
Los mejores lectores que he conocido no eran necesariamente académicos brillantes, sino personas capaces de demorarse durante horas en una página. La lectura profunda tiene algo de contemplación y mística. Hay una voluptuosidad incomparable en permanecer solo, callado, mientras una gran inteligencia del pasado reorganiza lentamente nuestro espíritu. Quien no ha experimentado eso ignora una de las formas más altas de felicidad privada que ha producido la civilización europea. Leer es escuchar voces lejanas con una atención que la vida ordinaria casi nunca permite. En la conversación cotidiana todo suele ser atropellado, fragmentario, ruin y superficial; en cambio, un gran libro ofrece una continuidad mental incomparable. Uno entra en él como en una estancia apartada de la estridencia y el gobierno acelerado general.
La literatura educa la sensibilidad moral y verbal de una manera que ningún discurso ideológico puede sustituir. Un lector verdadero termina desarrollando una percepción más fina de la mentira, de la vulgaridad y también de la belleza. Homero, Sófocles, Platón, Isócrates o Luciano fueron, ante todo, autores intensamente disfrutables. Leerlos produce todavía una alegría intelectual muy difícil de describir: sentimos simultáneamente cercanía y distancia; reconocemos pasiones humanas eternas expresadas con una perfección verbal extraordinaria.
Abrir un libro en una tarde de lluvia, escuchar cómo pasan lentamente las páginas mientras el mundo exterior se apaga, constituye uno de los grandes placeres privados que aún le quedan al hombre civilizado. Hay libros que huelen a madera vieja, a lagar en la campiña, a polvo noble, a habitaciones luminosas. Uno aprende también a leer con el cuerpo. Mientras los demás están encerrados en la monotonía de su experiencia inmediata, el lector puede pasear por Venecia con Casanova, por la Via del Corso romana con Goethe, conversar con Montaigne o contemplar el mar Egeo con los griegos.
Permítanme una confesión: he vivido mucho más en los libros que en las ciudades o la realidad. Las ciudades desaparecen, la realidad se corrompe; los libros permanecen. Hay noches enteras de mi vida que transcurrieron entre vodka, música y páginas abiertas mientras afuera el mundo seguía su curso vulgar, ocre y prescindible. Leer era entrar en una sociedad más inteligente que la realidad. Desaparecen las obligaciones, la política, la mediocridad. Solo quedan una conciencia y una voz. Pocas experiencias humanas poseen esa pureza.
Leer es una forma de lujo. No del lujo económico, sino del lujo espiritual supremo: disponer de tiempo para uno mismo, para la inteligencia, para el placer lento de las frases hermosas y de las ideas complejas. La lectura exige soledad, silencio y una cierta elegancia interior. Mientras exista un hombre leyendo lentamente en una habitación silenciosa, la barbarie no habrá vencido del todo.
