Cornaro 13

«La literatura es mi forma de insurrección contra las vulgaridades de la vida», Vladimir Nabokov. Y en efecto, muchos grandes escritores entendieron los libros no como simple entretenimiento, sino como una defensa espiritual frente a la trivialidad, la estrechez y la brutalidad de la existencia ordinaria.

«La lectura se convierte así en una especie de amistad pura. Los seres humanos nos decepcionan constantemente con su vulgaridad, su torpeza o su egoísmo; los libros, en cambio, esperan silenciosamente nuestra atención y nos ofrecen lo mejor de espíritus muy superiores al nuestro. Hay horas en que entrar en una biblioteca equivale literalmente a abandonar un mundo inferior para entrar en otro más noble y respirable», Proust, «Sur la lecture».

Virginia Woolf, en «How Should One Read a Book?»: “La vida cotidiana está llena de interrupciones, vanidades, conversaciones triviales y obligaciones mecánicas. La mente termina fatigada por esa continua fragmentación. Pero cuando abrimos un gran libro ocurre algo singular: las piezas dispersas de la conciencia vuelven lentamente a reunirse. Leer no significa escapar del mundo, sino rescatar la posibilidad de una vida interior frente al ruido y la prisa. En la calle somos empujados por miles de presiones diminutas; en los libros recuperamos una forma de soberanía silenciosa. Allí encontramos una continuidad emocional e intelectual que la existencia moderna raramente concede”.

O Borges, archilector y cráneo privilegiado: “Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca. La felicidad que me han dado los libros no puede compararse con casi ninguna otra. He conocido personas inteligentes y estúpidas, ciudades admirables y miserables, honores y humillaciones; pero pocas cosas me han producido una sensación tan profunda de dignidad humana como entrar en una biblioteca silenciosa y saber que allí, en esos anaqueles, sobrevivía todavía la conversación de siglos enteros. El mundo cotidiano suele ser torpe, azaroso y decepcionante; los libros, en cambio, representan la forma depurada de la inteligencia”.

Y el prodigioso Harold Bloom: “Leemos porque la vida es insuficiente. Leemos porque la realidad cotidiana, tomada en sí misma, rara vez satisface el apetito profundo de la imaginación y de la inteligencia. La gran literatura corrige constantemente la estrechez de nuestra experiencia personal. Un lector intenso vive varias vidas simultáneamente. Sale de la prisión de su tiempo, de su clase, de sus circunstancias inmediatas. Esa liberación interior constituye quizá la función más alta de la literatura”.

Frente a la vida utilitaria, acelerada y mediocre de las sociedades contemporáneas, la literatura conserva todavía una función civilizadora esencial. Quien ha leído profundamente ya no puede entregarse del todo a la vulgaridad ambiente. Los libros refinan el oído moral y verbal; vuelven intolerables muchas formas de grosería que el resto considera normales.

Démonos cuenta: la vulgaridad contemporánea consiste en la imposibilidad de permanecer a solas pensando. Todo empuja al individuo hacia la opinión inmediata, hacia la conversación irreflexiva, hacia el follón perpetuo. Los libros son uno de los pocos lugares donde todavía puede sobrevivir una conciencia compleja. Leer exige lentitud, memoria, capacidad de atención y también una cierta humildad ante inteligencias ajenas. Por eso la lectura profunda se vuelve cada vez más rara: el mundo moderno prefiere individuos excitados antes que individuos pensantes. Quien lee mucho termina desarrollando inevitablemente una distancia crítica respecto a la trivialidad dominante.

La realidad española —gris, administrativa, chabacana, funcionarial— resulta casi irrespirable sin el auxilio de los libros. Uno abre a Proust, a Henry James, a Gabriel Miró, a Valle-Inclán, y de pronto el idioma vuelve a adquirir electricidad, perfume, fulgor. La vida cotidiana suele ser pobre estilísticamente. La gente habla mal, piensa peor y siente de manera rudimentaria. La literatura introduce matices, claridades, ironías, delicadezas verbales que la existencia ordinaria desconoce por completo.

Para mí los libros fueron siempre una forma de salvación privada frente a la tosquedad del mundo. En ciertos ambientes provincianos o embrutecidos, en mi trabajo de alto funcionario de un gobierno extranjero, leer equivalía literalmente a abrir una ventana de colores. Gracias a los libros uno descubría que existían otras sensibilidades, otros modos de vivir más refinados y libres. La literatura enseña algo muy importante: enseña a mirar. Después de leer a los grandes autores, incluso la luz de un café adquiere otra profundidad.

La realidad inmediata suele ser intelectualmente insuficiente. El hombre que se limita a vivir sin reflexionar sobre lo vivido termina atrapado en una existencia puramente automática. La literatura introduce densidad donde la costumbre solo percibe rutina. Hay una pobreza mental específica en las sociedades excesivamente prácticas: pierden el gusto por la complejidad, por la ambigüedad, por la lentitud especulativa. Leer grandes libros significa precisamente resistirse a esa mutilación.

Siempre lo apuntaba mi maestro Álvarez; mientras el mundo se entrega a la vulgaridad democrática, al turismo espiritual y a la cháchara contemporánea, tú debes, Christian, encerrarte con Maquiavelo, con Rilke, con los decadentes franceses, con los memorialistas ingleses, con los grecolatinos, con Carlyle y Pater y García Márquez. La verdadera cultura -me decía- no sirve para nada práctico y precisamente por eso resulta indispensable. Leer a Propercio, a Conrad, a Hölderlin, o a Joseph Roth, no mejora la cuenta bancaria, pero vuelve mucho más difícil aceptar la fealdad moral e intelectual del mundo moderno.

La calle enseña brutalidad y tedio; los libros enseñan estilo.

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