
Hoy escribí muchas apologías a los libros, pero en cambio no leí nada. Desde las seis de mañana me acometieron ataques de ansiedad y alucinaciones. Todo cuanto antes ofrecía promesa —la lectura, la escritura, las personas, incluso la propia continuidad biográfica— pierde espesor y crédito. Se cerraron mis horizontes. Contemplo mi vida como una ciudad después del incendio: las estructuras siguen en pie, pero interiormente ya han quedado vacías. La desesperación no siempre adopta la forma del grito; muy a menudo consiste simplemente en la imposibilidad de imaginar el mañana. El verdadero derrumbe comienza cuando el alma pierde la capacidad de proyectarse hacia delante. Fatiga profunda, futuro cancelado. Ya no espero nada. Horizontes cerrados, como digo.
La vieja hipnosis lúcida de la lectura no desciende sobre la conciencia. El libro permanece cerrado incluso cuando está abierto. Los libros parecen lejanos, opacos, mudos. Ahora una película de crepúsculo se cierne sobre la biblioteca. Oigo el canto de los últimos pájaros. Los libros no han perdido su poder; yo perdí temporalmente la delicada disposición que permite recibirlos. Hay algo profundamente cruel en esa situación: el hombre que ha vivido entre libros experimenta la imposibilidad de leer casi como una amputación de sí mismo. No pierde un entretenimiento; pierde una forma entera de respirar.
Espero tener el coraje algún día de dar una solución senequista a esta tortura.
