Diario sin vida 26

Llené la vida con prosa de encaprichados rizos, alambicados fuegos con más humo que luz, experimenté el cosquilleo de las palabras, premeditando con ciertas respuestas «woofings». Pero no convertí la pedantería de mis líneas en sagacidad, en robusto arte. Nadie me considera escritor y vilmente me ningunean. Recuerda mi maestro Nabokov: “Los conformistas sospechan que hablar de “inspiración” es tan insípido y anticuado como defender la Torre de Marfil. Sin embargo, la inspiración existe, al igual que las torres mágicas y los colmillos afilados”. Mi literatura, aunque crean que deliro, casi quema en los labios.

Me despido de ustedes. Solo deseo estudiar, leer, y, algún fin de semana lluvioso, ocioso, esbozar un elegíaco poema y unas prosas de ocasión. Al pie de mi mente, el movimiento de un caballo negro de ajedrez, perfumado y dibujado con tinta china. Al pie de mi mente levanto, golpe a golpe, el velo del misterio.

Mi salud es pésima. La vida se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz, un efímero relámpago, entre dos eternidades de tinieblas. Recuérdenme como un escritor judeoespañol, algo digno, un escritor raro y menor, pero escritor. Un escritor «djenty» al que no hicieron caso y despreciaron. No soy una boñiga.

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El bulevar Gogol es uno de los más concurridos de Moscú y en él se sitúan los clubs de fotógrafos y ajedrecistas. A unos 800 m está la plaza Arbat, con músicos callejeros, y vendedores de gatos, perros y setas.

Te hecho de menos mamá, muchísimo, mi leopardo de las nieves, mi «Panthera tigris altaia», mi sirgadora del Volga. Me arropa el paisaje con la ceniza de tus risas. Eres grosella negra dentro de mí. Paseo contigo por el bulevar Gogol en esta vida y en cualquiera imaginable. Tirita preciosa sobre mi epidermis.

Machado: «Y volver a sentir en nuestra mano / aquel latido de la mano buena / de nuestra madre… Y caminar en sueños / por amor de la mano que nos lleva.”

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