Televisión y basura

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Observo con pesar y tristeza cómo la antigua ansia de respetabilidad ha desaparecido de la televisión y la prensa. Especialmente de la televisión. La omnipresente crónica rosa o negra y el machacón deporte son un sucedáneo elemental y muy rudimentario, escandaloso y morboso, de la información. Unos programas que, no nos engañemos, son importantes porque interesan a casi todo el mundo (la chusma o gentuza en que se convirtió el pueblo) y que ocupan un tiempo -en televisión el tiempo es oro- que podría emplearse en hablar de otra cosa (dilucidación política seria y no espectacularizada, divulgación literaria y humanística o científica, películas artísticas, reportajes o documentales de calidad, debates entre contrincantes inteligentes y cultos y educados) Pero la televisión se ocupa de cosas fútiles e inanes para ocultar cosas valiosas e importantes. Muchísima gente tiene la mente deformada y acanallada debido a la vacuidad de la tele ( es su única fuente de información y entretenimiento) En España abunda la televisión-basura (magazines de crónica negra, chismes rosas, brutalidad futbolística) porque somos un pueblo-basura. A las ovejitas gregarias y analfabetas se las ha dicho «bravo, sois el pueblo, la savia de la nación, los nervios de la monarquía, la noble sal de la  bendita democracia -que es una demogresca o mesocracia vil-; hurra sois el pueblo, la sal de la demagogia, por lo que tenéis derecho a TODO»; pero se les ha silenciado -y ellos con su incontrovertible minoría de edad no lo advierten- se les ha silenciado que ese derecho a TODO se reduce únicamente en derecho a lo PEOR; televisión-basura, sexo-basura, amor-basura, viajes-basura, diversión-basura, parodia de una cultura que no es para nada cultura, o sea, cultura también basura. Al Poder y a los gerifaltes de la televisión no les interesa la ilustración de su audiencia. Ni los valores que sirven para construir una sociedad mejor o políticamente soberana. Solo les interesa una cosa: si el público ve su programa. Esa es su definición o criterio de bueno y su definición o criterio de malo. Si «Sálvame» tiene mucha audiencia, es que sin lugar a dudas, y negarlo es de sandios, es BUENO. Cito a Pío XII «¿Acaso podemos no horrorizarnos ante la posibilidad de que la televisión lleve a nuestros hogares la misma atmósfera emponzoñada de materialismo, salvajismo y hedonismo que envuelve al público en tantos y tantos cines?» Grande el pontífice. Hoy esa atmósfera de degradación reina doquier. Cicerón escribió «Omnia plaeclara rara», toda excelencia es rara; si el orador latino viviera esta época alucinaría con la basura universal anegándolo todo. Ya no es que se distinga la basura de la calidad, es que se toma la basura por genuina calidad. Alfalfa, detritus y sucio légamo radian y emiten los canales de televisión o se lee en las redes sociales. Añoro el fulgor de la sabiduría ante tanto malsín infame. El pueblo es ya descerebrado populacho. Beoda gentuza. Dudo que mienta.

Oración

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Señor de la Tempestad, permíteme (como un cazador osado)

pasar la noche entera en la nieve, y soportar ser abrasado por el sol en las montañas.

Dame estudios, alfolís de luz,  y quítame vastos harapos, y prolonga la vida de mi madre.

Y si consulto el hígado de los pájaros que vea en mi corazón Tu sudor en la cruz.

Señor de la Noche, ordena mis inviernos colmados de viandas calientes,

pon luceros a mi estulta voz, peludos cangrejos de mar en los culottes de las hipócritas,

abre los jardines al bulto de los innumerables perfumes, y que mi soledad al lado de la que amo nunca sea terrible.

