La tradición

La tradición clásica arguye que las piedras de toque de la civilización, la conformidad de la mente y el sentimiento con los más altos y exquisitos valores morales e intelectuales, eran pasajes de Platón, Cicerón, Shakespeare, Cervantes, Fray Luis, Garcilaso, Montaigne, Racine, Milton, etc.. Ese era un refugio y un diapasón interior que modelaba nuestras visiones, que educaba nuestras maneras. Aunque suene extemporáneo eran los educadores de la humanidad. Ahí dilucidamos nuestros misterios , ahí se volvían afines -como una hermandad- las necesidades del sentimiento. Pero entre esos autores clásicos y nosotros hoy mismo cambió el mundo. Ahora se despliega planetariamente una iconosfera -era de la imagen-, se despliega universalmente una sonosfera -esfera sonora que nos envuelve recurrentemente-, se despliega internacionalmente una websfera -una era del lenguaje científico del número y el bit, una cortina electrónica que organiza nuestra conducta e información- Estas esferas o dimensiones penetran insensiblemente nuestra conciencia y formación. Hay un clima interior del alma educado en las universales superficies acústicas, visuales y computables. Hay un martilleo compulsivo de esas esferas que provoca un cambio en el estilo cognitivo, que propende al fragmento, la falta de profundidad, el mariposeo discontinuo en la concentración, creando en los hombres del siglo xxi dentro de sí como matrices opacas -patterns- a la recepción de la voz clásica y milenaria. Una baraúnda de vibraciones estridentes es el sentimiento de la vida del hombre contemporáneo. Se anatemiza y pulveriza el lenguaje delicado, se infama la lentitud y el silencio, la retórica está en un absoluto descrédito, se retira la palabra subordinada al sonido -sonosfera-, a la imagen -iconosfera- y a la velocidad de la luz -websfera-. Si alguna ley estética rige el arte y el habla es la de la degradación de la sublimidad. Todo debe ser chato, romo y evidente. Nadie parece querer recoger la herencia y la dinámica de la alta cultura. Desaparece la sensibilidad ante el mundo natural (nubes cárdenas, árboles grisáceos, lunas altas y anhelantes) por una especie de sensibilidad mecánica, por una suerte de sensibilidad metalizada. Sin Religión, sin Naturaleza, sin Memoria, sin Absolutos, y a ello sumado el mundial orbe icónico, sónico, y tecnológico, el hombre se desfragmenta, se convierte en un grano minúsculo dentro de un cuadro puntillista. La cultura -sus grandes nombres- están en trance de desaparecer, sino han desaparecido ya.

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