Diario de un esquizofrénico V

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«El pueblo había quedado reducido a menos de medio acre. Era como una diminuta reserva para indígenas. Desde las mugrientas ventanas los cretinos miraban babeantes los parterres de hierbajos. Los gallos cacareaban todo el día; las niñas, vestidas con batas de otra época, mascaban manzanas a medio comer, amarillentas de óxido; todos los chicos parecían tener fisura palatina. Pero aun así aquello me parecía más sano que el suburbio que lo rodeaba. ¿Quién podría cantar el esplendor de esas casas apareadas con medio jardín, las paredes ciegas empedradas con guijarros, verjas diminutas que se podían franquear de una zancada, las cursis figuritas en los jardines de miniatura? El viento penetraba a cuchillo por los intersticios entre las casas, el viento de la vieja colina sepultada en asfalto, que flagelaba como el extremo de una toalla mojada, y que revolvía un caldo gris por encima de los rojos tejados, un caldo en el que remolineaba el alfabeto de pasta de sopa de las antenas de televisión: X, Y, H, T.» Anthony Burguess

En el año 378 el historiador romano Amiano Marcelino, en su Res Gestarum Libri XXXI, deja constancia del deterioro de la vida cultural romana: “los pocos hogares que antes eran respetados por el cultivo serio de los estudios, ahora se dejan llevar por los deleites de una pereza que los enerva, resonando con canciones y con el sonido de instrumentos de viento y de las liras. Y así, en lugar de un filósofo se reclama a un cantante, y en lugar de a un orador a un experto en artes lúdicas. Y mientras que las bibliotecas, a manera de sepulcros, permanecen siempre cerradas, se fabrican órganos hidráulicos y enormes liras que parecen carrozas, y flautas e instrumentos nada ligeros para las imitaciones de los histriones”

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Si, a veces, llegué a pensar que, dado que el cerebro es una parte del universo, cuando con el cerebro se piensa en el universo, entonces el cerebro se convierte en el lugar geométrico en que el universo se piensa a sí mismo, así, también he llegado a pensar, que el cerebro del esquizofrénico es el lugar geométrico en que la decadencia del mundo se piensa a sí misma.

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En La llamada “república de las letras” o republica litteraria, una nación que existía gracias a la palabra escrita, los eruditos se intercambiaban letras o cartas postales. La Biblioteca de la Universidad de Hamburgo conserva actualmente un archivo de misivas escritas hasta 1735 que cuenta con más de 35000 cartas de unos 6700 autores.

La Republica Esquizophrenium es como los ramales muertos en la historia de la evolución. Una historia de taciturnos perdedores, de príncipes sin majestad, una prosopopeya del funcionamiento mecánicamente burdo del cerebro, una serie de relatos de rubor y timidez y humillación y estigma, de fantasías fútiles sin el refrendo o aplauso del Arte; somos como un desvío en que las pasiones del corazón solo prodigan perturbaciones, pesadumbre, y actos o palabras inadecuadas o inconvenientes. De miles de cartas con tachaduras y ralladuras y manchas de tinta, y errores garrafales de sintaxis, gramática, lógica y retórica.

Tecnopaletos en medio de este Océano Brillante de Internet. Astrólogos dementes encapuchados vestidos con ropas gastadas y estrafalarias entre modelos de tapa e ingenieros, entre ejecutivos VISA oro con traje de Armani y celebridades influencer con dentadura inmaculada e intachable. Somos Ocaso, Error. El Ocaso, Error 404. Nómadas de la felicidad. Pajarillos con el ala rota. Renglones Torcidos de Dios.

Nos reunimos en la universitas societas magistrorum discipulorumque con las manos temblorosas, la boca salivosa y pastosa, la herejía asomando en el brillo apagado de los ojos, la negligencia en la higiene, el insomnio masivo, las variaciones inopinadas de humor, la obscurísima ansiedad, el discurso extraño o hermético o confuso, las alucinaciones y los delirios siempre demasiado invalidantes. Hemos entrecruzado el sistema de agujas y descarrilado completamente. Ya digo, ejemplos soberbios y paradigmáticos de la Corrupción y Decadencia del Imperio.

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El duque Carlos Augusto, agradeciendo los servicios de Goethe, le envía un precioso pergamino, lujoso, hermoso y caro, atado con seda roja y sellado con el águila bicéfala.

Nosotros nos conformamos con una vida solitaria y de menudas satisfacciones. Macramé en el Centro de Día. Burlas por babear al pasear encorvados en la calle. Los 400 euros (si llegan) por parte del Estado.

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