Debo confesarlo con desagrado: me gustaría ser escuchado, ser alguien un poco influyente. Una forma sin disimulo de la vanidad. En el pueblo (ya han dictado sentencia) me consideran un loco semi-mongólico, sin una brizna de inteligencia o cultura. Me duele que se tenga esa imagen de mí.
Hasta los filósofos se jactan de tener admiradores. Y los que escriben contra la gloria quieren tener la gloria de haber escrito bien. Me siento una pieza intercambiable e infinitesimal, la sombra de una sombra. La indiferencia es peor que el desprecio.
Yo deseo estimación, ese sucedáneo del aprecio. Quiero que se me tenga por importante, aunque yo sepa que no lo soy. Necesito el público para ser valorado. Depender de la mirada ajena se acerca a un sentimiento inmaduro. Siento una inmensa vergüenza al decirlo.
