
La cultura no se hereda biológicamente. Cada generación debe volver a conquistarla mediante la educación, la lectura y el ejercicio de la memoria. Los grandes libros no sobreviven automáticamente; sobreviven porque hombres y mujeres concretos continúan leyéndolos con amor y recomendándolos a otros. Una civilización se mantiene viva cuando todavía existen personas capaces de entusiasmarse sinceramente con Virgilio, con Lucrecio, con Bach, con Leonardo o con Racine sin necesidad de justificarse irónicamente.
Ahí reside mi problema. En el evangelismo acrítico e inocente respecto a los clásicos, en mi visión grave carente de ironía, en el fervor casi religioso con que los juzgo tal fueran la pócima de Fierabrás. Tengo la convicción misionera de que los grandes libros pueden transformar interiormente a una persona, creo en esa autoridad espiritual, moral y estilística de los grandes libros, creo -insisto- que todavía son capaces de enseñarnos a vivir.
Esta es una idea antigua que atraviesa toda la tradición humanista. Gracias a los libros se conserva incorrupta la memoria del género humano y se permite la continuidad de la civilización. Me cuesta refutar esta sagrada mitología. La sociedad desprecia a los clásicos e incentiva el consumo, las finanzas, la baja cultura y la creación de especialistas. El humanismo permite seres humanos capaces de pensar, juzgar y vivir razonablemente.
Mortimer Adler escribió sobre «The Great Conversation», es decir, la conversación a lo largo de la civilización, desde los griegos hasta hoy mismo, de los temas más esenciales e importantes: la justicia, la verdad, el placer, la ciencia, el alma, Dios, el amor, la felicidad, la poesía, la belleza, la muerte etc… Permanecer fuera de esa conversación es permanecer parcialmente fuera de la civilización.
Los intelectuales temen parecer ingenuos y lo envuelven todo de ironía defensiva (no, no quiero caer en ese error) El respeto litúrgico a Homero es sospechoso. Se ha volatilizado el canon y la admiración incondicional. Críticos vinculados a estudios poscoloniales, teoría crítica y multiculturalismo denuncian la ausencia relativa en el canon de mujeres, autores africanos, minorías sexuales o minorías raciales. Se argumenta que el canon occidental es eurocéntrico y que refleja solo relaciones de poder en lugar de la excelencia universal. A mi juicio se abandona la grandeza intelectual en favor del relativismo cultural y político. Si todo es “construcción cultural”, da lo mismo estudiar a Platón que la oratoria de Angie Regueiro (periodista deportiva de Antena 3), vale igual, pues no existen criterios para discriminarlos, Agustín de Hipona que Bárbara Cartland .
Es autoevidente -lo prueba la experiencia- que existen obras excepcionalmente profundas, que la educación implica jerarquía intelectual (no estudiaremos en las clases de música del instituto a Bisbal en vez de Mozart), y que admirar no es sumisión, sino formación. De todo ello se desprende un corolario: la civilización debe transmitir las grandes obras
¿Se imaginan ustedes que en el siglo XXIII solo se estudie y transmita a las generaciones los libros de Marwán, Defreds, o Elvira Sastre, la música de Shakira, Bad Bunny o Karol G, los dibujos de los párvulos de cuatro años? Si no conservamos la jerarquía estética vamos directos a parar a la escombrera de la historia.
