Literatura sin herencia

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La literatura siempre se montó con una apoyatura en la tradición. Era una techné u oficio artesano que tenía en la mente los ejemplos admirables de la tradición. Dante tuvo en cuenta a Virgilio, y Virgilio a Homero. Las densidades de referencias de Thomas Mann son típicas de un modo de hacer clásico. Estos días estuve leyendo mucha literatura contemporánea y observé cariacontecido que, unido a un desparpajo informal, se ocultan -ya que no existen- los modelos e inspiraciones del pasado. Y este es el mayor pecado de un escritor; poner un muro con el pasado. Muchas novelas leídas eran a mi juicio meros ejercicios de redacción llenos de ocurrencias, superficiales e inanes. Si la literatura no está trabada con las obras de la historia de la literatura más eminentes, entonces la literatura no sale de la taberna o de la mancebía. El talento no flota en la nada, o en los libros de tres o cuatro contemporáneos de moda, sino que exige conocimientos, una gran voluntad, una poderosa visión individualista sobre el mundo y la vida, y el tenaz acopio de una tradición. El resto es periodismo o novelería de pasar el rato y entretenimiento equivalente a las redes sociales o la televisión. Falta lustre y sobran diletantes.

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