
“Cuando tengo un poco de dinero, compro libros; y si me sobra algo, compro comida y ropa”. La frase, atribuida a Erasmo de Róterdam, resume una vieja tradición espiritual: la de quienes encontraron en los libros una forma de vida más intensa que casi cualquier experiencia social o material.
Francesco Petrarca, en sus cartas familiares, describe esa relación casi absoluta con los libros: “Los libros son amigos mudos, pero fidelísimos. No importunan jamás; no exigen recompensas ni favores; no envejecen en la ingratitud ni en la perfidia. Hablan cuando queremos escucharlos y callan cuando necesitamos silencio. Algunos hombres buscan honores, riquezas o poder; yo he preferido siempre una pequeña habitación llena de libros. Allí encuentro más compañía que en los palacios de los príncipes”.
También Arthur Schopenhauer sostuvo repetidamente que la vida intelectual termina apartando al individuo de los entusiasmos ordinarios: “Cuanto más posee un hombre en sí mismo, menos necesita del exterior y menos pueden los demás serle útiles. Precisamente por eso, la eminencia del espíritu conduce a la insociabilidad. Si la calidad de la sociedad fuese proporcional a la cantidad, valdría la pena vivir incluso en el gran mundo; pero cien necios amontonados no sustituyen a un solo hombre inteligente. El hombre de espíritu superior ama la soledad porque solo en ella puede permanecer consigo mismo y con aquello que verdaderamente le pertenece: sus pensamientos”.
Y en otro pasaje de «Parerga y Paralipómena»: “La existencia social de la mayoría de los hombres consiste en un perpetuo intercambio de trivialidades. Conversaciones vacías, fórmulas repetidas, opiniones prestadas. Por eso quien posee una rica vida interior termina buscando refugio en el estudio y en los libros. Allí al menos encuentra inteligencias auténticas, destiladas y depuradas por los siglos”.
Marcel Proust, en «Sur la lecture», formula quizá una de las defensas más bellas de la amistad con los libros frente a las relaciones humanas corrientes: “En la lectura, la amistad queda súbitamente devuelta a su pureza original. Con los libros no existe amabilidad obligatoria. Si pasamos la noche con esos amigos es porque realmente lo deseamos. Cuando los dejamos, no sentimos ninguna de esas decepciones que la amistad humana deja tan a menudo: vanidad herida, fatiga, ironía involuntaria, vulgaridad del carácter. Los libros más profundos saben permanecer silenciosos hasta que estamos preparados para ellos”.
Las personas desaparecen, los afectos se erosionan, las ambiciones resultan ridículas; en cambio uno vuelve a ciertos libros y encuentra intacta una voz que lo comprende mejor que muchos contemporáneos. La fama es una incomodidad; el dinero, una servidumbre; la sociedad, agotamiento. Únicamente los libros poseen todavía algo de pureza. Las conversaciones ordinarias dispersan el espíritu; un gran libro, en cambio, vuelve a reunirlo lentamente. Hay inteligencias con las que solo podemos encontrarnos plenamente en las páginas.
Montaigne escribió algo muy cercano a un manifiesto de retiro interior: “En cuanto a mí, amo la vida y la cultivo tal como ha placido a Dios concedérmela; pero no deseo que me ocupen ni los negocios ni las ambiciones públicas. Mi verdadera profesión y mi verdadero oficio es vivir tranquilamente. Y entre todos los placeres de esta vida, ninguno encuentro más dulce ni más constante que el comercio con los libros”.
“Un hombre puede retirarse del mundo sin caer en la misantropía si posee una biblioteca suficiente”, escribió Samuel Johnson.
Con los años uno termina comprendiendo que la conversación inteligente es rarísima, la amistad profunda muy infrecuente y el éxito social generalmente vulgar. En cambio, los libros conservan intacta una dignidad que casi nada más posee ya. Volver a ciertos autores equivale literalmente a regresar a una zona respirable del espíritu. La verdadera elegancia no consiste en el lujo visible, sino en poder pasar una tarde entera leyendo sin sentir ansiedad ni aburrimiento. El hombre contemporáneo ha perdido esa facultad. Necesita estímulos continuos porque ha perdido la vida interior.
La cultura no mejora moralmente a nadie, pero vuelve más insoportable la estupidez del mundo. Después de leer durante años a los grandes estilistas resulta muy difícil soportar la conversación contemporánea, la sentimentalidad colectiva o las opiniones de periódico. Uno acaba descubriendo que los únicos verdaderos compatriotas son ciertos escritores muertos. Con ellos puede mantenerse una conversación infinita a través del tiempo. En cambio la actualidad —sus debates, sus entusiasmos, sus moralinas— envejece en cuestión de semanas.
