
Tomo mi taza de café antes del alba. Hay una felicidad secreta en levantarse cuando todos duermen, preparar café lentamente y sentarse a trabajar mientras amanece. Uno escribe muy temprano, cuando todavía la casa conserva una especie de silencio uterino. Antes de que el mundo se vuelva completamente vulgar, existe un breve instante matinal de gracia.
Ahí reside la clave: vulgaridad y decadencia. Tengo intercambiadas decenas de cartas con mi querido maestro Álvarez al respecto: hemos llegado al final de una tarde larguísima de civilización. No se ven chispazos brillar en torno a la bóveda del mundo. El sol desciende sobre bibliotecas, jardines, ruinas clásicas, hoteles melancólicos y puertos antiguos. «Alles ist ausgeruht: / Dunkel und Helligkeit, / Blume und Buch». Aún quedan algunos libros admirables, algunos cuadros, algunos cuartetos de Beethoven, algunos amigos capaces de conversar inteligentemente. Quizá eso baste, me decía. Quizá la verdadera elegancia consista precisamente en conservar la lucidez y las buenas maneras en medio del crepúsculo. «A lonely impulse of delight / Drove to this tumult in the clouds». Las civilizaciones no desaparecen de golpe. Primero se degrada el lenguaje; luego la enseñanza; después la capacidad de atención; finalmente el gusto. Cuando ya nadie distingue entre lo excelente y lo mediocre, la decadencia está consumada, insistía. Allí donde aparece una inteligencia superior, una sensibilidad refinada o una verdadera elegancia espiritual, la masa siente incomodidad y hostilidad. Europa fue una conversación inmensa sostenida durante siglos por poetas, soldados, filósofos, cortesanas, pintores, filólogos y músicos. Atenas, Roma, Florencia, Venecia, Viena, París: nombres que designaban no sólo ciudades, sino formas superiores de conciencia. Hoy esa conversación se interrumpe bajo el ruido de la administración, la propaganda, la televisión y el comercio universal. Se sustituye la memoria por la información; la educación por la pedagogía; la cultura por el entretenimiento. La vulgaridad contemporánea no consiste únicamente en la incultura. Hay analfabetos nobles y profesores profundamente vulgares. La verdadera vulgaridad consiste en la incapacidad para percibir jerarquías espirituales. El hombre moderno cree que todas las cosas valen lo mismo, que Mozart y la publicidad pertenecen al mismo plano de realidad, que una conversación trivial equivale a la inteligencia. Esa indiferenciación es uno de los síntomas terminales de las civilizaciones agotadas, me aleccionaba lúcido mi maestro («Honor a aquellos que en sus vidas / custodian y defienden sus Termópilas»)
La modernidad destruye lentamente todo aquello que no puede medirse económicamente: el ocio inteligente, la conversación lenta, la erudición inútil, la elegancia moral. La decadencia puede ser también una forma de lucidez: la conciencia dolorosa de vivir entre ruinas espirituales. Europa ha cambiado a Virgilio por la publicidad y a Catulo por el eslogan.
Huysmans convirtió la decadencia en una estética completa: refinamiento extremo, horror a la vulgaridad moderna, repliegue aristocrático del espíritu. En «À rebours» escribe: “El mundo moderno se estaba convirtiendo poco a poco en un inmenso bazar de vulgaridades. La nobleza de las antiguas costumbres había desaparecido; el dinero reinaba sobre todas las cosas, y los hombres parecían ya incapaces de comprender cualquier placer que no fuese inmediato, grosero y cuantificable. Des Esseintes sentía crecer en sí mismo una fatiga infinita ante aquella civilización industrial donde el alma era sacrificada diariamente a la utilidad”.
La sensación de fragilidad existencial, de belleza fugitiva, de felicidad amenazada desde dentro: Schubert. Su música parece muchas veces sonreír mientras presiente la pérdida. Una de las piezas donde esto resulta más evidente es el segundo movimiento del Piano Trio No. 2 in E-flat major, D. 929, el célebre Andante con moto. Schubert posee quizá el oído armónico más milagroso del primer Romanticismo. Sus cambios de tonalidad no funcionan únicamente como arquitectura formal, sino como auténticos desplazamientos psicológicos. La música parece abrir de pronto una puerta lateral hacia una región inesperada de la conciencia.
Álvarez, Schubert, Blake, Eliot, Cervantes… «Ouvrir ma bouche à lastre efficace des vins!». El resto, murmullos de luz de amarillo indiferente.
