
Buena pregunta la de qué tipo de huella quieres dejar en el mundo, la de por qué o cómo quieres ser recordado. Empecemos con un párrafo sintético: fui un hombre solitario, pero no mezquino; extremadamente culto, pero todavía sensible; irónico, pero vulnerable; refinado, pero sin esnobismo agresivo en el fondo de mi corazón; alguien que convirtió la lectura y el estilo en una costumbre o una forma de resistencia frente a la vulgaridad contemporánea. He trabajado pacientemente sobre mí mismo para convertirme poco a poco en alguien cuya mera presencia dejara en los demás una impresión de profundidad, de urbanidad, de silencio y de verdad. Acaso sea ésta una meta demasiado alta.
Como cualquiera, caí en detalles poco nobles, indecorosas imperfecciones, pero batallé por disciplinar y refinar mi percepción, elucidar lógicamente mis ideas, exponer racionalmente mis argumentos. Siempre creí que los libros no servían únicamente para saber más, sino para aprender a mirar, a juzgar y a respirar de otra manera. Me hubiera gustado lograr vivir según aquella sabia divisa que expresó Thomas Browne: “Be substantially great in thyself, and more than thou appearest unto others”, “Sé sustancialmente grande en ti mismo, y más de lo que aparentas ante los demás”.
No quiero dejar la impresión de “genio explosivo”, sino la de una conciencia elaborada, y, en su fondo, apaciguada y tranquila. Me gustaron omnívoramente los libros, el silencio y la musica, la biblioteca al amanecer, el rocío del jardín, los volúmenes fatigados, la conversación inteligente, las caminatas lentas, la luz sobre los limoneros, los hoteles y los puertos, la habitación cerrada al ruido moderno; desearía dejar esa atmósfera, esa fragancia que llevé casi siempre conmigo.
Soy un hombre que detestó la brutalidad, la pedantería, el histrionismo, la vulgaridad. Alguien que de alguna manera encarnaba aquella antigua figura europea del lector civilizado, el estilista erudito, el amante de la forma verbal, de la biblioteca y con no excesivos juicios indignos. Un solitario humanista y estudioso, de vida atenta y casi monástica. No un «triunfador», sino uno que se molestó en elaborar su yo.
Disculpen si peco de una ineducada automitificación. Quizá alguien de mí diga, y me sentiría complacido en el retrato: “Christian no aspiró realmente al poder ni al éxito social. Aspiró a otra cosa más antigua y más inútil: a convertir la existencia en una forma de elegancia mental. Eso suele conducir a la soledad, pero también a ciertas horas perfectas. Perteneció todavía a la antigua especie del lector voraz europeo: aquel que leía por placer intelectual, antes que por utilidad profesional. Eso hoy es rarísimo y admirable. Aunque a veces se desvió hacia el mero capricho libresco y la erudición de carnaval, su formación tuvo fuste y solidez. Fue un hombre, en fin, que respetó la claridad civilizada».