Señor de las Estrellas, arranca mis ojos y los regalos banales de este mundo

para convertirme en santo y plenamente espiritual, que pueda despertar del sueño y decir:

«Dios está aquí, y no lo sabía» (las aves carroñeras nunca se pavonearán hirsutas sobre mi tumba)

Señor del Libro y el Fuego, Señor del Aire y el Agua, en tu guarida nocturna deseo letargo y clarividencia.

Y morir.

Como árbol plantado a la vera del arroyo

que nunca se marchita.

Y morir en el fruto dulce de tu paladar.

Variaciones a un poema de Villena

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Democracia pastosa, viscosa: todos los derechos, pero solo los derechos a lo peor. A la cultura-basura, los viajes-basura, la televisión-basura, las diversiones-basura, chafarrinones obtusos de ordinariez y baratura maoísta universal. Bacanales de descerebrados. Fallebas de luna seca mohosa. Huevas de escorpiones, sangre de hormigas. Tenéis derecho a todo bobitos gregarios, siempre y cuando «todo» sea lo más romo, vil, abajado y ruin. España tatuada sin gloria ni prestigio. Hombres tabernarios sin argumento. España tatuada de fútbol y charanga verbenera. España que no busca el mejor intelecto ni la más clásica sensibilidad, único modo de avance. Ciudadanos como espantajo sórdido de gansos gordos y grasientos. Gentuza alimentada con pienso televisivo y palomitas (twitts) mentales. Democracia basura sin pueblo sino con hooligans o con populacho bárbaro duro de mazas y mollera. Jóvenes mujeres borrachas nunca vestidas de ropas curiales o bien gentileza humana. Zara e Ikea en lugar de pastorales brocados y lujosa sedería, gusto general por el fango. Lecturas de best-sellers hodiernos y colas efectistas a la moda en los museos. Burgueses hacendados analfabetos. Rostros mortecinos y dolientes en el metropolitano. Soberbia y orgullo de mercaderes y campesinos en el gélido brío de los tubos de las calles. Políticos zarrapastrosos de huesudo pensamiento vespertino sin alma ni dirección. Pueblo innoble que concibe a sus dioses también innobles. Deja ya la basura, olvida las babas de esta pocilga (la chusma macarra te insulta) Crujir de la osamenta ágrafa y agramatical del mundo. Murmullo de acúfenos dentro de los cerebros bulbosos. Sube a dormir a la sombra de un meteoro. Conduce tu canoa a mares blancos. Sube a la nave en busca de la nieve solitaria fuera del impacto abrumador de tanta cháchara necia, de tanto farfullar ocioso lleno de palabras tontas. Embiste con espumas de estrellas de mar y lame claras y amarillas y enamoradas arenas. Fuera siempre de este hedor a pobreza, ignorancia, radicalidad, berza, plástico y humeante estiércol. Escucha la musculatura hoplita de los héroes individuales, sus himnos helicoidales e historiados. No sigas a la multitud, querido. Sé como una gaviota sin isla o un rey sin su corte cucañista, como un trópico sin tópico o un místico sin credo. La canalla regenta el mundo (tocan briosos la pandereta pues ignoran cómo tocar delicadamente el violín) Vive dentro de tus castillos de invierno junto al mar helado y despoblado. Medita junto a las frías olas con pausada respiración y corazón sereno. Nada queda sino partir. Música de Corelli y almas dormidas de mimbre. Aldeas lluviosas y musgo recubriendo las piedras de la sabia iglesia barroca. Huir a gemas estelares pasto de celestes lunas y diáfanos oros angélicos. Y reposar en la nieve lejos de la incesante mugre de este infierno. Y reposar en tu celda monástica allá en las cumbres. Y reposar en las cámaras secretas tu inteligencia, tu silencio y tu patricia soledad.

¿Poeta o crítico?

