Ingresar en la cultura indie o hípster requiere un esfuerzo intelectual increíblemente menguado. Yo soy «uncool», pero inteligente de verdad, sin tontas vanidades juveniles ni irreales elitismos o infundados sentimientos de superioridad. Mi patrimonio son mis lecturas, mi apreciación honesta de los placeres difíciles pero también el disfrute consciente y libre de los placeres sencillos y populares. Creo en Dios y en los padres de la Iglesia, no así en las mamarrachadas drogadas del Sónar o el Primavera Sound. Aunque tuve mucho dinero (ahora no) mi distinción viene de cuna y clase social, no de preferencias estéticas supuestamente exquisitas. Mi ciudades son Boston y Roma y Atenas y Jerusalén, o lo fueron, no así la cutre Barcelona o el barrio de Brooklyn o la alocada Berlín o la extranjera Londres, mi música es Bach y no Sonic Youth, mi editorial la antigua BAC o la antigua Gredos y no Blackiebooks, mi ropa sigue siendo elegante y cara y no bohemia propia de un rastrillo a la última, mi modernidad los antimodernos que niegan convenciones y la sucesión vertiginosa de las modas, mis viajes se concentran alrededor de mi aldea gallega, mi prosa es clara y solo culta y no pegajosa y hermética o experimental. Sé lo que soy, conozco mis poderes, no necesito fingimientos ni imposturas. La tribu de los modernos de las grandes ciudades solo merece mi desprecio.
Vivimos sumergidos en mitad de un cacofónico estrépito de ruidos, de una tumultuosa Babel de distracciones o murmullo incesante de imbéciles palabras ociosas. Me gustaría silenciar mi boca, acallar los dedos sobre el teclado, silenciar la terca voluntad (inane y vacía) exhibicionista. A veces tengo la abrumadora sensación de que mis escritos o mi habla son un mero farfullar inconexo y discontinuo, banal y tonto. Me digo a mí mismo que debo desistir de participar en esta Babel de ruidos, en este zumbido o danza de oscuras nubes y densas moscas. Pero pocas veces lo consigo
Todavía no está todo perdido para los que somos de derechas. Existe un conservadurismo natural, una ética y costumbres comunes, que nacen de la conversación espontánea entre nosotros, que surgen de nuestro intercambio de opiniones y sentimientos en el escenario de la convivencia. En ese proceso se formula nuestra querencia y aprecio por la propiedad privada, nuestra ponderación no extremista y lógica del papel o rol de la mujer y el hombre, nuestra pasión por la libertad y la autonomía, nuestros caballerescos y compasivos anhelos de justicia, el profundo sentido de corrección e incorrección ante nuestra conducta, el inmenso respeto al orden, las instituciones y la ley, el amor incondicional a los hijos y el amor reverencial a los padres, el incontenible sentido trascendente o religioso que envuelve a la vida, la idea regular (armónica y simétrica) de belleza, el horror ante el aborto, la admiración a la sabiduría y el desprecio a la necedad, nuestro patriotismo irrefrenable, y, tantas, tantísimas cosas más.
La gente de derechas creemos en ese orden espontáneo, algo así como una emanación de la naturaleza humana metida en el meollo de la polis. El problema y el mal de la izquierda es que no cree en este orden espontáneo sino que pretende diseñar la sociedad a partir de un proyecto previo. Así han deconstruido la escuela, la familia, a la mujer, la patria, y un largo etcétera, así han remozado o pretender dirigir y orientar nuestras conversaciones espontáneas, creando un sentimiento de culpa, una tensión interna, en aquellos que «sienten» ese orden natural pero no son suficientemente fuertes para resistirse a las presiones o el diseño del proyecto izquierdista. Ellos abogan por un supuesto «progreso» y usan los misterios retóricos de las palabras en lugar de la inclinación a los hechos. El problema político del último siglo, y sigo a Chesterton, es que la izquierda no se cansa de hacer sus nefastas reformas y los conservadores, en lugar de conservar la eternidad y la tradición occidental, solo se dedica lastimosamente a «conservar» las reformas de la siniestra. Encima la inmensa mayoría de medios de comunicación, los más importantes organismos internacionales, la mayoría de intelectuales, se suman a la labor de cuña, de acoso y derribo, de nuestros instintos y conservadurismo natural. A veces creo que el siglo xxi es como un joven atolondrado, inculto, inexperto, pueril e inmaduro, con imbéciles pájaros vacuos en la cabeza. Pero otras veces, y espero que con lucidez, abandono mi pesimismo, y sé que la cultura tradicional, los valores clásicos, no son tan fáciles de cambiar pese a tanta ingeniería social. El inveterado realismo de nuestra visión del mundo no se aviene bien con el idealismo de acné juvenil del pensamiento de izquierdas. Ahí radica mi esperanza.
