Cornaro 36

Miró las hamacas de hierro con la tela naranja butano en su jardín; una oleada de sonidos y voces arqueadas chillaban en su cabeza, se agitaban, se alzaban, le increpaban, caían, desaparecían, aparecían, le insultaban. La radio le hacía señales incontrovertibles. La locutora del telediario se dirigía a él con premeditados balanceos de cabeza de asentimiento. Veía como un torrente viscoso de cristales que se acercaban hasta sajar en dos su globo ocular. Tenía dentro el espíritu y el cuerpecillo de un bebé muerto. Le pesaban los pensamientos como el cemento girando dentro de una hormigonera. Ganas de vomitar. Las ratas moviéndose en la boca le daban un asco insoportable.

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El texto anterior es una alegoría malamente literaria de mi locura. Supongo que entonces entenderán mi monomanía lectora y la apología recurrente a los libros. Al igual que mi infancia, esas son casi las únicas regiones de luz rosácea a lo largo de mi vida. Refugio, anestesia, hogar frente al dolor.

En las «Cartas familiares» (Rerum familiarium libri), específicamente la carta III, 18, dirigida a Giovanni Anchiseo, escribe Petrarca: «Los libros me dan un placer que me llega hasta la médula de los huesos. Me hablan, me consultan y se unen a mí con una suerte de familiaridad viva y penetrante… En el aislamiento de mi biblioteca, el estrépito del mundo se apaga. Cuando el dolor de la pérdida o la traición de los hombres me asedian, abro un volumen y, de repente, la angustia se disuelve en el pensamiento de otros. No son papel y tinta; son un puerto seguro donde las tormentas de la vida no pueden alcanzarme».

Los libros me consuelan de las persecuciones salvajes de mi propio entendimiento. Son esa tregua necesaria para no sucumbir a mi realidad vesánica. Me quitan el asco a la vida. Todo me asfixia menos un libro con papel fabriano y grabados al aguafuerte.

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