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Cuando leo hay en mí un duendecillo que se despereza, aguza su vocecita grave a mi oído, y me susurra seria o murmulla implacable «me gusta/no me gusta», «apruebo/desapruebo». Ese juicio estético implícito difícilmente cambia y es casi imposible refrenarlo. Para mí representa los mayores poderes intelectuales de una intuición (la mía) ayuna de genialidad. Lo dramático es que también el diosecillo musita irrefrenable y sádico cuando escribo; ese crítico teorizante silvestre identifica mi mala escritura y se enfrenta a ella; alumbra los fantasmas de mi limitación, reflecta mis palabras vacías, opaca mis palabras felices; propugna severos cambios, enmiendas, incita a romper y tachar, se detiene y acusa sagazmente a mis poemas de redacción de mero teletipo y mampostería de cutre burdel, nota que mucho abunda la leña seca y la maleza turbia y muy poco los árboles lozanos. Si mi prosa y poesía no es gemela cercana a la virtud, si su galaxia está a años luz de la excelencia, si su elocución, viveza de imaginación, fertilidad retórica, si mi literatura toda es un conspicuo ejemplo deslucido o arcaico de mediocridad embarazosa ¿para qué escribir? La verdad desagradable entonces asoma; no tengo otro plan o designio que convertir los hábitos de mi alma en infectas palabras y frases o versos que no dimanan luz. ¿Por qué sueño en grande si soy un escritor demasiado pequeño para ser tenido en cuenta? Sí, susurra mi geniecillo, eres un escritor de segunda fila, muy menor, chato y vulgar, pero al menos (dice también) mi orgullo intelectual sabe que mi cultura o mi gusto no representa un espantoso regreso de la conciencia, una inversa sombría de alba. Si me esfuerzo puedo lograr una escrupulosa estimación de méritos sin dictaminar o pontificar mortales y prosaicos errores. Toda apreciación intelectual afinada es un logro arduo, no es, en definitiva, rutinario tema baladí. Acaso ese sea mi destino; sustituir al creador por el crítico, al poeta por el comentarista. Acaso deba abandonar la funesta manía de escribir poemas y dedicarme a describir las convenciones literarias originales de otros. Vestir y adornar y dirimir las ideas e inspiraciones ajenas, y descreer al fin de las propias.

Lo pensaré.

Do, re, mi, fa, gol

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Vigorosamente desprecio el fútbol. Bufones y pavos reales en calzoncillos, millonarios horteras analfabetos. Ya puedan las hordas impunemente desindividualizarse, gregarizarse, colectivizarse, muy contentos frente al televisor con una lata de cerveza bebida a morro y suspirar por asesinar al árbitro (con el coronavirus no podrán devastar el estadio y la ciudad que lo alberga)

Creo que es un deporte que entrena a la gente para ser estúpida. El embrutecimiento es la receta o panacea ideal para una sociedad condenada a convertirse en una suma de bacterias, una masa informe de bacterias gritando histéricas a favor de su equipo y en contra de la hinchada opuesta. El fútbol, en fin, adula inteligencias limitadas, ocios burdos tabernarias, inhóspitas y rutinarias y deprimidas vidas.

Comprar, poseer cosas en lugar de ideas, y tardes bulímicas de fútbol. Para que no termine el cencerreo de nuestras mentes (la primera palabra que dice un niño español es «goooool»)

Llo ten go tanto deresho a botar como tu

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El voto puede ser un deber cívico, es un derecho político y debe ser un bien intelectual. Una democracia que solo reparte participación política y no bienes culturales, no exige excelencia intelectual ni dimana una moral generosa, es limitada. Una democracia votada por brutos o hooligans es desgraciada, sumamente perfectible. Unas elecciones libres con un pueblo ignorante de su conveniencia e intereses es pasto de la corrupción y la ineficacia. Un gobierno no sometido a la soberanía popular ilustrada es filfa, alfalfa, decadencia.

