-Recuérdenos un poema, así a bote bronto
-Pues un soneto del gran Quevedo. Si no me falla la memoria, procede como sigue:
Estaba una fregona por Enero
Metida hasta los muslos en el rio,
Lavando paños, con tal aire y brio,
Que mil necios traia al retortero.
Un cierto Conde, alegre y placentero,
Le pregunto con gracia.”¡¿Teneis frio?”
Respondió la fregona:”Señor mio,
Siempre llevo conmigo yo un brasero”
El Conde, que era astuto, y supo dónde,
Le dijo, haciendo rueda como un pavo,
Que le encendiese un cirio que traia:
Y dijo entonces la fregona al Conde,
Alzándose las faldas hasta el rabo:
“Pues sople este tizón vueseñoria”.
-Sensacional. Es usted un erudito.
-Pues, si gusta, continuamos con otros versos:
El Prebendado indolente,
Delicado y sibarita,
La quiere joven, fresquita,
Que sea rabicaliente;
Empero cuando ya siente
Ménos robustez y anhelo,
Temiendo la ira del Cielo,
Y del infierno la llama,
Se compone con un Ama,
O con dos si viene á pelo.
-Ja, ja.
-Mire, mire:
Los cojones del cura
de Villalpando,
los llevan cuatro bueyes
y van sudando.
Al cura de Villarejo
de Salvanés,
le llegan los cojones
hasta los pies.
El cura de Morata de Tajuña
se rasca los cojones con la uña,
pero en cambio el de Arganda
se pisa los cojones cuando anda.
¡Rediós, y qué locuras
hacen con los cojones esto curas!
-Cambiando radicalmente de asunto ¿Hay algo que mejore con los años?
-Con el tiempo uno aprende que la claridad no es lo contrario del misterio, sino su forma más precisa. Con los años, también, uno aprende a deberle menos al azar. Por último, la madurez permite hacer conexiones polímatas; cada verdad nueva es una armonía descubierta entre hechos que antes parecían discordantes, aprendes a referir cada cosa a otra; la experiencia no consiste solo en multiplicar hechos, sino en establecer relaciones entre ellos. Véase Plinio el Viejo, Pico della Mirandola, Athanasius Kircher, Alexander von Humboldt, Isaiah Berlin o Leibniz. Llegamos a la experiencia a través de la desilusión; y la desilusión, bien entendida, es el comienzo de la sabiduría. Lo lamentable del tiempo es la corrupción del cuerpo. Yo tuve pufos de esteta.
-¿A la hondura de las palabras llegan las imágenes?
-Ni por asomo ¿Se imagina una serie de Netflix sobre «En busca del tiempo perdido», una película sobre «La crítica de la razón pura», un programa de televisión sobre «El cuaderno gris»? La imagen no piensa, tiene el encefalograma plano. La imagen es total, inclusiva, simultánea; no se presta naturalmente a la disección analítica. El conocimiento que se obtiene mediante palabras —y especialmente mediante argumentos— es, por su naturaleza, más complejo, más exigente, más susceptible de corrección que el conocimiento que se obtiene mediante imágenes. Las imágenes anestesian; las palabras inquietan.
-¿Cuál es su anécdota favorita personal?
-Dos. Cuando tenía trece años me leí «¿Qué hacer?» de Lenin, y me convenció. Me puse en contacto con el PCC, partido de la izquierda extraparlamentaria, y me dijeron que mi función era «intelectual» (yo quería empezar ya a poner bombas) Hice un informe para el partido de un acto organizado por el ayuntamiento, y mezclé a Lautréamont, Rimbaud, Darío con Lenin, la URSS, el alcalde y los pechos de su mujer. Una pieza surrealista. Me expulsaron por «gilipollas». Pero conste que existe una pequeña moto de polvo mía en los anales de la revolución comunista mundial. Con 17 años fui a un cine porno (a la sesión matinal) y, además del olor a zotal inconfundible, precisamente cuando la pajillera comenzaba conmigo su dulce labor, se cayó de la silla de ruedas uno de los siete espectadores de la sala. Nos asustamos, se encendieron las luces, y ayudamos al desvalido. Fue casi como la escena de la resurrección de Lázaro.
-De cuanto se escribe, ¿qué disfruta?
-Poca cosa. No me gusta mucho la retórica literaria de mis coterráneos. El talento es «escadusser». Hay una voluptuosidad de la relectura, una forma de lujo intelectual, que consiste en no buscar ya solo información, sino matiz, tono, inflexión. El lector joven busca argumentos; el lector formado busca las cadencias conocidas. La cultura no consiste en acumular lecturas, sino en haber fijado unas pocas. Hay libros que sirven para informarse y hay libros que sirven para formarse: estos últimos son los que se releen. La repetición no empobrece: refina. Suelo releer lo de siempre que es vano mencionar. Los clásicos no lo son porque sean antiguos, sino porque soportan indefinidamente la relectura sin agotarse.
-¿Somos menos cultos?
-Si no entiendes el recibo de la luz, te pueden engañar con el recibo de la luz. Somos menos cultos y mucho más serviles y manejables. La cultura se ha vuelto un decorado amable, una forma de entretenimiento sin consecuencias. Antes era un ejercicio de riesgo: obligaba a pensar, a tomar partido, a demorarse. Hoy se consume con la misma ligereza que un programa de televisión. Saber muchas cosas —haberlas visto, haberlas oído nombrar— no equivale a haberlas comprendido ni, mucho menos, incorporado. La cultura verdadera es lenta, selectiva, exigente: implica elección y renuncia. Pero el presente nos empuja a la acumulación indiscriminada, a un saber superficial que no se asienta en ninguna parte. Mi maestro Álvarez siempre me recordaba que la barbarie no consiste en la ausencia de libros, sino en su inutilidad. Puede que exista algo de formación técnica, pero la humanística tiende a cero.
-¿Cómo le gustaría ser recordado?
-Con la bondad de mi primer maestro, Josep Tomàs Cabot, como un caballero inactual, y como un lugareño de la Ribeira Sacra que, lo mismo que el general Armada, cultivaba camelias y leía tratados militares del siglo XVIII.
