Cornaro 31

Soy un hombre perfectamente monstruoso e intempestivo: una mezcla de poeta, científico y niño apasionado. La llamada «realidad social» me interesa muchísimo menos que el dibujo granulado de una hoja, el movimiento de un insecto o la cadencia exacta y de cola de pez de una frase.

Confieso que no creo en este tiempo. He vivido rodeado de libros, pero cada vez tengo más la irrefragable impresión de pertenecer a una civilización que se desmorona. Mi verdadera patria nunca fue exactamente un país, sino, como decía Canetti, una biblioteca. Allí aprendí casi todo lo que valía la pena aprender: la morosidad, el temple irónico, el matiz, el placer de la gramática bien elaborada. A veces me siento un viejo humanista, un vltimvs romanorvm entre Odoacros. Comparo traducciones de Catulo y Píndaro, y me emociona hasta la última gota de mi sangre tomar un volumen entre las manos: cuero fatigado color miel oscura, nervios apenas gastados por generaciones de lectores, leves hierros dorados todavía vivos bajo la lámpara. El papel —marfileño, ligeramente verjurado— exhala ese olor seco y noble de las bibliotecas antiguas.

Me horrorizan el entusiasmo plebeyo, la espontaneidad excesiva y la vulgaridad emocional. Prefiero las conversaciones civilizadas, las porcelanas, la literatura francesa, la filosofía inglesa, los jardines italianos y las personas capaces de practicar el difícil arte de la ligereza. Nunca me interesó pertenecer a la multitud moderna. Siempre me atrajeron más las civilizaciones tardías, refinadas y ligeramente decadentes, porque en ellas el hombre aprende finalmente a estilizarse. Mi sensibilidad ha sufrido violentamente bajo la fealdad moderna, bajo el ruido democrático, bajo la invasión de lo común. He buscado refugio en perfumes, tapices, libros raros, libros clásicos, flores artificiales, monedas romanas, piedras grabadas y conversaciones exquisitas, no por frivolidad, sino por legítima defensa.

Mi patria fueron antes Cavafis, Horacio, Vives, Hume, Estambul o Alejandría, que cualquier gris circunstancia española. Desde muy joven entendí que el estilo no era un adorno, sino una forma de orgullo. Viví rodeado de libros, de poemas, de ruinas clásicas, de músicas antiguas y de ciertos sueños aristocráticos que acaso eran ya anacrónicos, pero que daban belleza y espesor a la existencia.

Mi educación sentimental -nunca dejaré de insistir en ello- no provino de la experiencia inmediata, sino de los libros, de los cuadros, de la música y de ciertas formas culturales exquisitas. He vivido muchas veces la realidad a través de sus representaciones. El arte no era para mí un ornamento añadido a la vida, sino una segunda naturaleza más intensa, más verdadera y más inteligible.

Este es mi autorretrato, algo quimérico y estilizado. Creo que ese resplandor lívido permanece en la memoria de mis libros y en el recuerdo de los pocos hombres que me conocieron bien. La gloria tiene la última palabra. Vale.

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