Tentativas 157

Todo empieza con el chasquido del encendedor y sigue con la primera aspiración, que no es todavía placer, sino un pequeño ajuste, la primera caricia a la amada: el cuerpo reconoce la temperatura, el sabor, la leve aspereza. El humo entra como una idea que aún no ha encontrado su forma; se expande, se demora en los pulmones y la garganta, y luego sale en una figura helicoidal que no puede fijarse, una escritura aérea que se disuelve antes de ser descifrada.

Fumar es repetir esa secuencia, donde cada repetición tiene una variación imperceptible, como si el gesto quisiera alcanzar una perfección que nunca se logra. Mientras tanto, la mente se desliza —no gracias estrictamente al tabaco, sino al ritmo que el tabaco impone— hacia asociaciones oblicuas, hacia detalles que de otro modo permanecerían invisibles.

El tiempo, cuando no pasa nada, es una materia incómoda; el cigarrillo le da una forma, lo divide en intervalos breves, manejables. En una terraza, el humo asciende sin prisa, y uno lo sigue con la mirada como si fuera un argumento que no acaba de formularse. No es necesario pensar mucho: basta con estar ahí, viendo cómo el cigarrillo se consume lentamente, como si se tratara de una tarea.

Se fuma como se mira el polvo en el aire, como se oye el silencio: para no estar completamente solo. Fumar ha estado ligado durante mucho tiempo a una cierta idea de vida intelectual: el café, el libro, el humo. Con una calada por fin encontrabas el adjetivo, la sintaxis a la frase, la metáfora feliz. Hoy sabemos que esa imagen tenía algo de ilusión, incluso de autoengaño. Pero no por ello deja de revelar una verdad: el pensamiento necesita pausas, interrupciones. El problema no es el tabaco, sino creer que sin él no hay pensamiento.

Conste que en mi vida nunca fumé un cigarrillo.

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