Adiós a las redes sociales

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Deseo conversar con el cielo y las inmutables estrellas, y no hilar mi boca con pastosas habladurías o triviales charlatanerías. Si examinamos nuestras palabras o bien la fuente de nuestro incesante monólogo, advertimos un sinfín de palabras ociosas; palabras inspiradas por la codicia, el egocentrismo, el narcisismo más pueril, la sensualidad grosera, la lujuria ilimitada, palabras inspiradas por la maledicencia y el gusto por dañar al semejante (palabras afiladas y agresivas sin caridad ni bondad), palabras inspiradas por la más abrumadora imbecilidad, sustitutas del mero ruido, suplementarias del barullo y el estrépito, dichas sin orden ni concierto y nunca dictadas por la razón, el esclarecimiento o la necesidad. En las redes sociales (ésa fue mi experiencia) abundan las palabras malignas, las egoístas, y las memas o tontas. La mente se llena de una Sodoma de fruslerías, de un Babel de distracciones inanes, y todos farfullan o vomitan sus írritas miserias incapaces de acallar la verborrea seborreica, la expresión del detritus. Yo ahora las usaré muy ocasionalmente. No leeré sus poemas de posesión sentimental donde triunfa la emoción degradada y barata, no participaré en sus dramas de corrala de vecinos donde la única catarsis es experimentar una ineludible vergüenza ajena, me alejaré de sus ritmos coribánticos o ráfagas nerviosas y, duele decirlo, manifiestamente analfabetas. Como conservador creo en la comunidad (aunque las nuevas costumbres son una calamidad), como escritor creo un mandato, una exigencia descolectivizarme, desgregarizarme. Seguiré -para mí mismo- con mi blog, mis poemas, cuentos, ensayos, dándole vueltas a mi novela. Necesito escribir o no me siento vivo (pero pragmáticamente nunca me engañé sobre el fracaso de mi vocación). Pero vuestras redes sociales son una fuente de la irrelevancia y la necedad, el Gran Océano Gris de la Nada. la Gran Sucia Pelambre de Rata; hay excepciones (escasas), pero no son ley. Me equivoqué al seguir a la multitud.

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