
Leo muchas prosas donde acecha lo imperfecto, lo feo en su naturaleza, lo vacilante e indeciso, el vicio de la perversión en la construcción, la diabólica herencia de lo incapaz, aquello donde se enseñorea lo malo, el escribir como un dios cojo, LA ANULACIÓN DE LA LIBERTAD (“La conciencia del desarrollo libre y armonioso embellece; la NO LIBERTAD, es decir, la imposibilidad de no determinarse de un modo infinito, afea. Esta influencia de la libertad trasciende al cuerpo: así las razas aristocráticas son más bellas, porque están más emancipadas de las necesidades de la vida, y pueden emplear su actividad en el juego, en el amor, en la poesía”, Rosenkranz, Ästhetik des Hässlichen, p. 84) Lo feo es, por sintetizar, algo así como la negación de las FORMAS SENSIBLES.
Novelas que leo caen de lleno en la deformidad, incorrección, desfiguración, amorfía, asimetría, desarmonía. Pertenecen al infierno donde reina la hechicería torcida estética. Son incompletas, culminantemente repulsivas. La fealdad impulsa el motor que niega la creatividad. Lo afeminado se presenta como tierno y dulce, lo endeble como delicado, lo monstruoso como fuerte, lo chillón como vivo, lo falso como verdadero, etc…El artista adquiere pureza de la expresión al superar lo feo.
Parece que estos tiempos pidan una reivindicación exclusivista y absoluta de la anti-belleza. Entramos en el TUMEFACTO SIGLO SOBERBIO DE LO MENDAZ.
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El Duque de Saint-Simon dijo de su manera de escribir: “Diré, en fin, unas palabras del estilo, de su negligencia, de las repeticiones demasiado próximas, de los sinónimos a veces demasiado multiplicados, sobre todo de la oscuridad que se deriva a veces de la longitud de las frases. Me he dado cuenta de estos defectos: no he podido evitarlos, siempre arrastrado por la materia y menos atento a la forma de tratarla que a la de explicarla. Nunca fui un académico y no he podido corregirme de escribir rápidamente”.
Pla creía que el escritor siempre ha de saber lo que no tiene que escribir, pero escribir con amenidad y un interés mínimo.
Saint-Simon y Pla fueron suculentos narradores de cosas y personas.
Sobre los rosiclareados, confitados y empachados por el dinero novelistas actuales, viene a huevo esta lúcida convicción de Bolaño:
“Ahora es la época del escritor funcionario, el escritor matón, el escritor que va al gimnasio, el escritor que cura sus males en Houston o en la Clínica Mayo de Nueva York. La mejor lección de literatura que dio Vargas Llosa fue salir a hacer jogging con las primeras luces del alba. La mejor lección de García Márquez fue recibir al papa de Roma en la Habana, calzado con botines de charol, no el papa, que supongo que iría con sandalias.
Los escritores actuales son rubios y morenos hijos del pueblo de Madrid, son gente de clase media baja que espera terminar sus días en la clase media alta. No rechazan la respetabilidad. La buscan desesperadamente. Para llegar a ella tienen que transpirar mucho. La lucha por la respetabilidad es agotadora. Y de alguna forma es conmovedor buscar un sitio, aunque sea a codazos, en los pastizales de la respetabilidad”.
Yo aspiro a escribir con decencia y sin fealdad, no a ser respetable, a buscar un lugar bajo el sol. Desprecio a los cucañistas oficiales y a los mamporreros oficiosos y deferentes. Siempre lo asimilé con formas de la mediocridad y la abyección, de la denigración y lo vomitivo.
