Tentativas 129

Intento que mi vida esté defendida de contrariedades e infortunios. La mediocridad que nos rodea es atroz, espinosa, pegajosa y embarazosa. La vía regia para evitarla son los buenos libros.

A veces uno tiene la sensación de que no está leyendo un libro, sino de que el libro lo está leyendo a uno. Que lo va desnudando con una lentitud casi cruel, como si supiera cosas que nosotros mismos ignorábamos. Y entonces la lectura deja de ser un acto voluntario para convertirse en una forma de destino, algo que no hemos elegido del todo. De vez en cuando aparece un libro que no nos ofrece una salida, sino un espejo: uno en el que la imagen devuelta es más nítida, más fría, más inexorable de lo que querríamos aceptar. Ésos son los libros que permanecen.

Cada libro es, en cierto sentido, una botella lanzada al mar del tiempo. La mayoría no encuentra nunca lector; pero cuando uno de ellos llega a manos de alguien capaz de recibirlo, se produce un encuentro que trasciende generaciones. En ese instante, el pasado habla con una voz que no es pasado, sino presente absoluto. Un gran libro levanta la vida, la intensifica, la vuelve más nítida. Nos recuerda que estamos vivos de una manera que ninguna otra cosa logra. Y sin embargo, esa intensificación no es cómoda: es exigente, incluso dolorosa, porque nos hace conscientes de todo lo que no estamos siendo.

La literatura es una defensa contra la vulgaridad del mundo. Cuanto más lees, menos probable es que aceptes lo dado sin cuestionarlo. Un libro no cambia la realidad, pero cambia al lector; y un lector cambiado ya no puede vivir en la misma realidad de antes. Un libro verdadero no se deja agotar en una lectura. Siempre queda algo que se resiste, algo que escapa, como si el texto tuviera una vida propia. Y es esa resistencia —no su claridad— lo que nos obliga a volver a él.

No me importa ya la realidad, solo mi biblioteca. Un volumen como la edición de «The Private Library» de Arthur Conan Doyle —en sus tiradas cuidadas por la Folio Society— se reconoce al tacto antes que a la vista: piel sobria, papel de grano vivo, tipografía que respira. No se hojea: se sostiene. Y en ese gesto mínimo se advierte ya que no es un libro para pasar páginas, sino para demorarse en ellas.

Y en esa demora —más que en cualquier entusiasmo— empieza, quizá, la única forma seria de vida que aún nos queda.

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