
Mi tesis: el tatuaje triunfa porque convierte la piel en autobiografía pictórica. En una época de identidades inestables, mucha gente busca algo así como un signo visible de permanencia: “esto soy”, “esto me pasó”, “esto quiero recordar”. También hay, acaso, una propensión sutilmente tribal: pertenecer a una estética, a una generación, a una comunidad. Y algo narcisista hay en ellos, me atrevería a afirmar: el cuerpo ya no se recibe meramente, sino que se edita, se esculpe, se personaliza.
Pero lo que se tatúa a los veinte, a los cuarenta puede parecer una antigualla psicológica, un vestigio caduco. De ahí que existan bastantes arrepentimientos. El estado perenne del alma que se desea fijar en un tatuaje, las más de las veces es un estado transitorio y evanescente.
Mi maestra Kathy Acker fue una pionera de los tatuajes y el body-building. En una célebre entrevista de 1991, Larry McCaffery la describe así: “She is her own text, her own gallery. She’s a body builder in more than the usual way: her muscles animate spectacular tattoos. She has seized control over the sign-systems through which people ‘read’ her”, «Ella es su propio texto, su propia galería. Es culturista en más de un sentido habitual: sus músculos animan tatuajes espectaculares. Ha tomado control de los sistemas de signos mediante los cuales la gente la ‘lee’». Su iconografía pública —músculos, cuero, motocicletas, tatuajes— formaba además parte de una construcción deliberada del yo. Un artículo reciente de The New Yorker resume muy bien esa dimensión: “En sus últimos años fue algo así como un icono feminista: una motociclista musculada a la que le gustaba ser fotografiada con el torso desnudo para exhibir mejor sus tatuajes”. Si entiendo bien esta actitud, para Acker los tatuajes funcionaban como máscaras, como personajes, acaso quería que se leyera su piel como nosotros leemos hoy las redes sociales. No sé.
Yo nunca me tatuaría. Me gusta mi piel limpia, intonsa. Creo que el cuerpo tiene como una suerte de nobleza silenciosa que se afea al ser mancillada. Me interesan muchísimo más las huellas invisibles: un poema aprendido de memoria, la fidelidad amorosa al recuerdo de mi madre, la sensación ante una tela en el museo o al escuchar una música en el auditorio. Las pieles tatuadas que veo suelen carecer de composición y medida: me parecen, desde el punto de vista estrictamente estético, malogradas. El cuerpo, como los amplios márgenes de una edición príncipe del siglo XVIII, posee una elegancia que no conviene saturar de signos.
