
Recuerdo con fosforescente emoción las primeras lecturas: tebeos, Blyton, los clásicos -blancos y rosas- infanto-juveniles de Bruguera (Stevenson, Salgari… ) Aquella entrega a una credulidad apasionada. La felicidad consistía en acostarme temprano para poder leer sin interrupción. La lámpara encendida junto a la cama, el silencio de la casa dormida, el rumor remoto del viento o de algún automóvil lejano: todo ello formaba parte del hechizo. Todo ello parece adherido a mi imaginación sensitiva y mítica.
Algunas novelas leídas tempranamente no se olvidan jamás porque quedan mezcladas con el despertar mismo de la conciencia escarlata. Una edad de oro interior. Una forma de salvación. Aquel lector infantil que fuimos devoraba las hazañas de héroes de papel con una avidez casi salvaje, con las manos manchadas de resina de pino. Recuerdo una mimosa en la ventana del dormitorio, y un sol que recorría los espejos. Vivir para celebrar el azar y la alegría.
