
Escribe Manuel Rodríguez en el Facebook:
«Durante toda mi vida me he sentido solo en el mundo y la vida. No porque no me quieran y me hayan querido con generosidad y bondad, que lo hacen y lo han hecho, sino porque yo me observo fuera de la cotidianidad que me rodea, de los estímulos y referentes que mueven la sociedad donde me incardino: mi tiempo y mi espacio.
Digamos que, cuando observo costumbres y principios, dimes y diretes, inicios y finales, experimento la rareza de un alienígena recién aterrizado en el planeta Tierra.
Y, como siempre digo (para que mi soledad no se confunda con inadaptación o frustración), he sido y soy una persona con facilidad para el trato social y para el desempeño existencial. Se me da bien la gente, vamos.
Simplemente, me siento solo en este rincón del Universo. Probablemente, de este sentimiento nace mi pasión literaria».
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Yo le comenté a Manuel: «Fui siempre un solitario voraz, yihadista, desmedido. Probablemente la soledad devora la felicidad y la dulzura, casi seguro que sí, pero me rechazaron violentamente mis semejantes y no quise mendigar amor. Ahora solo pido una vida defendida de infortunios, con mis libros, y, alrededor, la energía o bendición del silencio».
Muchos nos vemos ajenos al mundo que nos rodea. A diferencia de Manuel, yo padecí acusado ostracismo, me desempeño mal entre las gentes, y casi nadie me quiso. La angustia fue mi hermana; soy hijo de la locura y la melancolía. Me cansa la vida, la noche escupiendo agujas. Me cansa esta sociedad grotesca, verrionda y zurumbática. Una oscuridad perfectamente limpia, pero terrorífica, cierra mi garganta. Dudo que un ser humano sea capaz de soportar la cantidad de soledad y aislamiento que yo soporté.
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Ceno solitario unos raviolis anodinos. Un día más. Sueño con mis huesos ya una vez en la tumba. No tengo ganas de leer. Me importa una mierda el mar color de vino de los antiguos helenos. A los que contemplaron el mundo que pasaba desde la incomparable nobleza de sus gorgueras. No me apetecen ni cerveza ni un barrilito de ostras en escabeche. Desprecio a la joven duquesa con su pelerina sobre los hombros. Y me atormenta la terrible erosión que el Tiempo ha ejercido sobre mí.
Solo sé vomitar palabras corruptas, atristadas, pendencieras y patéticas. Me asquea la música o esos sorbos al café cada mañana. Quemaría todos los crucifijos de marfil, de oro, de plata, de madera, de ínfimo aglomerado. Las gentes se han descastado, hervirá el sol, se romperá la tierra, la cultura no importa, no hay nadie con quien poder hablar; la degradación ya está completa. Se fragua una neolengua o argot incivil, casi inentendible. La pesca de trasmallo en peligro de desaparición. La pobreza galopando. El lustre y refino político ridículamente sanchopancesco. Solo hay zombis.