A mi padre le incomodaba sobremanera la dimensión impúdica de mi personalidad. Le replicaba que, aunque pragmáticamente sabía de mi fracaso como escritor, necesitaba manifestarme, publicitar o expresar mi vida privada. En estos tiempos donde todos alimentamos un populismo exhibicionista virtual, admiro su gesto deliciosamente chapado a la antigua. Lo emotivo y lo testimonial se convierten, en las plataformas digitales, en prácticas hegemónicas. Parece como si nuestra escritura confesional, amateur y catártica, quedara súbitamente legitimada. Esta proliferación del ego o ligereza sentimental contradice la ética de las apariencias y el encubrimiento propias de la burguesía donde nací. Las reflexiones y contemplaciones que experimentaba mi señor padre las compartía en un muy reducido círculo privado. Para él el decoro y la intimidad eran valores sagrados. De alguna manera lamento la volatilidad de esos valores, que hoy nos parecen (¿equivocadamente?) desfasados.
Mi conservadurismo se basa en una idea del yo profundo, de la naturaleza humana profunda. La izquierda posmoderna pretende artificiosamente remozar el yo alienándolo de sus inclinaciones naturales, aquellas sedimentadas en lo más verdadero. Una sociedad resuelve sus conflictos con la asunción de nuestros deberes y derechos, y, en el proceso, adquirimos valor nosotros, adquieren valor los otros, y se modelan entonces nuestros apegos. El adanismo de la izquierda posmoderna no resuelve conflictos sino que los crea, exige derechos e, ingratamente, no corresponde con deberes, el valor de los otros o de uno mismo deviene instrumental, no un fin en sí mismo, y los apegos naturales se resquebrajan (veamos por ejemplo el caso de la familia) Con estos mimbres convengo contigo que el colapso es inevitable (y ya se percibe esto en nuestra actual sociedad psiquiatrizada)
Aquello a lo que estamos unidos y vinculados, heredado por la tradición, es lo que desearía que un político articulase e hiciese explícito, justo aquello que se vive de modo implícito en la vida ordinaria. Cada día reflexiono más sobre el legado de mis padres; el matrimonio como un voto de amor y fuente de crianza con su exigencia y renuncias, las necesarias apariencias frente a una sinceridad bestial, ingrata, e impúdica, la discreta tolerancia, el cultivo de uno mismo mediante la búsqueda del intelecto, la sensibilidad y la calidad, el amor a la belleza que expresa una sobrerrealidad divina y la censura al feísmo o las banales bellezas fáciles, el amor a la patria, la querencia a la religión y los absolutos, etc…Leyendo, por ejemplo, a Bukowski, percibimos la vida como la sopa de un pensionado lúgubre, de un color marrón fangoso, con tropezones como resecos cartílagos incomestibles. Esa utopía de dolor e hiel es la insoportable y demenciada promesa o ilusión izquierdista. Un manicomio de alcohólicos y drogadictos. Frente a ello el verum, bonum y pulchrum, porque el pasado es un recuerdo de lo noble y eficaz, un recordatorio incontestable de la naturaleza humana.
Rechazo a los que rechazan las interpretaciones jerárquicas y moralistas de las vivencias hedonistas. La sensibilidad ante el placer de la telebasura o de una hamburguesa de McDonald´s es cualitativamente distinta a un párrafo de Platón o unas angulas con merluza. La distinción siempre consistió en evitar los placeres groseros. Un placer sin sofisticación siempre es un placer menor, incluso un displacer. Los placeres tópicos son una forma insidiosa de desidia. La vía regia consiste en envolverlo todo con una especie de lujo mental: la gastronomía, el erotismo, la literatura, el ocio, la amistad, el amor, el arte, la creación, tu propio destino.
Juegos, bailes, fiestas, orgías, placeres, curiosidad de la carne y energía del desenfreno, estaban en las sociedades tradicionales regulados y circunscritos a ritos de paso y fechas determinadas. La sociedad de consumo capitalista los puso en un incesante movimiento perpetuo, sirviendo de paliativo a las frustraciones y actuando como un sucedáneo a la dificultad o exigencia de la vida. Recuerdo los «habitus» de mi clase burguesa culta y propietaria; constreñía tales placeres bulímicos, los criticaba si eran frecuentes en lugar de ocasionales, los valoraba solo como contrapeso y excepción. Incluso los valores espirituales del arte y la cultura debían vivir en un justo medio entre extremos. De ahí que mi padre dijera con su bonhomía irónica que la cultura es el complemento de una buena vida o el suplemento de una mala, como el queso era el complemento de una buena comida o el suplemento de una mala. Y de ahí también que censurara el hedonismo irrestricto y avasallador que empezó a percibir a partir de los años 80 del pasado siglo. Hombre sabio.
Estuve escuchando los 40 principales. Melodías rústicas resueltas en un fraseo rutinario y adaptable a cualquier contexto, letras de sentimentalidad kitch sonrojante y bochornosa, música que no permite sino evita el conocimiento moral y el incremento emocional, música rítmica coribántica de flujo y reflujo caótico y sin dirección. Una estética que en lugar de elaboradas líneas de imaginación se conforma con previsibles y bobos o estériles tópicos de la fantasía, un ruido repetitivo cuyas monótonas texturas armónicas y rítmicas simpatizan con lo que ahora parece ser el murmullo agramatical de la especie y acallan los susurros de la elevación y la nobleza. La música educa si se hila a la trascendencia y la majestuosidad, a cierta pertenencia comunitaria en lo más selecto y filtrado como excelente por la tradición. El reguetón y el pop son los símbolos de una civilización nutrida en el vientre de alquiler de la desmemoria y lo fácil, de lo instantáneo sin poso ni pasado.