¿Por qué no cualificar el voto?¿Por qué no exigir, no que voten los preparados, sino que nos preparemos para votar? El problema se distribuye u oscila entre una mala deliberación en las cabezas de demócratas y gobernantes deliberando con cabezas catetas. Mejor (diría) una epistocracia que una democracia analfabeta. Si las mentes de las mayorías populares son pedregosas morcillas mandriles, grasas negras las cortes por donde las cortes, con esforzados razonamientos que no superan los de un niño de once años, si en estas Pompeyas urbanas solo se oye el tam-tam o el reguetón y nunca Händel, si uno mira por dentro al español medio y solo ve un truculento páramo yermo y dentro de su cráneo un embutido rancio (la molicie de una pelota de salchichón) y no un cerebro discurriendo, si vadear las ideas de los demócratas prototípicos es como cruzar un río de pegamento, si todo nutriente es la papiroflexia esquizoide de la tubería intestinal catódica deyectando sus cacas previsibles (o los invencibles As y Marca, o las revistas del corazón, o las filigranas sintácticas y gramaticales de las redes sociales), si usted percibe que en la obra de sus coetáneos hormiguean ominosos errores y nunca chispean rasgos de inteligencia e invención, si la mayoría casi equivale (y entiéndase la metáfora que sigue) al engrudo de morralla borderline de grafólogos, quiromantes, practicantes del Reiki, chifladuras de la Era de Acuario, portentosas imbecilidades de ovnis y embajadas galácticas, clarividentes de hojas del té, echadores del Tarot, médiums risibles y perturbadas, astrólogos bujarrones, brujas con su bola de colorines, quemaduras con forma de huevo en un campo por parte de una supuesta nave espacial, infames horóscopos, vacunas con nanochips al mandato de Bill Gates, conspiraciones judías de magnates de la prensa o cercanos apocalipsis de los Testigos de Jehová, parques temáticos mormones o ancianos en chándal desplazándose en patinete por las calles, si la verdad, la razón y la ciencia o la lógica están perpetuamente en el exilio, ¿usted pondría en manos de ese «pueblo» el destino de sus hijos?

«Philosophi enim est, id quod dicit, dicere cum ratione«. Que la última palabra quede necesariamente reservada a la razón, y no a un emponzoñado y lerdo salvajismo de hooligans democráticos. Que elijan los más capacitados para así lograr que los electos sean los mejores y también los más capaces, me parece una solución (epistocrática o noocrática) racional. Una democracia fundada en el conocimiento y no en «Sálvame».

Lleno abandono (un deseo)

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Desearía poder unirme a los Solitarios Monjes de la isla de Caldey en vez de ser una pobre criatura que infiere palabras ociosas y escribe mediocres libros.

La palabra trae desarreglos, pasatiempos y frivolidades fútiles. Las palabras te permiten conocer muchas cosas pero desconocerte a ti mismo. Pieles o cueros, como de buey o de oso, gruesas y duras, cubren el alma. Deseo avanzar hacia mi propio terreno, deshojar o evitar mis palabras exteriores, y en soledad conocerme a mí mismo para añadir y no quitar.

La serena certidumbre de la beatitud de la noche, absolutamente solo y silencioso. El jadeante espíritu que se humilla y exalta ante Dios, el alma con una percepción tan limpia que cabalga o escruta infinitos. Porque Dios embriaga la lluvia rosácea que brota del aire rápido, es murmullo de viento insumiso acordado a los acantilados, un ave tranquila con un sonido de aire delicadísimo en sus dorados pulmones, un himno, un elixir que inventa sílabas esenciales, bellezas pastorales, inviernos contiguos al mar.

Imagen sensible de brisas la soledad que busco. Toda la noche la ira de mis palabras inútiles duerme y nacen las contemplaciones iguales a un poderoso Bósforo. Muera la Turbia Forma Superficial así como las vacías estrellas en su caída violenta de plaga neuropática, de lengua paleolítica. Que sobre mis pensamientos ayunen los encantos del hablar mundano (ordinariamente mucho sobra el farfullar de tantos ruidos, objetos y espectros), y se cierna la claridad y el espíritu discierna la conversación del cielo, los halagados estudios del conocimiento, la poblada energía de las flores;  llamadla lleno abandono, azafrán seráfico, diosa soledad.

