-Se le ve de buen bumor
-No me confunda con mi personaje literario circunspecto. Mi talante tiende a la bonhomía, a la broma y a la ironía, características que afloran especialmente cuando hablo en catalán. Mi cabeza se ve impulsada por cosquillas, risitas y parloteos «sorneguers». Hoy mismo, en la tertulia, peroraba sobre las habilidades amatorias de distintos escritores en función de los rasgos de su literatura. Decía Thackeray que el buen humor es uno de los mejores prendas de vestir que uno puede llevar en sociedad. Siempre es más fácil hacer reír que tener razón.
-Eso de que usted es espía, ¿es un embuste, no?
-Por supuesto. No van a anular los servicios de inteligencia una delicada operación geoestratégica porque a mí justo en ese momento me da un ataque de ansiedad u oigo voces. Esas ficciones literarias no son mentiras inútiles: son mentiras que me permiten vivir. Gracias a ellas puedo soportar la realidad, mi poquedad. Mentiras coherentes. Esa coherencia es falsa, pero necesaria. La Laura de Petrarca es una fabricación literaria, incluso indiscriminada. Puede basarse en una mujer o puede basarse en varias. Laura no es idealización de una sola mujer; en cierto sentido es la creación de un personaje al que van a parar todas las concepciones petrarquescas de la mujer. No creo que existiera, no responde a ninguna persona concreta. Puede ser una idealización de todas las mujeres posibles. No hay una Laura. Beatriz también responde a una idealización, pero tiene un fundamento en una mujer real. Mi Laura es el C.N.I. y el Mossad. Mentir bien: he aquí el secreto del arte.
-Su enfermedad, desgraciadamente, en cambio sí es muy real.
-Sí, claro. Pero permítame que distinga entre mi experiencia y la noción clínica de «locura». Me interpreto más como un herido o un dañado que como un vesánico. La soledad, la enfermedad, devoran la ternura, impiden la amistad, te recluyen en un zulo. Hay experiencias —de depresión, de miedo, de una especie de vacío interior— que no se pueden abordar directamente en la conversación ordinaria. La literatura permite organizar ese material, darle un ritmo, una estructura que no elimina el dolor, pero lo hace inteligible. No se trata de confesar sin más, sino de transformar: de convertir algo informe en un objeto que pueda ser contemplado. Escribo porque no sé hacer otra cosa con lo que me ocurre. La poesía, la reflexión, la elaboración lingüística, son formas de domesticar lo salvaje: de tomar algo que es caótico, incluso peligroso, y convertirlo en lenguaje casi terapéutico. Pero eso no significa que las letras curen. El libro ordena, ilumina, da una ilusión de control. La vida sigue siendo difícil. Lo único que cambia es que ahora tiene una forma, lo que no es poco ni baladí.
-Podría decirnos de dónde viene su omnímoda pasión lectora.
-Omnímoda y omnívora. Siempre leí mucho. A partir de los once años y hasta los cuarenta y cinco, leí a lo bestia. La lectura es una forma de la felicidad; es una de las pocas felicidades que no exige justificación. Gracias a la lectura de libros mi mirada es más fina, más crítica, más libre de prejuicios. Nos prepara para tratar con los demás, para entender que toda acción tiene pliegues, zonas oscuras, razones ocultas. Mis libros son malos y mediocres, mis lecturas soberbias.
-¿En qué sentido considera que fracasó como escritor?
-En todos. Ante mí mismo sobre todo. Escribir es una actividad desesperada: se avanza únicamente a través de rectificaciones, de supresiones, de desplazamientos que, sin embargo, lo cambian todo para no llegar a nada. No hay texto definitivo, sólo estados transitorios de una corrección interminable. Me disgusta, apena y avergüenza el nivel de mi prosa y de mis poemas en mis libros.
-¿Cree que escribir le salvó de algo concreto?
-Del aburrimiento. De la melancolía. De la locura. Escribir es, a la vez, una tarea complicadísima (nunca logras ni una sombra de lo que persigues) y una fuente de placer. Para combatir el desorden, me impongo el hábito de escribir, no para enseñar a otros, sino para ocuparme a mí mismo, para fijar mi pensamiento en algo que no sea su propio vacío. En componer, en combinar, hay algo como una alegría muy precisa. Siento el mundo y sus miserias alejadas, suspendidas. Puedo embellecer, exagerar, reinventar. Una satisfacción a veces poco discreta.
-¿Qué le recomendaría a los hijos que no tuvo?
-Lee, escribe, escucha música, pasea. Haz de tu vida una sucesión de placeres modestos, pero intensos. Y recuerda siempre que la elegancia —en el pensamiento y en la conducta— es una forma de resistencia. Y nunca dejes de reírte de los meros bípedos implumes.
