Cornaro 16

Hay un punto extremo del sufrimiento en que el alma deja ya de luchar contra él y simplemente se hunde. No es un dolor dramático, sino una especie de hundimiento geológico de toda la realidad. El mundo continúa existiendo exteriormente —los árboles, las conversaciones, las lámparas encendidas al anochecer—, pero ha perdido de pronto toda plausibilidad interior. Vives cercado por imágenes horribles; sospechas de todo, temes sin causa, imaginas ruinas y catástrofes, y a menudo oyes voces, presagios o amenazas invisibles. Algunos sentimos como si el mundo entero se hubiese vuelto extraño y hostil; otros creen estar ya muertos en vida. Nada nos consuela. El amanecer nos pesa; la noche nos espanta.

El cuerpo pesa como si estuviese hecho de plomo húmedo. La mente pierde continuidad. Las ideas se fragmentan, se oscurecen, se vuelven persecutorias o irreales. Dejas de sentirse habitante natural del mundo.

El mundo parece teatral, lejano, artificial. Virginia Woolf dejó páginas impresionantes en sus diarios: “La realidad se adelgaza. Las personas hablan detrás de una especie de cristal. Los objetos parecen haber perdido peso y sustancia. Todo se vuelve excesivamente intenso y simultáneamente remoto. Los sonidos hieren. La conciencia se llena de ecos, asociaciones y sombras. Uno teme perder la razón y, sin embargo, conserva todavía suficiente lucidez para asistir horrorizado a su propio desmoronamiento”.

Disculpen. Estoy haciendo un gran esfuerzo para trasladar la experiencia a una secuencia lógica de palabras. Me cuesta mucho pensar con claridad. A veces me equivoco al teclear debido al temblor de la mano, o no veo bien la pantalla a causa de la visión borrosa. Todo se ha vaciado. Todo lo llena un terror helado. Siento que descendí muchos metros por debajo de la condición humana ordinaria. Cada idea engendra otra más negra. El futuro aparece cerrado como una muralla.

Franz Kafka dejó en sus diarios páginas de una asfixia psíquica sobrecogedora: “Mi vida consiste en una vacilación continua ante el nacimiento. Todo me parece provisional y simultáneamente irrevocable. Apenas puedo soportar la presión de la conciencia. Hay días en que siento que una fuerza hostil se instala en todas las cosas: en la habitación, en los sonidos de la calle, incluso en el silencio. Entonces el mundo entero adquiere la forma de un tribunal invisible”.

El pensamiento se rompe como un cristal golpeado desde dentro. Las palabras ya no obedecen. La realidad se fragmenta en signos hostiles, presagios, amenazas, irradiaciones incomprensibles. El aire está viciado. Ayúdenme. Pero conviene recordarlo: los estados de terror psíquico, ansiedad extrema o percepción alterada pueden sentirse absolutos y definitivos, pero no son un veredicto definitivo sobre la realidad ni sobre mi vida. Pueden acabar.

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