Monje. En honor de Torrente Ballester.

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A mi juicio esta peste enfatiza y agudizará el ocaso, el crepúsculo y declive de Occidente. Un McWorld con una acelerada desigualdad económica y social (depauperación y proletarización de la clase media, dominio avasallador de las élites plutocráticas), decreciente conciencia y calidad intelectual (infantilización y abrumadora banalización de la cultura, crisis astronómica de la escuela y la Universidad, barbarie mental y orgullo público del sandio por ser eso mismo: ignorante y sandio), y muerte del espíritu (apología del sensacionalismo y la chismografía, abundancia de hombres huecos como si estuvieran solo rellenos de paja, aparición en el escenario social de costumbres inanes y vacías, de puros gestos sin contenido, pérdida de crédito de la ley y lo sólido, enemas emotivos y supersticiosos de una espiritualidad de autoayuda, derrumbe del canon estético, etc..) . Un universal bibelot kitsch en la mente de los hombres donde todo contiene mensajes comerciales y donde se vive una supresión sistemática del silencio y la lentitud. Donde abunda lo estúpido, falso, torpe, lo sin talento, vacío y aburrido y que la gente alienada cree elegante, genuino y brillante (léase programas de telerrealidad o talk shows, música sentimental en la radio, deportes gregarizadores o colectivizadores donde la horda se animaliza en manada gutural, el fraude de novelistas que derrotan el pensamiento y aniquilan la retórica por la simple adrenalina agramatical, los millones de irrelevantes y deslucidos contactos en las redes sociales). No es ya que no se sepa distinguir basura de calidad, es que se toma la misma basura como calidad ¡Qué escasa es la inteligencia en el mundo real! !Qué pobre el espíritu! Con esta cultura y espíritu de broma la identidad personal aparece ya como un cadáver. Telenovelas, concursos, películas, Instagram, Netflix, Smartphone, el alma convertida en rosas palomitas de maíz kitsch e industriales pizzas a domicilio.

O sea, incremento de la pobreza, brutal ignorancia, y kitsch vital. ¿Qué planes tengo entonces? La solución monástica; salvar mi vida y conservar así lo bueno de la civilización y transmitirlo en la medida de lo posible, como hicieron los monjes irlandeses en la Alta Edad Media. ¿Cómo? Resistiéndome al orden corporativo comercial planetario, evitando ser un homo videns y reivindicando la Era Tipográfica frente a la Era Electrónica, diferenciando la realidad de un parque temático, denigrando la manufacturada opinión pública y odiando la vulgarmente hedionda telebasura, no compaginando con la insidiosa y deplorable moda «New Age» y centrando mi sabiduría en los clásicos (buscar inspiración no en las palabras imbéciles irracionales de gurús multimedia sustitutas del mero ruido sino en Platón, Montaigne, Quevedo, Goethe, Wordsworth, Jane Austen, Mann, Huxley, Azorín, Cernuda, Gómez Dávila, Borges, y todos sus pares), saber que Internet es una mera herramienta y nunca un estilo de vida (conocer perspicuamente tanto sus innumerables peligros como sus poderes), buscar desinteresadamente la verdad y desistir del infecto y pedregoso posmodernismo que tanto niega la verdad como el ideal de verdad, cultivar el arte (afinar el gusto y elaborar la sensibilidad), usar el pensamiento crítico y aprender a ponderar y dirimir acercando a mí aquello que los genios han expuesto tan diligentemente, guardar la mente del moderno oasis de distracciones buscando los bienes de Dios que están contenidos en el corazón vacío, meditabundo y solitario (es una obligación no ser perezoso ni necio), escribir para la posteridad, no para la efímera lista de best-sellers, ir a buenos museos de arte y no ver las comerciales Pocahontas o Spiderman (¡cuánto cachivache de mercandaching!) o no visitar símbolos estrafalarios y esperpénticos como Las Vegas, no llevar a mis hijos los fines de semana a Ikea o al Centro Comercial sino llevarlos de acampada o a las bibliotecas. Mis planes para la nueva normalidad son convertirme en un monje laico, en una especie de humanista ilustrado (en mi medida muy humilde y muy limitada)

