Cornaro 59

Aspiré desde joven al ideal de sabio, erudito, o polímata, uno de los impulsos más nobles y antiguos de la humanidad. Un camino que exige tanto una curiosidad omnímoda como una rigurosa disciplina. Fallé en lo segundo. Quedé en delgado y apocado diletante.

John Henry Newman, en su obra sobre la educación universitaria, describe el estado mental de quien aspira a poseer el conocimiento en su totalidad:

«Poseer una mente filosófica, un intelecto cultivado, un gusto delicado, una mente cándida, equitativa y desapasionada, una noble cortesía y una conducta noble en la vida… estas cualidades son el objeto legítimo de una educación universitaria… El intelecto que ha sido disciplinado para alcanzar la verdad, capta el sentido de las cosas tal como entran ante él, y aprende a ver cómo se relacionan unas con otras. Sabe dónde está parado; posee el conocimiento no solo como un depósito, sino como una facultad activa», John Henry Newman, «The Idea of a University».

Por su parte, Santiago Ramón y Cajal, en sus memorables consejos a los jóvenes investigadores, hablaba del fuego sagrado que debe encenderse en la juventud:

«Para el técnico, la ciencia es un medio de vivir; para el verdadero sabio, es la vida misma, una religión cuya deidad es la verdad, y cuyo culto es la investigación abstracta. El joven que sienta la santa emulación de la gloria científica debe, pues, consagrar a la lectura de las obras maestras sus mejores horas. En ellas encontrará el modelo de la precisión analítica y de la audacia sintética», Ramón y Cajal, «Reglas y consejos sobre investigación científica».

Sí, siempre me atrajo la figura del sabio —del hombre que anhela una totalidad interior mediante el estudio, la memoria, la disciplina y la contemplación. No se trata solamente del “especialista” moderno, sino de una cierta forma de vida: alguien que intenta ordenar el alma mediante el conocimiento, y hace de la cultura su hogar. “No debemos intentar saberlo todo de cada cosa, sino algo de todas las cosas. Pues es mucho más bello saber un poco de muchas cosas que mucho de una sola”, Pascal.

Deseé no ser extranjero en ningún dominio del espíritu, poder pasar de las matemáticas a la poesía, de la música a la política, de la metafísica a la astronomía. No considero hombre cultivado al que no siente curiosidad por el álgebra, por la historia natural, por las lenguas antiguas, por la filología y por la filosofía. La especialización excesiva nos mutila. Yo derivé en especialista en ideas generales y nimiedades.

El viejo ideal humanista: la cultura, no como acumulación utilitaria, sino como conocimiento desinteresado y transformación interior.“El ideal de la educación liberal era producir no un experto, sino un hombre. Un hombre cuya inteligencia hubiese sido afinada por el contacto con los grandes monumentos del espíritu humano”, Allan Bloom.

Leibniz es quizá el último gran polímata de Europa: matemático, jurista, diplomático, lógico, ingeniero, historiador, lingüista, metafísico. Escribió: “El estudioso debe poseer una mente capaz de abarcarlo todo: no porque pueda agotarlo todo, sino porque debe reconocer en toda parcela del saber un reflejo del orden universal”.

Una de las defensas más hermosas del ideal del erudito pertenece a Richard de Bury, el gran obispo bibliófilo del siglo XIV:

“En los libros hallamos a los muertos como si vivieran; en los libros prevemos las cosas futuras; en los libros se ordenan los asuntos militares; de los libros proceden las leyes de la paz. Todas las cosas son corrompidas y perecen con el tiempo; Saturno jamás dejaría de devorar a sus hijos si los libros no salvaran perpetuamente de la muerte la sagrada herencia de las ideas”.

Recuerdo cuando, en la universidad, leía «La lógica y su filosofía», de Daniel Quesada, «Parte de mi vida», de Ayer, o la poesía de Luis Antonio de Villena. Era todo como un carrusel andante de colores brillantes. Me acuerdo de leer en casa hasta altas horas de la madrugada rellenando fichas holandesas de cartulina para resumir lo estudiado. La pasión intelectual, como casi todas las pasiones, pertenece al reino de la juventud.

La erudición verdadera suele ir acompañada de humildad epistemológica: cuanto más vasto es el horizonte, más visible se vuelve el océano de lo desconocido. A veces encuentro aquellas viejas fichas, ahora amarilleadas, dentro de algún libro. Se pueden mezclar en el contenido teoremas lógicos, listas de lecturas y algún verso. El verdadero conocimiento consiste en conocer la extensión de tu ignorancia.

Deja un comentario