar y clasificar mis datos de otra manera. No me puedo gloriar de otras formas de descripción no solitaria. Coincido y discrepo conmigo, y mis impresiones equívocas se dan en exclusiva ante mí mismo. La bendición y la energía de la soledad es mi patético destino. Una felicidad, en fin, por limitación e incompetencia, pero llena y libre.

Una vida sin reflexión ni examen no merece vivirse, pues se envilece tu alma como un gusano reptando a ras de tierra. Si cavilo sobre la experiencia acumulada, al percibir y extractar su figura, su norma significativa, su patrón de respuesta a los variopintos estímulos, si pretendo la tentativa de elucidar qué soy yo respecto al mundo, qué visión orgánica de mí mismo y el universo vive en mí, acude a mí una vivencia previa a la idea, y una emoción que sucede también a la idea: la soledad. A edad desproporcionada nunca tuve ni tengo novia, casi ni amigos, ceno y desayuno solo, transcurren a veces semanas sin que hable con nadie, y solo soy yo si soy solo. Mi único reino concebible y en la única posición que me siento cómodo y al rojo vivo es en los alrededores de mi ermitaña, claustral soledad. La soledad es la única elección en que encuentro verdad y descanso. En su estudio y alcoba siempre veo una posibilidad de más. Mi mente solo se abre si la encierro en mí. Seguramente me he cerrado la elección de muchos campos posibles, seguramente mi estrecho paso guarda un alma pequeña. Pero no sé organizar y clasificar mis datos de otra manera. No me puedo gloriar de otras formas de descripción no solitaria. Coincido y discrepo conmigo, y mis impresiones equívocas se dan en exclusiva ante mí mismo. La bendición y la energía de la soledad es mi patético destino. Una felicidad, en fin, por limitación e incompetencia, pero a veces llena y a veces libre.

Las viejas piedras de este convento tienen regusto de ti.
Infortunio, soledad, decadencia, oxidada oscuridad.
El alma es una tea donde arden geniecillos pálidos y estrellas remotas.
No veo tus cabellos que acarician tu cintura,
ni tu cara ovalada como un huevo de Pascua,
o tus pechos donde manan hipocrás durante la cena,
o tu pubis que surge, lucha y brota ardiendo.
Soy un benedictino en mi pobre imperio sin helados
y rezo a ese turbión blanco del jardín monárquico de tu piel,
te escribo sueños bárbaros propios de las tribus del Norte
y tu cielo sonrosado enreja, cela mi memoria.
Mi alma es un ruin médico rural
que solo sabe de enfermos y viejos.
Debo aprender a vivir mi soledad sin ti.
A veces gozo con esta trastienda mía de recuerdos y maníaco encierro.
«In solis sis tibi turba locis», Sé tú mismo, sé multitud en soledad.
Gusto de pasear en silencio entre los bosques salubres,
meditando sobre la sabiduría, el amor, Dios y el bien.
Gusto de orar y estudiar doctos legajos,
de traducir en el scriptorium a Ovidio y Plotino.
Pero, ¿no es vil ambición querer alcanzar la tranquilidad
y la gloria con el retiro y el escondite?
Benedictino que se asusta por el vacío de la realidad,
que pone pepitas de oro en la mente de los aldeanos
pero que en cambio su mente es una letrina aceitosa.
Con el aroma de la brea nacen reminiscencias de tu voz,
con el tibio aire estival surgen labios en el árbol de la pasión.
Y el gemido cálido de la aurora empuja tu piel.
Cúmplase mi destino de solitario monje en la pradera.
A tu hogar (terriblemente lejos de mi celda), amada mía,
en un pequeño burgo francés a cientos de kilómetros
es imposible que le alcance la peste negra.
Las conventuales y frías piedras de este monasterio
hospedan las leyes de tus astros y el brumoso salmo de tu luz.

Mi madre, orgullosa de mi educación (colegios privados, clases particulares de dibujo, música e idiomas), es también una crítica literaria sagaz y que corta a degüello. Siempre le leo todo lo que escribo (excepto los diarios) y espero su reacción; hoy me dijo que soy demasiado cerebrotónico, poco cálido, que el genio debe ser fácil de asimilar (aunque él mismo posea una gran originalidad), que el destino de cualquier poeta es llegar a ser recitado anónimamente por el pueblo, y, last but not least, que un escritor es un animal racional literaturizado (mentiroso) pero que yo propendo en exceso a la verdad y la razón. ¿Qué querías mamá? Toda tu vida contendiendo para convertirme en un ser exquisito y singular, siempre empeñada en tu desprecio a las masas («son como bacterias» sueles decir muy duramente) y ahora deseas verme un sosias de la adiposa y vulgarzota Almudena Grandes o un doble del ripioso Mario Benedetti. Yo persisto en mi ser (caviloso, minoritario, antipopular, elitista, magnificente, grave), a imagen y semejanza de como me creaste.

Deseo conversar con el cielo y las inmutables estrellas, y no hilar mi boca con pastosas habladurías o triviales charlatanerías. Si examinamos nuestras palabras o bien la fuente de nuestro incesante monólogo, advertimos un sinfín de palabras ociosas; palabras inspiradas por la codicia, el egocentrismo, el narcisismo más pueril, la sensualidad grosera, la lujuria ilimitada, palabras inspiradas por la maledicencia y el gusto por dañar al semejante (palabras afiladas y agresivas sin caridad ni bondad), palabras inspiradas por la más abrumadora imbecilidad, sustitutas del mero ruido, suplementarias del barullo y el estrépito, dichas sin orden ni concierto y nunca dictadas por la razón, el esclarecimiento o la necesidad. En las redes sociales (ésa fue mi experiencia) abundan las palabras malignas, las egoístas, y las memas o tontas. La mente se llena de una Sodoma de fruslerías, de un Babel de distracciones inanes, y todos farfullan o vomitan sus írritas miserias incapaces de acallar la verborrea seborreica, la expresión del detritus. Yo ahora las usaré muy ocasionalmente. No leeré sus poemas de posesión sentimental donde triunfa la emoción degradada y barata, no participaré en sus dramas de corrala de vecinos donde la única catarsis es experimentar una ineludible vergüenza ajena, me alejaré de sus ritmos coribánticos o ráfagas nerviosas y, duele decirlo, manifiestamente analfabetas. Como conservador creo en la comunidad (aunque las nuevas costumbres son una calamidad), como escritor creo un mandato, una exigencia descolectivizarme, desgregarizarme. Seguiré -para mí mismo- con mi blog, mis poemas, cuentos, ensayos, dándole vueltas a mi novela. Necesito escribir o no me siento vivo (pero pragmáticamente nunca me engañé sobre el fracaso de mi vocación). Pero vuestras redes sociales son una fuente de la irrelevancia y la necedad, el Gran Océano Gris de la Nada. la Gran Sucia Pelambre de Rata; hay excepciones (escasas), pero no son ley. Me equivoqué al seguir a la multitud.