Y la obra de Torrente Ballester (artículos, ensayos, novelas) pertenece muy felizmente a esa vocación alta e ilustrada, porque es un clásico, es decir, algo que debe perdurar y conservarse en el tiempo, algo que en nuestras celdas monásticas lujosamente estudiamos y gozamos, por su decidido relumbre estético e imaginativo. Torrente Ballester debe leerse en el bachillerato desplazando a memeces como «Manolito Gafotas» o «Harry Potter». G.T.B. evita que los habitantes del planeta nos convirtamos en simios con una semihabla desarticulada, incapaz de analizar un argumento o cohesionar en una secuencia lógica tres ideas. Para sobrevivir como individuos debemos leerle. La escuela no enseña (la nueva y mentecata pedagogía desprecia el conocimiento a favor del desarrollo de espectrales y vaporosas habilidades), la disciplina casi no existe, la autoridad se mira con reticencia, la filosofía, la historia y las lenguas se abandonan, se descuida la escritura y la memoria, ¿debemos creer ineludible una vulgarísima y chata uniformidad humana? Contra esa vulgaridad se enfrenta «La saga fuga de J/B», «Don Juan», «La isla de los jacintos cortados», etcétera. O buscamos un elitismo para todos o la decadencia será vertiginosa. Pero eso es muy difícil; la Edad Oscura avanza incontenible. Como monjes confinemos a G.T.B. en pequeñas islas de arcaica pero férrea conservación.  Los monjes contemporáneos tenemos una suerte de irrestricta religiosidad inveterada; postrarnos ante los genios y la alta cultura. La buena vida constituye una prelación y jerarquización previo análisis minucioso del mundo. Gonzalo Torrente Ballester se yergue contra el colapso de nuestra inteligencia.

Grandes libros

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Admito que la pasión por los grandes libros puede ser pragmáticamente ineficaz, proveerte de una suerte de evangelista adoración carente de buen gusto, que su culto estimula un aplomo autodidacto probablemente de mero aficionado o diletante, ayuno de verdadera competencia, que no es posible leerlos todos detenida y cuidadosamente, que para saber que uno lo es también hay que leer libros corrientes y molientes, que su consideración suprema debe ser un medio y no un fin, que pueden engendrar una espuria intimidad hacia ellos falsa, lacaya respecto a lo verdadero y bello, etcétera.

Pero el hecho mismo de la experiencia con la grandeza compensa, y su beneficio es una familiaridad con los problemas dirimidos en la conversación culta de la civilización. Y lo más noble: nutren en el estudiante o lector la pasión por vivir una vida buena, una vida tapizada y enhebrada en lo sublime y la excelencia. Vivir una vida buena, vivir una vida de altura y calidad intelectual, qué hermosas palabras que desdichadamente suenan a antiguallas en esta Era del Ruido, en este banal Océano Gris de Internet, en esta iletrada Edad de Piedra Tecnológica. Suena también a deliciosamente anticuado o pasado de moda una lista de grandes libros para leer durante toda la vida, pero la mediocridad solo genera mediocridad, leer obras mediocres genera aplanadas mentes mediocres; la educación liberal debe alimentarse con grandes libros o sino decae en cotas de autoparodia y mendacidad intelectual astronómica. Leamos aquello que seguro que permanece en el tiempo, lo mejor que se ha escrito y pensado, aproximemos a nosotros la perfección estética, cognitiva, sapiencial. Todo lectura es contra la muerte, el cambio definitivo, por lo que una acertada selección resulta indispensable.